Africa 47
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Abd el Krim en Egipto La SI 14/06/47 p. 4-5

 

Abd el Krim en Egipto
La SI 14/06/47 p. 4-5

 ¿Se acerca una segunda época de Abd-el-Krim, el caudillo moro? Pero ¿recuerda nadie quién es este personaje, que viene a ser como un reaparecido en el escenario de la comedia internacional?
 Volvámonos casi treinta años atrás, al final de la primera guerra mundial, y pasemos de nuevo la imaginación  por el norte del África. Ese norte africano estaba entonces que hervía. Y precisamente a causa de un hombrecillo moreno, un semi Mahatma Gandhi, que paseaba su desnudez y su talento por los riscos rifeños.
 El norte del África, que es tierra de moros e islamitas, está acaparado por los cristianos y democráticos blancos, que sirven de sujeto para sus venalidades coloniales, especialmente en este suelo bereber, que las geografías benditas de estas horas copistas creen desiertos inacabables, cuando son de las regiones más feraces de la tierra.  El Extremo oriente de este norte africano (que ahora, bajo la personalidad del rey Farouk, renace de entre los muertos), la tenía Inglaterra, que se había apoderado del Egipto a la bandolera, tras sus buques y cañones, es decir, democráticamente; al lado, Trípoli y sus latas tierras, en posesión de Italia; al lado, siempre hacia occidente, Túnez y Argelia, tierras feracísimas, a pesar de sus arenales, en posesión colonial de Francia. Al extremo norte, Marruecos, imperio del cual se había apoderado a fuerza de armas y de democracia, la inmortal Francia. Todo el norte africano, víctima del imperialismo europeo y de los países democráticos
 En Marruecos había un rincón costero que había sido adjudicado a España. Marruecos era una presa de Francia: pero para que España no gritara, habíanle adjudicado la parcela peor, más estéril y de gente más inquieta; como si dijésemos, el hueso más duro de pelar de aquel continente.
 Marruecos tiene 3 Atlas paralelos.
 Al extremo sud, separándolo del Sahara y sus desiertos, el Atlas verdadero,  gigante de piedras y rocas en el continente africano, que los mismos romanos viéndolo de lejos, habían adjudicado, en su teogonía, al dios Atlas forzudo, que sostenía el cielo sobre sus espaldas férreas. Es una cordillera nevada en medio mismo de lo tórrido y de la vecina Línea Equinoccial. En sus crestas, las nieves eternas arman su revolución blanca y las águilas caudales ciernen su vuelo majestuoso. En sus flancos, anidan el león africano (el rey de las fieras) así como las tribus más ásperas y duras de los marroquíes, que defienden su independencia a la sombra de los peñascos de granito de la gran sierra. En los bajos flancos de la cordillera, resuenan ya los sones de las aves humanas de rapiña, que han hecho de esta sierra africana escuela de soldados y nido de “affaires” políticos.
 Más al norte (en medio de esas dos cordilleras, llanuras ubérrimas)  el Atlas Medio, con sus lomajes a pico y sus abruptas serranías, cuajadas de riqueza.  Es un paraíso mineral, así como otro paraíso vegetal. Es Atlas medio es un cúmulo de riquezas. Que han hecho, a fuerza de extorsiones y robos, la fortuna de centenares de listos franceses, cuyos francos cuestan  muchas gotas de sangre africana. Ahí está la explicación de tantos “affaires” como enlodan la honra de tantos políticos incorruptibles y da tantas aves de rapiña que esconden lo largo de sus uñas tras la espesa cortina de la “legalidad partidaria”.
 Nuevas llanuras más al norte, limitadas por el Pequeño Atlas (3ª cordillera paralela a las anteriores) en el norte extremo de Marruecos. La faja de tierra que existe entre ese tercer Atlas y el Mediterráneo, es el Riff. La región contiene las ciudades de Tetuán, Arcila, Melilla (150.000 habitantes), Tánger, Ceuta y otras menos importantes. En total tiene unos 26.000 kilómetros cuadrados, y sus habitantes, en total, pasan algo del millón.
 Estos, excepto los europeos de Melilla, viven apiñados en tribus (unas 40), formando aldeas y pequeños aduares, de escasos habitantes cada uno. la tierra es poco fértil, los montes tienen escasa riqueza, y hacia la costa son grandes los arenales y los despoblados.
 Entre los accidentes de la costa hay un arco bien pronunciado, una especie de golfo inicial, que tiene a su izquierda el célebre cabo Tres Forcas. En esa bahía hay algunos aduares. En el principal de ellos (aún así, pequeño), vivía la familia primitivamente noble, cuyo mozo principal se llamaba Abd-el-Krim, el mayor de los hijos de un jefe de tribu medianamente rico.