Post Guerra 1939 47 07 y 08
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Post Guerra 1939 47 07 y 08
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Vuelve a comenzar la guerra imperialista en Indonesia. Guerra en Insulindia La SI 05/07/47 p. 3-5
Estados desunidos de Europa, en bloques. Las dos Europas y sus colas  La SI 47 p. 6-7
Se va unificando el conglomerado ruso.  Yugoslavia y Bulgaria La SI 09/08/47 p. 2-4

 

Vuelve a comenzar la guerra imperialista en Indonesia. Guerra en Insulindia
La SI 05/07/47 p. 3-5

 a) Hay gentes tardas de entendederas. Entre ellos, los políticos del Imperialismo. No han comprendido todavía que la liberación del Asia comenzó con toda claridad, cuando, veinte años atrás, se levantaron en aquel continente media docena de gigantes de la espada,  ante los cuales esos títeres  de los aliados eran simplemente unos infelices enanos. Y que, pasando por el período intermedio de unos años, la invasión de la China por el Japón representaba el comienzo de la etapa final.
 No había para menos. Porque se acabaron ya los días artificiosos y fantoches  en que los blancos, perfectamente atrasados en caracteres, se creían amos de la tierra, fiando en sus barcos y en sus medios mentirosos la primacía del mundo.
 Ese color de piel –que ni blanco somos- es de una factura ansiosa y vanidosa. Ellos solos. La civilización egipcia, obra de negroides cananeos, no valía nada. Karnac y sus capiteles policromos, Moeris y su sistema nilota de regadíos admirables, las pirámides y su astronomía grabada en cada una de sus piedras, nada valían. La civilización india no era para admirarse. ¿Son capaces de reproducir uno de aquellos gigantescos templos los artífices de ahora? ¿En qué zona vemos gente capaz de reproducir el patio de los leones de la Alambra o algunos de los templos de los dioses tutelares del Asia?
 La vanidosa concepción de la superioridad de los blancos, haciendo consistir la calidad del cerebro y de las manos en el color de la piel, es una de las pruebas más evidentes de la escasa mentalidad del blanco. Porque ni siquiera en las páginas de la historia han podido aprender esta lección de vida y cultura de todas las razas que han pasado por alguna región de la tierra.
   Independiente la cultura  del color de la dermis de los hombres; liberados los blancos de la megalomanía acaparadora de la civilización; instruidos, además, de las cualidades amarillas por el hecho de la rapidísima civilización japonesa, era de fácil extracción el corolario de la elevación de las razas de color, especialmente de la amarilla asiática, que ha dado muestras evidentes de querer ser la primera en sobresalir en el renacimiento mundial de razas, para llegar pronto a un general nivel de civilización mundial.
  A los blancos no les decía nada lo que se logreaba ver para un porvenir próximo. Comenzaba en los principios de este siglo el renacimiento chino, con el héroe Sun Yat Sen a la cabeza,  simultáneo de la civilización nipona. Se veía más cada día el elevarse a la perfección los negros de Estados Unidos, aunque los blancos, con sus ínfulas ridículas, permanecieran insensibles a la valoración negra. Siguió, a consecuencia de la primera guerra mundial, la aspiración de multitud de pueblos que, hallándose en estas circunstancias de color, daban señales de vida elevada en el ajetreo común de sus gentes.
 Cuando el Japón, como ocho años atrás, se lanzaba sobre China y se apoderaba de sus mejores tierras, cumplía, tal vez sin la conciencia de reconocerlo, el afán de liberación de esa milenaria raza amarilla: era chico el territorio nipón para su pueblo. Y esa pequeñez, al menos por encima, era la causa de buscar en casa de los vecinos y parientes en color, un complemento.
 Por ello había de desembocar  en unos anhelos de liberación, ansioso de bastarse a sí mismo. Europa abandonó a los chinos al ser invadidos. No se movió una mano para darles auxilio. Era de venir el ansia de liberarse por sí mismos. Cada pueblo sintiendo la misma ansia, y era un hecho el deseo de liberación por el propio esfuerzo.
 Cuando los blancos se movieron, fue cuando se sintieron en peligro ellos mismos. Y cuando los norteamericanos lograban, por la crueldad bárbara, deshacerse del Japón, fue para dar un paso más de esclavitud amarilla, poniendo mano sobre el Japón –un hermano- y exigiendo que sean pasadas a los yankis, las islas japonesas, arrebatadas a la raza asiática –que habían ya logrado conquistar. La China fue igualmente feria de avideces para el imperialismo norteamericano.

 b) Durante la guerra, cuando, en su primera parte, los japoneses lograron en horas derrotar los ejércitos reunidos inglés, norteamericanos y holandés, establecieron en Java y las demás grandes islas la soberanía militar nipona, pero entregaron el gobierno civil a los nativos,