sector internacional 47
Mare Nostrum La SI 19/07/47 p. 6

 

Mare Nostrum
La SI 19/07/47 p. 6

 Es, hablando en general, el mar Mediterráneo en cuanto hablan de él los italianos. Aunque no sea suyo ese mar, ellos se lo han apropiado al menos retóricamente; y “nuestro” lo llaman, así sea de otros, y, cuando menos, de todos.
 Pero, hablando en jurisprudencia internacional, el “mare nostrum”, o mejor, el mar interior de cada país, o sean las aguas territoriales, propias o nacionales como la misma costa, estaban formadas por pocos kilómetros costeros, que lamían las arenas o las rocas límite de la nación terrestre.
 Habían sido señalados estos kilómetros teniendo en cuenta la longitud a que llegaban las balas de un cañón marino en buque disparando, de modo que, desde las aguas internacionales o internas,  no se pudiese disparar sobre la tierra de una nación.
 Buscaba, como se ve, la inmunidad nacional, de modo que para disparar tuviese por fuerza que entrar en las aguas nacionales y violar la neutralidad.
 Avanzaron los cañones y dispararon de más lejos. Aún de 50 kilómetros lejos podían disparar sobre un puerto. Se imponía, entonces, modificar la longitud o extensión de las aguas marinas. 
 Varias veces fue ello propuesto. Siempre se opuso Gran Bretaña. Es que le convenía a ella disparar desde alta mar contra un país y llegar las balas a la costa. Y no hubo país alguno que le hiciese cambiar las distancias a la fuerza, desde que se había violado la “razón” de la longitud de las aguas marinas.
 Así se llegaba a los comienzos de esta guerra, en que el derecho internacional, justo o injusto, era borrado con toda frialdad por los ingleses mismos. Ellos se tenían como Amos y podían, según pensaban, violar las Convenciones como les pluguiese.
 A principios de esta guerra las naciones americanas, a propuesta de Estados Unidos, alteraron la materia, sin importarles que lo hacían unilateralmente y sin unanimidad previa, que es lo indispensable para ser ley internacional.  Fijaron alrededor de América las distancias, para que no pudiesen los beligerantes  violar estas aguas, recorriéndolas libremente. Pasaban a ser aguas jurisdiccionales.
 Y después de esta guerra,  primero Estados Unidos y después otras naciones, unilateralmente declaraban su voluntad de que eran aguas territoriales las que llegan a varios kilómetros más lejanos que los actuales, y además que la nación reivindicara para sí  la peana nacional sobre la cual se asienta la tierra de la nación, y cuya exploración –muchas veces petrolera- reivindica la nación para sí solamente.
 Es la alteración de las aguas marinas propias, así como de las tierras submarinas adosadas a la costa.
 Aunque la determinación de ahora de las aguas de las aguas y tierras de acordarla lo menos dos, en este estado de Derecho Internacional, bailable e inseguro, puede darse como pasable la adopción de esa corrección marina, que afecta a la soberanía.
 En América, que es donde algunos países han declarado la línea nueva, entre otros países, Chile, tiene escasa trascendencia la nueva declaración de límites marítimos en la tierra subterránea y aguas superficiales. Alejados nosotros de las guerras, no es probable que haya cuestión alguna derivada de esta determinación unilateral.
 Por lo demás, el viejo Derecho Internacional ha muerto. Y han sido los aliados los que lo han pisoteado más pesadamente. Y el que lo sustituya, ha  de ser –tratándose de potencias imperialistas y despóticas- más bien lo que a ellas les parezca, que no un Acuerdo que nunca ellas están fáciles a reconocer como derecho habiente a los demás. Las cosas de esta gente podrían llevar, como marchamo propio, el lema que escribía un publicista sobre las cosas de la generación que se llama democrática: “nova, pulcra, falsa”…