inglaterra 47 08
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Cumplido el plan inglés: la India hecha trozos. Indostán, Pakistán y lo demás La SI 02/08/47 p. 1-4
La nueva crisis mundial. Países de media crisis La SI 16/08/47 p. 4-5
El secreto de la política inglesa. Los secretos de la dominación británica  La SI 23/08/47 p. 1-4
La actitud laborista ante el gobierno británico. Los cien diputados laboristas. La SI 30/08/47 p. 4

Cumplido el plan inglés: la India hecha trozos. Indostán, Pakistán y lo demás
La SI 02/08/47 p. 1-4
(El traspaso de la crónica del escrito original del autor al texto impreso en la revista, padece lamentables alteraciones en la página 2 –de responsabilidad del impresor- que me permití corregir, no sé si alcanzando la fidelidad  propuesta. No hay en los ejemplares siguientes, tras un vistazo, corrección de esos párrafos. Pero vuelve después sobre el tema tocado aquí –Inglaterra- y supongo que esa lectura contribuirá a esclarecer las oscuridades presentes en este espacio)

 a) Inglaterra, para formar un Imperio Comercial, que había de darle el mando en el mundo, ha usado siempre de cinco medios, manejados –estilo gran Escuela- con mano maestra, cuyos elogios en vano regatearíamos: el favor comercial, la Misión económica, el cañón del acorazado, la división de cada país y la adulación honorífica.  Han sido esto las cinco patas de la colonización inglesa  durante su honda y nefasta actuación.
 El favor comercial abría las puertas. A un país que no conocía este producto o aquel que podría serle útil materialmente, ponérselo en la mano, así cumpliendo una misión de servicio. Claro que ello era servicio doble, precisamente a favor del comercio inglés. Pero esa ventaja, que era el fin buscado, no era entendida por pueblos primitivos.  Y era, en cambio, comprendida la parte de finalidad indígena que allí se cumplía: dotar a la plaza –a la nación- de algo útil que recibe –que recibe- de la mano de Gran Bretaña
  Tras ello, y casi siempre, el cañón de la marina de guerra, que usa los mayores cañones del mundo. Cuando la convicción y el servicio de la Compañía Comercial no hacían su efecto, los largos tubos de la artillería marítima cumplían su finalidad. Tratábase de pueblos fuera de toda comunicación usual, y, por lo mismo, de grandes tiradas desconocidas menos por los que las recibían en las propias espaldas desnudas. Quiérese decir que no eran conocidos esos argumentos de convicción  más que muy lejanamente; cuando eran conocidos, que no lo eran muy en general.
 Terceramente, la Misión económica. España y su colonización tenía su Imperio misionero. Gran Bretaña tenía su Misión Imperial. Es decir, lo contrario y antitético. Los barcos y virreyes españoles servían a la Misión, y adoraban al mismo Cristo. Las Misiones británicas eran enviadas por el Imperio para extenderse.  En España hasta el Imperio era cosa espiritual, de Misión. Stanley y Compañía eran misioneros que iban derecho a lo material, al Imperio y al dinero. España tenía un Ideal Moral, que era la reforma interior del nativo. Gran Bretaña hasta en sus misiones tenía un Ideal neo-judaico: el Oro, ideal Imperial. Las Misiones bíblicas las pagaba –y era lógico- el Gobierno, porque eran instrumentos, no religiosos ni morales, sino comerciales.
 Cuartamente, la división y subdivisión de cada país nativo, formando partes independientes, a lo mejor enemigas unas de otras, sultanatos minúsculos con Quislings desconocidos, partidos indígenas que se ponían frente a otros partidos indígenas, y así los países quedaban hechos trozos y más fácilmente manejados para los que querían apoderarse de ellos. 
 Finalmente, , una manera fina de “condecorar” a los nativos, ya colgando a los poderosos de la tribu, de la nación, un colgajo de medallas; ya nombrándolos presidentes de alguna asociación en que se les halagara,  ya clavándoles en su espalda en SIR, un LORD o una línea inacabable de mayúsculas indicadoras de títulos, sino bien ganados, bien trabajados. Y no hay que echar como cosa de poca monta esos medios de conquista. Fijémonos solamente en el título de Ciudadano inglés que pintaba en las espaldas de algún tiuque indígena, más orgulloso que con una distinción divina, y realmente estimando esas glorias –que pavoneaban en sus pechos de una manera todo nativa-  y por las cuales desplegaban una especie de honra que les llegaba  a su corazón primitivo, y que agradecían –pundonor nativo- desde el fondo de su alma, pavoneando la cola en los centros de reunión indígena.
 Esa última manera de hacerse gratos entre la gente vistosa de las tribus no ha de ser despreciada, antes lo contrario. Es la señal de Oxford. De raza hebrea en el fondo –en cuanto a ascendencia espiritual- sabían gozar personalmente los goces de la “esterlina”, desde los dos extremosa de su zona: una mesa exquisitamente servida y una literatura clásica refinada. Y a guisa de gozar de un Imperio que esa esterlina les trajese, saber ceder a los nativos todas las