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Mussolini y las Sociedades Secretas  BOY 15/06/25

 

 

            Ha sido votada por el Parlamento italiano la ley contra la Masonería.
            Desearíamos a propósito de ello, decir unas pocas palabras, ajenas a toda idea religiosa, en pleno terreno del sentido común y de la conversación cordial y sincera. Ya en este supuesto, intentaremos enunciar una triple contradicción de los principios masónicos, y, luego, ver de alcanzar los intentos de Mussolini al redactar y promulgar la ley a que nos hemos referido.
           
a) Es evidente que la Masonería proclama en todas sus confesiones de principios, sus intentos de ilustrar, de aclarar, de contribuir al mejoramiento de los problemas capitales. Tenemos ante nuestra vista una de las revistas mejores de las sociedades secretas europeas. Se apellida “Luz”. Responde este título, magníficamente, a los intentos propagandistas de los hijos del gran arquitecto del universo.
            Pero ¿cómo, entonces, se trata de una sociedad secreta? Oculta los nombres de sus componentes. No publica sus discusiones. Celebra sus tenidas en la oscuridad. Odia cuanto significa publicidad, discusión, aclaración. No quiere luz.
            Un recto sentido común no concibe esa contradicción. El intento de ilustrar no puede realizar en la cámara oscura. Se tienta, además, al gran público a mal pensar. ¿Por qué razón esencial ese secretismo? No lo concibe nadie. No lo conciben los propios masones, los cuales, en sus propagandas y en los gobiernos que regentan, no toleran secretismo alguno en la iglesia, en las órdenes religiosas, en lo político, en lo social. Ahora mismo, un gobierno masónico sudamericano acaba de exigir a las sociedades obreras las listas de todos sus afiliados y de sus reuniones.
            Pero no anda sola esa contradicción.
            La Masonería es campeón decidido de la libertad. Es este uno de los lemas de su propaganda.  Es esta una de las palabras escritas en el frontispicio de su logias. Se ha declarado amiga férvida de los derechos del hombre, admiración sin condiciones de la Revolución francesa, etc. etc.
            Pues bien: es principio de la Masonería la obediencia ciega en sus catecúmenos y aún en sus discípulos. Hay que obedecer por encima de todo, aún por encima de la propia conciencia y de la propia libertad.
            Una inteligencia sencilla, no maleada por distingos metafísicos, no acierta a conciliar ambos extremos, que conceptúa contradictorios. Y aún se inclina a una suposición maliciosa: si la obediencia ha de devorar y digerir la libertad, con mayor razón devorará las obediencias restantes a que todo hombre se halla sometido social y profesionalmente;  y uno anda tentado de relacionar esa conclusión con la obediencia militar y la disciplina del soldado, sujeto, posiblemente, a dos mandatos ciegos: el de la nación, por razón de oficio, y el de la logia, por razón de juramento.
            Todavía un espíritu sencillo advertirá otras antitesis, que se les antojarían contradicciones evidentes.
            La Masonería, por ejemplo, es netamente democrática. Ella defiende la voluntad nacional por encima de todo; el respeto al querer popular; en suma, la democracia moderna, “que tanta sangre ha costado al mundo” según leemos en un fogoso discurso de uno de los más conspicuos hermanos uruguayos.
            Más he aquí que esa democracia se defiende en conciliábulos, queremos decir a puerta cerrada y luz a penumbra. En estas condiciones se debaten los más graves asuntos de Estado entre unos pocos afiliados. Sus conclusiones, faltas de oxígeno de la calle, son impuestas a los legisladores correligionarios.
           
            b) Esas contradicciones no existirán, tal vez, para los masones, que verán claramente una situación menos embarazosa. Pero hay que confesar que, ante las escasas luces mentales de los que componemos el vulgo popular, esas contradicciones existen. Y no podemos conciliar de ningún modo esos dos extremos: “luz, libertad, democracia” y “secretismo”.