Ecuador 47
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Nuevamente, un cuartelazo en Ecuador La SI 30/08/47 p. 1-3
Ecuador no se conforma. Ecuador reacciona La SI 07/09/47 p. 6-7

 

Nuevamente, un cuartelazo en Ecuador
La SI 30/08/47 p. 1-3

 a) Desde hace 20 años, el Ecuador es víctima de sendos cuartelazos respaldados. Decimos “cuartelazos respaldados”.
 Largo sería ir siguiendo la historia de esos motines cuarteleros. Largo y pesado. Porque se cambia siempre el nombre del militar sublevado, y también, saltando entre los extremos políticos, el nombre del respaldador. Y la historia es siempre la misma: una agitación superficial, que deja al país en situación otra vez indefinida.
 Ecuador es un país de pasada, en sí anfibio. La tierra está llena de países de esta índole, y por ello mismo se trata de pueblos de revolución ficticia, fácil y cambiante.
 Por accidentes varios de la historia, que comienza en la distribución de las tribus indígenas primitivas, Ecuador estaba entre dos focos étnicos determinados y bien definidos. En el núcleo colombiano, había sus centros indígenas, que tenían allá sus orígenes. Eran centro de atracción, no de dispersión.  Y había en ello un motivo de Nacionalidad, de convivencia natural, de orden. En el núcleo del sud era más importante y decisivo todavía el centro y punto de partida: los incas, y antes que ellos dos o tres civilizaciones también centrípetas constituían una nacionalidad, que, una vez plena en acción, podía dispersarse hacia los lados, con un imperialismo nacional común a todas las épocas de la historia.   
 Ecuador estaba en medio de esos dos núcleos, y siempre su vida era derivación de esos dos núcleos. En la antigüedad, predomino el núcleo inca,  y los últimos reyes indígenas del Ecuador no fueron más que una rama de los incas peruanos. Y en los tiempos modernos predominó el núcleo colombiano, y así la nacionalidad ecuatoriana, uno de los miembros de la Gran Colombia, tuvo sus hechos en los cuales Bolívar (el héroe del norte) tuvo su parte capital.
 En Europa hay también esos “pueblos de paso”, confín de dos razas opuestas y ellos mismos razas medio pintadas y mixtas. Y llevan en sí los maleficios de esa mixtura y los desconciertos de esa situación. Bélgica, por ejemplo. País de confines, en el norte tiene los flamencos y los hombres de los países bajos, último confín del bajo alemán étnico; y en el sud tiene los picardos y franceses, raza austral, más bullanguera y parlanchina. De ahí que esas razas se hayan encontrado en Bélgica tantas veces para hacerse la guerra, y que aún los desórdenes interiores hayan menudeado en ese país carente de aglutinación interna.
 No se crea que este hecho –país límite de varios confines étnicos- no tiene gran importancia. Es cosa de herencia. Y los depósitos ancestrales, que influyen por ley de derivaciones misteriosas herenciales, ejercen sobre las entidades (y sobre los individuos, como saben los psicólogos), notables influencias. Y las leyes étnicas, que desembocan en el canal de la herencia, ni a fuerza de siglos quedan agotadas.
 Esa realidad ecuatoriana de carecer de leyes centrípetas que tienen una fuerza interna de cohesión, ha ejercido sobre todo en la historia moderna influencia interesante. No importa que los historiadores del país no hayan hecho de estos puntos, explicativos, al menos en parte, de sus cosas históricas. Ello es así, y será necesario que al hablar del Ecuador, se comience siempre por el “in principio”, para no dejar hechos sin explicación y cómo cosas de azar.
 De ahí también que sean más frecuentes las revoluciones centroamericanas y menos sólida la alianza entre sus naciones. Es que esos pueblos, juntos, forman una nacionalidad; mientras que, individualmente, carecen de aquella fuerza étnica  que los mantiene unidos y hermanados. En eso no se equivocan Estados Unidos en el sentido de oponerse siempre a una unión natural entre esos pueblos. Por ese hecho mismo, sus hombres serían más sanos, sus políticos más patriotas, sus pueblos más hechos para la vida común y para la vida legal.
 Ello es una explicación, también, para los pueblos bien formados étnicamente.  Sus políticos y militares pueden obedecer a fuerzas normales de la vida colectiva, porque sienten el vínculo patriótico. De ahí que sus revoluciones obedezcan casi siempre a verdaderas necesidades nacionales, mientras que las revoluciones de los pueblos “límites” o de paso, puedan tantas veces obedecer a pasiones individuales y a intereses grupales, no teniendo en su favor los vínculos de nacionalidad que a todos constriñen fuertemente, de una manera invisible que no notan los mismos interesados.