Inglaterra 47 09
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El campo inglés, principio del remedio La SI 07/09/47 p. 4-6

 

El campo inglés, principio del remedio
La SI 07/09/47 p. 4-6

 a) La crisis británica, de índole económica, la aceptan ya todos. Los ingleses, hombres de buen sentido, no han querido imitar la torpeza norteamericana de publicar por todo el orbe su “feliz y rico estado” en el instante mismo en que, con 21 millones de desocupados, vivían, no al borde de la catástrofe, sino en la sima más honda de la catástrofe. Y, efectivamente, en ese estado “de gran prosperidad” irrumpe la crisis económica 1929-33, que es la mayor que ha sufrido ese pueblo. Los británicos han confesado su crisis, y, lejos de optimismos fantasiosos, buscan por todos lados, con acerada voluntad, medios para vencerla.
 Han de entender, por encima de todo, lo que podríamos llamar las causas “naturales” de esa crisis.
 Los que crearon el Imperio industrial, comenzado en el XVll, y terminado cuando la Era victoriana, no supieron ver las dificultades que habrían de presentarse y que habían de ser causa de las guerras últimas. La teoría de adquirir alimentos y materias primas en el mundo colonial, y después vender esas mismas materias industrializadas a gran precio, se basa en una doctrina negativamente científica, en el sentido de desconocer la inevitable substitución de la actividad humana, en gran parte, a causa de los progresos de la mecánica y de la química.
 Esos progresos, inevitablemente, habían de traer la disminución de la necesidad humana de “trabajo pagado”. Y habían de venir otros pueblos a hacer lo mismo que hacía Gran Bretaña en el sentido de fabricar y vender al extranjero, con los mismos derechos que Inglaterra.
 Si se saben aunar esos dos progresos inevitables, se comprende que había de venir, tarde o temprano, el conflicto, consistente en chocar en el exterior las fuerzas del comercio imperial con la de los nuevos advenidos, y cada día producir todos con menos hombres lo necesario para alimentar y vestir al mundo.
 La desocupación forzosa. La lucha comercial. Las guerras. Todo lo demás (motivos democráticos incluso) son puras falórnias (sic) de los embaucadores y de ingenuos embaucados.
 No hay más remedio, para comenzar, que volver al principio, es decir, dejar de depender de los alimentos del exterior,, procurándose, parte al menos, en el propio suelo nacional, y ser éste cada día menos industrial, no por causa de atraso, sino por causa de que los demás nos arrebatan los mercados (Alemania, Japón, Estados Unidos, Rusia)
 Ese “volver al principio”, desandando lo que, de una manera demasiado ingenua, alababan los creadores de una nación que vivas y se enriquezca de los demás, es la razón de todo remedio para la crisis inglesa, para toda crisis de otro pueblo industrializado fuera de las reglas de lo natural.

 b) No diremos que los ingleses no lo hayan comprendido, y hace tiempo. A medias siquiera.
 Durante la primera guerra mundial, hubo un verdadero afán en cultivar lo inculto británico, que era la mayor parte del país. Fueron declarados sembrables todos los innumerables cotos de caza. Se intensificó la producción en lo poco que ya se trabajaba. Fueron aprovechadas las islas próximas, los cotos lejanos. Se apresuró el regadío de lo baldío, Inglaterra país que es acuoso y de corrientes mansas. Despoblaron en gran cantidad las ciudades pletóricas, marchándose al campo familias muchas a trabajarlo. Y los propios jardines de las casas particulares, aún no teniendo más de un acre, eran dedicados a hortalizas. Hubo una verdadera furia por la agricultura, y aún los mismos empleados públicos tenían bajo se responsabilidad, fuera de las horas de trabajo oficial, el cultivo de los parques, de los cuales había sido arrancado el “querido césped” inglés y substituido por legumbres caseras con las cuales alimentaban a los orfelinatos y casas públicas de niños.
 El gobierno de la época se preocupó de esa agricultura renovada de una manera decisiva. Lloyd George, a pesar de sus múltiples problemas de ministro, cuidaba de la región galense. Y todos a la hora llegaron a una situación que subvenía, en orden a hortalizas, a todo el consumo nacional, y más de la mitad en avena y gran parte de trigo.
 ¿Por qué decayó este afán agrícola, al terminar la guerra