Post Guerra 1939 47 10 11 12
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La barbarie por miedo nacional La SI 11/10/47 p. 4-5
Se busca pretexto para una guerra La SI 01/11/47 p. 5-6
El eje del problema: Conferencia de Ginebra La SI 11/11/47 p. 1-3
Propaganda de guerra La SI 15/11/47 p. 3-5
Documentación. "The Observer” habla así del Tratado de Versalles, que puso fin a la otra guerra (21-12-1919) La SI 29/11/47 p. 11

 

La barbarie por miedo nacional
La SI 11/10/47 p. 4-5

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Señor Director de “La Semana Internacional”. Valparaíso

Antiguo y asiduo lector de “La Semana Internacional” y, a la vez, admirador de la franqueza y valentía con que usted aborda los candentes temas de la política internacional, le dirijo estas líneas confiando en que las acogerá con la elevación e independencia de espíritu de que siempre ha dado prueba.
A mediados de este mes hará un año que se llevó a cabo en Nuremberg la ejecución de aquellos ministros, altos jefes militares y políticos alemanes a quienes los vencedores de la última contienda se han considerado con derecho a llamar “criminales de guerra”. ¿No querría usted, señor Director, redactar algunos párrafos con el fin de rememorar ese suceso e ilustrar a sus lectores respecto de el? Porque en la mayoría de los que seguimos con profunda atención la marcha de aquel proceso, aún persiste la sensación de desconcierto ante la sentencia que llevó al patíbulo a unos hombres que habían consagrado a la patria todos sus esfuerzos que la defendieron hasta el último instante.
Acuden a nuestro espíritu penosas interrogaciones? ¿Tenían derecho los vencedores, legal y moralmente, para constituirse en jueces de los vencidos? El tribunal de Nuremberg sobre cuya conciencia pesaban las bárbaras matanzas de Hiroshima y Nagasaki, la orgía dantesca con que se mancilló a las ciudades alemanas a raíz de la ocupación enemiga, las crueles deportaciones ordenadas en los territorios cedidos a Polonia y Checoslovaquia y otras inhumanidades semejantes ¿podía en justicia acusar de crímenes contra la humanidad a los políticos y militares alemanes? En el ambiente cargado de odio y de ansias de venganza en que se desarrolló el proceso ¿fue posible a los acusados defenderse libremente? ¿Y quiénes eran y de qué raza los acusadores y los testigos llamados a declarar? La desconcertante sentencia contra el Ministro de Relaciones Exteriores von Ribbentrop –a quién no fue posible atribuir actos de crueldad- basada en la mera consideración de que en el alto cargo que desempeñaba “no pudo pasarle inadvertida la naturaleza agresiva de los actos de Hitler” ¿no confirma la general suposición de que estaba decretada anticipadamente la muerte de todos aquellos hombres que, en tiempo no lejano, pudieran hacer resurgir a Alemania de entre las ruinas , y que nada, ni testimonios favorables ni pruebas convincentes de inculpabilidad, podrían librares de las manos del verdugo?
Por otra parte ¿no se extremó realmente el sentimiento de rencor y de venganza contra el enemigo al decretar para los condenados la más oprobiosa de las penas, como es el suplicio de la horca, y con este proceso se borró  el concepto caballeresco que el mundo civilizado guardaba respecto del trato noble y cristiano que el vencedor debía al vencido?  Antes de 1946 se respetaban el valor y el patriotismo del general que, obligado por adversa suerte, deponía las armas. No se ahorcaban a los ministros, a los políticos y a los militares del país enemigo. No se quemaban sus cadáveres, y con sádica satisfacción, se arrojaban sus cenizas al viento. Diríase que el criterio y el proceder de las tribus salvajes del corazón del África se han impuesto, como su música y sus cantos, sobre la noble civilización del mundo cristiano.
Largos años hacía, siglos tal vez, que no se llevaba a cabo una venganza tan cruel y tan completa contra un pueblo vencido, como la que han realizado sobre Alemania naciones que se consideran portaestandartes de la civilización y defensora de la humanidad. Y triste es y lamentable que esa regresión a obscuras épocas de barbarie, no levante en el resto del mundo sino débiles y aisladas protestas, como si se temiese que la venganza pudiera alcanzar también a quienes osan condenarla.
Le pido disculpas, señor Director, por la libertad que me he tomado al dirigirle esta larga carta y, agradeciéndole de antemano la benevolencia que le dispensará, lo saluda su atto. y S.S. 
                                                                                                                                 Mariano Blanco