Arabia 47 10 11
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Ejércitos arábigos en pie de guerra. La Arabia y la “paz” de la NU La SI 18/10/47 p. 1-3
El problema árabe en la NU. Cuba y los árabes La SI 01/11/47 p. 5

 

Ejércitos arábigos en pie de guerra. La Arabia y la “paz” de la NU
La SI 18/10/47 p. 1-3

 a) A veces el buen sentido invade aún a la prensa con que el régimen que está cayendo (y los hombres que lo benefician) está embaucando al mundo. Es que, quien haga un pequeño ensayo sobre la prensa moderna y su acción malhechora sobre los alfabetos que para su uso creador,  verá que sin excepciones viene servida por una pléyade de gente que, si gana su vida sirviendo la causa de sus dueños, no deja de salir a veces de sus plumas (por causa del origen clasal de los escribidores, o bien a causa de su innegable talento inconformista) algunas chispas que denuncian el fuego interno de los pancistas.
 Esto ha sucedido a un corresponsal de una agencia noticiera, que acaba de escribir para sus clientes  esta verdad escapada del fondo de su alma: “Algunos piensan que la labor de los altos políticos y de los supremos diplomáticos es originar guerras y prepararlas asiduamente”.
 En estas columnas hemos dicho algunas veces que la labor política (y de los politiqueros actuales) es crear conflictos, cuyo origen es del todo artificial. La psicología novísima, entrando en las entretelas del hombre y de su accionar, ha llegado a conclusiones luminosas respeto de la acción humana. Y ha llegado a la afirmación  de que, si esa acción no se nos da, naturalmente,  la creamos artificiosamente, para entretener los minutos y dar a nuestro oficio  una faena que lo legitime.
 La pedagogía ha avanzado no poco por este camino. Cuando los maestros (o los padres) no desean que sus hijos se entretengan en cosas dañinas, o inconvenientes, se les “inventa” algo qué hacer, ni que sea un problema “maquinado”: lavar unos trapos, mirar  unos grabados llamativos, cortar unos papeles, cuidar a un hermanito menor, etc. Ello evitará que, en su ansia por accionar y hacer, os estropeen sus vestidos “cosiéndolos”, os rompan los cristales, os deshagan una linda muñeca, os derriben una pared, os descalcen un árbol. Y, pasando de la pedagogía pueril a la virtud, y dejando la palabra a la despierta sabiduría popular, nace el adagio de que el antídoto mejor para no enviciarse es el trabajo, pasando este consejo milenario a las sentencias del buen sentido: “la ociosidad es la madre de todos los vicios”, “quien no trabaja peina al gato”, etc.
 No se han exceptuado de esta regla general los políticos y la diplomacia. Cuando no hay para mantener a miles de burócratas (cimiento eleccionario) se inventa la “paperassirie” para simular con trabajo artificial un trabajo ficticio innecesario; cuando no hay problemas que ocupen la “ciencia profunda” de los capataces políticos, se inventan problemas y se imita al león enjaulado: mucho caminar en su jaula, pero nunca moverse de la jaula.

 b) De ahí derivan todos los problemas artificiales.
 Cuando aludimos a ellos, parece que nos armamos con una fuerte dosis de malignidad para enfrentar a los dioses políticos. Y no. se trata de una ley común y, como se ve, muy vulgar. Quién no tiene problemas, que la realidad le presenta espontáneamente tiene necesidad psicológica de creárselos, formulando cuestiones existentes, o creando cuestiones artificiales, para que, si es posible, surja de ahí algún problema real y objetivo.
 Los problemas artificiales, en el campo de la política, abundan (y han abundado siempre) extraordinariamente. Cualquiera, si es avispado, sabrá hallar una letanía de ellos, porque abundan sobremanera en este terreno. Pongamos tres o cuatro, para ejemplo. 
 Cuando Estados Unidos deseaba “redimir” a Cuba y embarrar a España, buscando el motivo acuciosamente. Durante años fomentan mil cosas (entre otras, el incremento descarado de las partidas guerreras cubanas); pero España, que estaba sin pulso en aquella época, víctima de los monárquicos que comían sobre sus miserias, no tiene alientos ni para protestar siquiera. Al fin, ya cansados de pinchar sin que el pinchado protestase, arreglan un acorazado, lo llevan al puerto de La Habana, y ellos mismos le pegan una bomba, volándolo. Es cosa tan averiguada quién fue el que voló el buque, que solo los analfabetos no se enteran de las rectificaciones de calumnias. España no ha querido platear un problema. Los políticos y diplomáticos lo crean artificialmente. La declaración de guerra a España sigue inmediatamente a la calumnia.
 Cuando, al comenzar la primera guerra mundial, que deseaban enormemente los políticos (y los metalúrgicos que dominaban la política), se ha demostrado –demostrado- que los