Rusia 47 10
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Un viejo Comité  lo pasan ahora como nuevo: añagazas del difunto Mr. Roosevelt. El Comitern nuevo La SI 18/10/47 p. 5-6
El robo oficial de jóvenes en la política soviética. Robo y degüello (espiritual) de jóvenes La SI 25/10/47 p. 3

 

Un viejo Comité  lo pasan ahora como nuevo: añagazas del difunto Mr. Roosevelt. El Comitern nuevo La SI 18/10/47 p. 5-6

 Vamos a hablar en completo sentido común de una materia harto tergiversada por la moda política y las circunstancias del momento. Y el asunto de veras se lo merece, porque es una de las grandes palancas de acción del mundo actual: la Cuarta Internacional Comunista, por otro nombre, y aludiendo a un Comité de acción internacional: el Comitern.
 Razonemos con razón, y no por conveniencias de grupos

 a) En días de unificación internacional y de unidad, no podríamos pretender que un país no influya sobre otro. No hablemos en sentido científico, deportístico o religioso: las academias se inter influyen; los deportistas mundiales dan órdenes aún a países extraños, y el Vaticano tiene escampadas por todo el mundo, sin animadversión ajena, sus asociaciones de acción. Y no hablemos de documentos y órdenes internacionales, de organizaciones masónicas y judías.
 El mundo tiende cada día más a unidad, y ello no se logra más que interviniendo cada país en los países extranjeros.
 Pero así como nadie extraña esas interferencias, muchos extrañan esas interferencias en la cosa política.  ¿Puede un país extraño intervenir en otros países a pedido (o sin pedido) de minorías,  especie de “punta de lanza” para abrir rutas de penetración? ¿Qué me dice usted de las quintas columnas?
 Desde luego hemos de negar  a los que defiendan intervenciones de un lado político el derecho de condenar las intervenciones del otro lado. El mundo nuevo se distingue en esto del insidioso siglo XlX: en que no se toleran las “dos medidas” y que, aceptada una tesis, uno rechace los corolarios.
 Ha sido de Estados Unidos (especialmente de Universidades y de su Ministerio del Exterior) el santo y seña de que, desde la segunda guerra, las independencias nacionales han caducado. Tenemos a la vista un trabajo de un político americano según el cual no hay ya, en adelante, derecho a la independencia nacional. Para estos ¿qué significará intervención extranjera si, para ellos, es ya un derecho de gentes esa intervención?
 No aceptamos nosotros esos dislates, pero notamos que son anticomunistas acérrimos los que sostienen esa tesis. Contra ellos protestaríamos, pero debemos hacer constar que ellos no tienen derecho a protestar de lo mismo que ellos sustentan. Ese es el prólogo obligado a esta cuestión.
 La propaganda internacional la reputamos perfecta y lógica. Pero, ante ella, reputamos naturalmente inviolable, aún de palabra, la soberanía nacional. Enlazando ambas exigencias, diríamos que es lógica y aceptable, toda propaganda internacional, que no se interfiera en las soberanías nacionales: en otras palabras, que no sea un imperialismo.

 b) El finado Presidente Roosevelt, una vez desmoralizado por no poder en la paz agotar la desocupación (de la cual quedaban 11 millones de descolocados), recurrió frecuentemente a la política de simulación y engaño. Y hay que citar uno, que ahora viene a cuento.
 Al principio de la alianza yanki-soviética, que tantos norteamericanos extrañaban, se le ocurrió al Presidente que Rusia “simulase” retractarse de varias cosas, para que la gente imparcial viese la influencia de la alianza aliada en las cosas rusas. De este modo se conseguían dos cosas importantes: que se viene la influencia de Roosevelt sobre Stalin (siempre la egolatría rooseveltiana), y que la libertad de religión se abría camino en suelo soviético.
 A Stalin debió gustarle la estrategia rooseveltiana. No le interesaba al Presidente norteamericano que se realizase esto o aquello. Le interesaba solo que “se diese la apariencia de que aquello  se estaba realizando”, aunque en realidad no se realizase. Nos consta que esa conducta fue objeto de una reclamación diplomática, en el sentido de que la diplomacia norteamericana necesitaba esa “apariencia de rectificación” aunque no fuese una verdadera rectificación.