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Diplomáticas La SI 01/11/47 p. 8
Diplomáticas La SI 15/11/47 p. 10
Diplomáticas  La SI 29/11/47 p. 10

Diplomáticas
La SI 01/11/47 p. 8

La mujer diplomática Vll
 En la edad pre-cristiana, si alguna mujer sobresalía y podía mostrar sus dotes diplomáticas, era cuando el azar, por una u otra causa, ponía, a alguna mujer en trance de gobernación pública, lo cual sucedía raras veces. Para referirse a dotes  femeninas ajenas al sentimiento amoroso hay que entrar ya en la época cristiana, cuando, aunque no igualados los sexos en derechos políticos, el ideal cristiano, que era de absoluta igualdad genérica y de “todos hijos de Dios, sin excepción”, hacía que pudiese ya mejor manifestarse la capacidad directiva de la mujer.
 Antes de Cristo, dos hechos hay que nos cuentan los historiadores (o los fabulistas) atañentes a la capacidad de las mujeres: primero, el matriarcado, y segundo, la mujer eje de la casa en las etapas que podríamos llamar bárbaras de la sociedad.
 Referente al matriarcado es una “historia” rara el cuento que nos cuentan: en los orígenes de la humanidad, la mujer era el todo, no solo en las cosas que atañían a la prole y a un rudimento de familia, sino también a la gobernación pública.
 Referente a lo primero, y fundándose en que no había duda ninguna de qué madre era cada hijo (no existiendo la misma seguridad respecto a los padres), todo se regía por la madre y el régimen familiar era materno
 Pero ello pasaba a la gobernación, y estábamos en pleno reino de las Amazonas, palabra griega (de donde nos ha venido la fábula) que significa (“sin-pechos”) (a-mazos). Como si las mujeres, que también formaban entonces el ejército, realizasen cierta operación quirúrgica para poder mejor usar y manejar cachiporras, lanzas, flechas y otros enseres de aquellas guerras.
 Esta época mítica, muy semejante a la fabulosa Edad de Oro, era abundante en felicidad y placeres. Todo iba a la buena de Dios. No había ladrones ni criminales. Las calles (¿habían calles entonces?) eran pedazos de aquel cielo y nadie se propasaba en nada. Parece que eran entonces muy concurridas, porque
 Las casas de azúcar son
 Y las calles de turrón
como dice la leyenda  Y el trabajo mejor parece era el de ir recorriendo aquellos andurriales de azúcar gratis y turrón en la mano
 Los que han inventado tales enredos (porque hay de veras quien los ha inventado) no aducen prueba alguna de tal estado, de tales amazonas ni de tal matriarcado. No hay prueba alguna en las actuales tribus salvajes, y menos en las de antes, sobre las cuales ignoramos todo. Solo aducen la reliquia de algunas expresiones, por ejemplo el que aún actualmente a la unión para una nueva familia se le llame matrimonio, y no patrimonio, y algunas costumbres raras, de las cuales hay prestigios aún en las tribus pirenaicas francesas: que, al nacer un hijo, el padre se acuesta en cama por unos días, y la mujer le sirve calladito, confituritas y otras cosas por el estilo (la covada).
 Poca cosa es esto, para establecer una regla. Sobre esta “poca cosa” han querido establecer los “librepensadores” (y ¡tan libres!) esa dominación de la mujer en cuanto a sucesión, hijos y gobierno.
 Si no hubiera otro argumento para poner en su sitio la capacidad de la mujer, aviadas estarían las pobres Evas.

Windsor parte a EE.UU.
 Reciente es aún el problema que se desarrolló en Gran Bretaña hace pocos años, consistente en que el Amo del país (que es una amalgama de lores y obispos) destronaran al rey Eduardo por ser él de ideas socialistas y la duquesa ser católica. Y hay dos cosas que no se toleran en la democrática Inglaterra: que un rey tenga ideas propias y que él o su mujer sean católicos. Es país de intolerancia y fanatismo.
 Mientras gobernaban los conservadores, Eduardo tenía incluso prohibido visitar Inglaterra y pasar a saludar a su madre: primero las ideas, es decir, la dominación antidemocrática. Cuando subían al gobierno los laboristas, se aflojó un poco la cuerda, y aunque