Asia 47
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Cochinchina, India y Asia La SI 29/11/47 p. 1-4

 

Cochinchina, India y Asia
La SI 29/11/47 p. 1-4

 a) La aurora de la humanidad está envuelta en espesos celajes incógnitos. ¿Quién sabe humanamente lo que se esconde tras las tenues luces de aquellos tiempos? ¿Cuándo los primeros pasos del hombre, juguete de las maravillosas fuerzas naturales indómitas, actuando en todo su apogeo, hacían de la humanidad un ligero juguete de la naturaleza?
 Y ¿dónde se hallaba el escenario de esos primeros días del hombre, cuando las primeras luchas con la naturaleza, y enfrentándose con ésta los primeros seres humanos? ¿Dónde los hombres presenciaron las primeras sorpresas, desde los terrores de la primera noche hasta las primeras salidas del sol; desde la dulce y enigmática caída del rocío mañanero, hasta la bronca antífona del mar en alzada contra los vientos?
 El hombre está rodeado de misterios, siempre y doquiera. Pero el misterio de los misterios es ese comienzo del hombre en el terrestre escenario, para dar inicio a la representación de la humana tragedia, salpicada a veces de ligeros sueños de comedia. 
 Siempre ha llamado la atención del hombre de corazón de artista ese misterio del origen, sus acompañantes y sus bambalinas. Desde Shakespeare, que tembló al escribir su famoso soneto sobre La Primera Noche, hasta Bergson, que se perdía raciocinando  humildemente sobre los extremos de la humanidad (un primer día y un día eterno) han quemado ahí sus alas temblorosas cuantos examinaron el problema con el corazón latiendo en el intranquilo pecho. Y siempre han hecho un papel ridículo  los que, en una mano la hermenéutica de lo desconocido, y en la otra la pala exhumadora del arqueólogo, idearon las más absurdas “teorías” para explicar el origen del hombre, acudiendo a las absurdas ideas, que han resultado más misteriosas que el admitir la bíblica explicación  “de intuición” sobre lo racionalmente inexplicable.
 Más sobreponiéndose los expertos a las “invenciones” de tantas mentes errantes, por la senda parabólica del “teorismo” que quiere explicarlo todo y nada explica, se ha ido al fin convenido en dos cosas perfectamente sabidas: 1) que lo menos misterioso en esta materia son los misterios del Génesis, y 2) que la humanidad echó sus primeros vagidos en tierras del Asia, y que Europa, América, África, Oceanía, quedan al margen del origen del hombre.
Ello solo nos muestra  la importancia de ese continente asiático en el devenir del  hombre.
Se comprende que a los sabios pretenciosos de los últimos siglos, que sabían todo, especialmente embrollar las cosas; que afirmaban la idiotez anticientífica de no aceptar nada que no se probase; que habían llevado a la cumbre toda la ciencia, para después demostrarse que se habían equivocado en todo, y no solo en moral, sino hasta en física y química;  que se paseaban orondamente sobre su ignorancia, títeres risibles de la comedia de la sabiduría, que se jactaban de todo menos de su ignorancia; se comprende, digo, que ni pensasen en el Asia, a modo de cuna, con todas las fosforescencia de las cunas, y, montados en su ingenuidad, redujesen la historia a Europa y a la raza blanca y a sus raíces extra-continentales americanas.
 Pero el hombre de ciencia actual, en que la intuición está a la altura del raciocinio, y sabe dar a lo que no es razón el lugar que le corresponde en el mundo, le interesa profundamente esa Asia misteriosa y sus razas tiznadas. Y así como el hombre del diecinueve supo ver en ellas un rebaño de animales humanos a su servicio que se ganasen el pienso y enriqueciesen al ganadero humano, así ahora, contrariamente, nosotros giramos continuamente la cabeza, desviando la vista del barro blanco y de la fetidez de esas razas montadas sobre la humanidad; y contemplando fraternalmente y ansiosamente a esas razas tiznadas del Asia, vemos de adivinar en los signos de nuestro tiempo la resurrección del Asia, donde se meció la cuna del hombre, adivinando que las cenizas de esa Asia, pateada por los europeos y sus hijos americanos, va a surgir un nuevo fuego que va a iluminar un mundo menos vano y malvado que el científico de los últimos siglos.
 Del Asia vino la luz. El sol surgió en Palestina. Y allá también, en La Meca, y en el Yan Tzee, y en nebulosidades hindúes, surgieron las estrellas, que han dado al mundo los primeros resplandores.