Japón 48
Índice del Artículo
Japón 48
Página 2

Todavía hay un caballero La SI 17/01/48 p. 6
Apareció un caballero La SI 24/01/48 p. 5

 

Todavía hay un caballero
La SI 17/01/48 p. 6

 Hubo un tiempo en que había caballeros.
 Las mujeres eran castellanas. . Tenían los ojazos brujos, las manos marfrileñas, la boca hecha un capullo de rosa, y en cada mejilla un clavel. Del cuello –torre erguida como gentil palmera-  subían las llamaradas de un corazón encendido. Sobre la selva de los cabellos, asentadas las peinetas, de las cuales pendían las nubes de las mantillas,  una flor en el talle y la sonrisa apuntada en la rosa de los labios.
 A sus pies el caballero. Y ese caballero lo era, más por la flor del alma que por la apostura del porte. En ellos seguía su camino el curso sinuoso de las pasiones; pero era todo en pro de la dama, y las armas eran veladas en el brocal del amor y en la pared de un pozo simbólico. El guante era una institución nacional, y podía, no sin peligro, tirarse al suelo en son de reto a los pies de un gañán. Llevaba una espada amenazadora en el cinto de su talle y otra espada romántica en el cinto de su alma. Y la bella comedia del vivir cuotidiano su aire sabía convertirla en drama, y a veces en tragedia.
 El caballero adoraba a su dama, y extendiendo sus alas de caballero a su alrededor, sabía teñir todas las cosas con tules de gentileza y aires de buen ser: hablaba con gracia alada, obraba como un gentleman, reía graciosamente, le corrían las lágrimas por dentro. Y cuando podía, con algún ademán sobrio, librar a otro de un mal trance, él sabía cumplidamente erguirse y cargar con la ajena culpa.
 No existen ya tales erectas personas. Ya no hay politesas de altos modales, gestos heroicos, aires de arriba.. los cuerpos se han agachado y miran todos al suelo. Los espíritus se han enturbiado y todo se ve groseramente. Los alados amigos se esfuman y la tierra se ha llenado de ranas y grillos, groseros y pedestres. Los caballeros se han ido…
 Pero se acaba de mostrar uno en las floridas islas japonesas.
 Japón, en manos gruesas de norteamericanos, y de un general que se quita la chaqueta al subir al tren, ha estado a dos dedos de la medianería. Pero, en un santo esfuerzo de purificación, ha aparecido allá abajo un caballero total y cumplido.
 Hideki Tojo se ha erguido sobre la grosería banal y ha aparecido habillado de caballero:  
 Yo declaro que asumo toda la responsabilidad nipona de la guerra y que no fue la empresa del augusto emperador ni de los obedientes generales. Iniciamos esta guerra para la propia defensa, y rotundamente afirmo que no somos nosotros, los caballeros, los que hemos de arrepentirnos. Hicimos la guerra en defensa propia; lo pusimos todo en la balanza, y perdimos. Y hemos sabido perder, que es el buen juego. Si otros no saben ganar, ni siquiera lo discutimos: hay cosas que solo se pueden exigir a caballeros. Pearl Harbour no fue un ataque sin aviso: nuestro ministro de Relaciones, aquí presente, tenía orden de preavisarlo, y Estados Unidos sabía todo de antemano, porque yo afirmo que  Washington tenía nuestra clave telegráfica. Si el gobierno de Estados Unidos y Roosevelt hicieron ver lo contrario, será porque les conviene a los que no son caballeros, simular que los demás obraban sin caballerosidad. Nuestras naves, además, fueron hundidas sin previo aviso y contra la ley por Estados Unidos, siendo Pearl Harbour una respuesta y una defensa. Y yo, Caballero del Imperio, hago honor a mí título, y asumo, ante el mundo y ante el tribunal, ante los caballeros y ante la grosería, ante el derecho y ante la horca, la responsabilidad total de la guerra…
 Cuando Tojo acabó, se conmovieron en sus tumbas los caballeros de edades mejores. Y lo poco que hay de honor en el mundo tembló de íntima emoción.
 Porque se veía ante el mundo un caballero, totalmente erguido.

Apareció un caballero
La SI 24/01/48 p. 5

 Tokio. Diciembre 26 (U. P.).- El ex primer ministro, general Hideji Tojo, quien hace dos años intentó suicidarse, declaró ante el tribunal de crímenes de guerra, que sólo él es responsable del ataque a Pearl Harbour, que desencadenó la guerra del Pacífico.