Post Guerra 1939 48 01 y 06
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La ola de pereza y la crisis de los pueblos industriales La SI 31/01/48 p. 1-4
“Los otros” son preparados en EE. UU.  La SI 19/06/48 p. 2

 

La ola de pereza y la crisis de los pueblos industriales
La SI 31/01/48 p. 1-4

 a) pués de una guerra –de ello hace ya uno cinco siglos- es una especie de hecho constatado que sobreviene una inundación de flojera, que afecta más o menos -más que menos- a todos los hombres, tomados en general.
 Es conocido el hecho de que, desde principios del siglo XVl, después de una guerra (las guerras como norma de vida son cosas de la retrógrada Edad Moderna) miles de ex soldados infectaban todos los caminos y la gente se daba entera al bandolerismo y al pillaje. Y no solo los pobres, que manejaran arcabuz y lanza en las refriegas armadas, sino también la minoría posidente. En Francia, en Castilla, en otros países, las partidas de ladrones eran, muchas veces, organizadas y capitaneadas por los mismos feudales, y eran no pocos los que, al gritar a un infeliz viandante, o a una villa pacífica ¡la bolsa o la vida! podían hacerlo mostrando a sus víctimas un escudo feudal y unos arreos de nobleza.   
 Quedándonos en los dos siglos últimos, constituyeron años de bandidaje el fin de las guerras napoleónicas, tanto en Francia como en la envidiosa Inglaterra. Y se dio el caso de que algunas recompensas oficiales, o algunos escudos de nobleza, fuesen el premio del despotismo ajeno y una patente oficial del bandolerismo.
 No hemos avanzado mucho en este “feliz” siglo. Se ha inventado menos una cosa: la moralidad y los caballeros. Y todos los lectores que pasan de los 50 recordarán que, apenas fueron depuestas las armas de la primera guerra en 1919, una ola de pereza universal se formó en el mundo, y la humanidad quedó marcada con una pigricia a todas luces notoria.
 Todo el mundo lo veía, pero no se atrevían a proclamarlo la mayor parte de críticos y estadistas. Recordemos algunos hechos.
 En España, inmensamente rica después de cuatro años de “servir” –explotar- a los guerreantes, parecía privilegiada para seguir trabajando a ful. No fue así. Y en las estadísticas de la época se ve crecer de tal modo el rebaño de desocupados, que ninguna ley se vio capaz de volver los hombres al trabajo.  
 En Gran Bretaña, a causa del cese de la guerra, se dieron leyes para pasar unas pequeñas cantidades para que los que habían sido soldados pudiesen “ir tirando”, en tanto que, reorganizado el trabajo, volviesen a ser individuos trabajadores y creadores. Pero, en vez de amenguar el número de los “socorridos”, iba cada vez en aumento.  Se iban quedando muchos sin trabajo, acogiéndose a los socorros oficiales. De los que cultivaban la tierra durante la guerra, huyeron del campo más de 2 millones de personas; iban a la ciudad; no tenía de qué vivir y se acogían al subsidio. Fue tal la irrupción de “gente sin trabajo”, que el gobierno publicó una disposición por la cual no se daría subsidio algunos a los que, ofreciéndoles trabajo, no aceptaban trabajar.
 En 1925 vino un nuevo empuje a vitalizar  la “ola de pereza”. Más de 100.000 obreros del carbón declaraban su huelga, para que les aumentasen los jornales. No lo quisieron los nobles, amos de las minas, ni aquella iglesia llena de boatos y riquezas, que cobraba del carbón un inmoral y tradicional diezmo.  Duró la huelga nueve meses. Tuvieron que acabarla los obreros. Pero entonces vino lo inmoral, si lo económico tuviese moral –que habían dicho que no, los que se beneficiaban con aquellas extremadas utilidades-: acordaron los obreros volver a trabajar a base de los mismos salarios, pero lentificando su trabajo en general, y produciendo doble menos de lo que producían antes de esa flojera; así, los inmorales patrones habían salido con la suya no aumentando los salarios; pero perdían doble que si los hubiesen aumentado.
 (De ahí deriva, y no de otras fuentes, la crisis del carbón en Inglaterra. Aunque no lo hagan constar los cronistas a sueldo de aquel patronaje necio).
 En Alemania, hacia 1927, una comisión internacional tomó a su cargo los ferrocarriles nacionales, para cobrarse las fabulosas y absurdas cantidades que se habían los aliados asignado a sí mismos. Al encargarse de los ferrocarriles, echaron a la calle a 132.000 empleados sobrantes, que se habían agarrado a los ferrocarriles para cebar su flojera.
 En Italia se llegaron a formar, en el sud, bandas de ladrones para vivir sin trabajar de los despojos. Y en la zona industrial del norte se copiaron de Inglaterra los métodos del “menor trabajo”, llamado ahora “semi-huelga de brazos caídos”.