economía 48 03
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El Ministro Farley confirma lo avanzado por “La Semana Internacional”
La SI 06/03/48 p. 5-6


Una advertencia preliminar ha de preceder a las siguientes líneas. Es ésta: “La Semana Internacional” nunca habla a tontas y a locas. Lo que dice –lo que avanza- está todo fundado en hechos y testigos. Cuando es posible, esos testigos se citan. Cuando, por diversas causas, ello no es posible, esos testigos se callan, pero existen. De aquí que debe creerse lo que aquí es estampado, aún sin citar de dónde viene la noticia, por extraordinaria que ella sea. Hechos después aparecen, que muestran la veracidad de lo que afirmamos...
 
Da a conocer varios ejemplos...

      lV
 Cuando muere un hombre por algún motivo, bueno o malo, célebre, las publicaciones críticas tienen el deber de presentarlo, pasando balance a su Debe y su Haber.
 Esto lo ha hecho “La Semana Internacional” con Wilson, con Hitler, con Mussolini, naturalmente con Roosevelt. Pero la tónica de nuestra revista se ha diferenciado siempre de la crítica general: que, encomendada esa crítica general a los amos de la prensa, suelen encontrar en algún ilustre muerto una montaña de hechos alabables, o bien una montaña de hechos reprochables. La crítica obedece a la orden que dan los amos a los asalariados de la prensa. Nuestra revista ha procurado siempre basarse sobre lo complejo del muerto: lo bueno y lo malo, criticándolo objetivamente. Es decir, implacablemente.
 Al morir Roosevelt, resumimos su larga y densa biografía en la siguiente síntesis, que ahora formulamos, y que en nuestra colección pueden confrontar nuestros asiduos lectores:
 Roosevelt ha vivido tres etapas en las Presidencias: el primero, de índole social y económico; el segundo de transición hábilmente jugada; y el tercero, de la guerra.
 En el primer período fueron buenos, más que buenos, los hechos de Roosevelt y, más que los hechos, las intenciones. Procedente él del manchesterismo, los hechos le indicaron que el manchesterismo ha arruinado al mundo, y se dio con ahínco a establecer un sistema que lo substituyese. Se encontraba con 21 millones de desocupados, y el nuevo sistema había de ocuparlos.
 Realizó lo imposible para absorber a tanto millón de hambrientos. A los cinco años de lucha, no había dado logrado más que dar empleo (y aún empleo artificial) a 11 millones. Quedaban 10 millones sin empleo. Ya no quedaban (en la ideología de Roosevelt y sus seis cerebros circundantes) medios (cualesquiera que fuesen) de dar empleo, siquiera ficticio, a los 10 millones restantes.
 Y comenzó el segundo período: de embarazo de la guerra en las entrañas vírgenes del pueblo. El pueblo no quería luchar. Habían de cambiarlo haciendo que “quisiera la guerra”.
 (Entre ese período primero y la guerra había la “crisis mental y moral de Roosevelt”. Solo la guerra ocuparía a la gente, aunque fuese por unos años. Y venía la prosperidad. Era una repetición de la amoralidad de Wilson: engrandecerse, a costa de las angustias de una guerra).
 Fue habilísima la mentirosidad rooseveltiana: él decía que jamás entrarían en la guerra, salvo que fuesen atacados. Entre sus órdenes secretas, su inmoralidad hizo resaltar dos: 1) orden de que los submarinos yankis hundiesen barcos de guerra japoneses (se ha probado esta orden y los buques japoneses hundidos en plena paz) y 2) hacer ver que desconocían el ataque nipón a Pearl Harbour, cuando lo conocían perfectamente, poseyendo la clave japonesa.
 Esos dos hechos equívocos (y otros menores) constituyeron el segundo período: de germen de la guerra en la moral popular.
 Una vez llenado el período de gestación, el tercer período: la guerra.