Alemania 48
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Alemania 48
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“Los otros” deciden el futuro de Alemania  La SI 19/06/48 p. 1

 

“Los otros” deciden el futuro de Alemania
La SI 19/06/48 p. 1

 Se da un caso raro en el trato de Alemania por los pueblos vencedores. Un caso raro en puro estilo jurídico. No, mirando la tendencia bárbara de estos instantes.
 Recordemos, ante todo, un reciente episodio. Francia declara la guerra a Alemania (porque hay quien ignora que fue Francia la que declaró la guerra a Alemania, y no Alemania a Francia). Se inicia la trifulca. A los tantos meses de estar declarada a guerra, cuando Francia tiene tiempo de haberse preparado, la guerra se hace efectiva. Los ulanos germanos entran por el norte. Arrollan a los belgas. Arrollan, antes, a los holandeses. Arrollan a los ejércitos franceses, en una campaña espectacular, bélicamente hablando. La maniobra militar alemana en Francia merece todos los honores de lo genial. Una punta de lanza, en la región de Sedán, se introduce entre los franceses; y mientras las agencias, siempre embusteras, forjan una leyenda novelesca acerca de lo que pasa –de lo que no pasa- la punta de lanza alemana toca a la lejana playa del English Channel y encierra en un enorme bolsillo a los franceses. Heroicidades realizó el general Giraud para romper el bolso. Inútiles. Los ingleses escaparon corriendo por Dunquerque. Los belgas se rinden, y un desastre total envuelve a los franceses: a los que luchan heroicamente, y a los que ceden torpemente. Capitula París. La nación, rendida. Absolutamente.
 Ante esta situación –los generales huyendo vencidos, incluso De Gaulle- corre Hitler, vencedor, a tratar con el vencido. Los tratos son tan humanos, que todos los críticos aseguran que fue ese Tratado y el no querer abusar de Francia vencida una de las causas de la final y definitiva derrota alemana. 
 ¿Cómo han tratado ahora los vencedores a los vencidos? No solo no han sabido –no han querido- corresponder a esas finas maneras y humanitario manejo de la victoria, sino que han hecho todo lo humanamente posible para aporrear y aniquilar al vencido.
 Fue la idea matriz del Tratado Germano-Francés del tiempo de Petain, el que, en lo posible, aún estando en guerra, Francia decidiese por sí sola sus asuntos. Es la directriz de los ahora escuálidos vencedores, el que ellos sean las “ayas” que resuelvan las cosas alemanas, y tan mal como sepan organizarlas, o desorganizarlas. 
 Callemos la barbarie de Morgenthau, que merecería por lo menos 20 años de presidio. Todo trato de Alemania con los aliados vencedores no ha tenido la más mínima correspondencia con aquél Tratado, que merecería ser puesto en la historia de las guerras para ponerlo en lugar del “¡Vae Victis!” romano, o de la balanza equilibrada del rudo bárbaro que la equilibraba con el peso enorme de una arma ensangrentada.
 Desde el principio de la guerra han tenido por rol los aliados el estar en perpetua charla hablando mentiras sobre derechos y libertades. Siempre jurando que la victoria no da derechos y repitiendo de que en la base de “su” democracia están los cimientos de que “cada pueblo ha de arreglar voluntariamente sus cosas”. No han dado un solo paso los vencedores dejando que los vencidos se arreglasen. Han pasado tres años y todavía están jurando imponer sus caprichos a los germanos y a no dejarlos iniciar nada por su propia cuenta.
 Todo cuanto se decía de autonomía, de consulta popular, de respeto, de no querer herir a nadie, todo mentiras y falsedades que iniciaba Roosevelt con sus famosos Tratados Secretos y que continúan los que los han seguido. Pura palabrería, inútil y engañosa. La simulación llevada a los últimos grados, ya la barbarie extremada hasta los más lejanos trucos de lo simulado. Nunca en los días de Atila o Tamerlán, una falsía y una barbarie más refinada en los vencedores.
 Ahora, continuación del sistema, se han reunido los vencedores para disponer lo que han de ser, cómo han de ser, lo que han de efectuar, los alemanes. Y después de meses largos de simulación, y malos entendidos, decretan que los germanos han de hacer esto o aquello; han de vivir así o asá han de organizarse de tal modo como la envidia de los infinitos Morgenthau norteamericanos o franceses lo dispongan, para eliminar así la competencia y herir del interés mundial.
Es costumbre entre los novatos tiranos probar de paliar sus dictaduras con una montaña de palabras. Pero, saltando a los hechos, digamos que, así como tienen arraigado en las entrañas