Estados Unidos 48 06 07
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Un poco meditado discurso de Truman. Truman habla  La Si 19/06/48 p. 3
Bibliografía. Milhollen, Hirst y Kaplan, Milton: Presidents on Parade. Nueva York La SI 19/06/48 p. 3
El diablo predicador La SI 26/06/48 p. 2
Inundaciones salvajes La SI 26/06/48 p. 2-3
Huelgas aleccionadoras La SI 26/06/48 p. 3
Contra América. Maniobran en Asia contra América La SI 03/07/48 p. 1-2

 

Un poco meditado discurso de Truman. Truman habla
La Si 19/06/48 p. 3

 Es general la baja calidad de los discursos políticos en la historia de la elocuencia. Desde las arengas sobre La  Corona de Demóstenes, que hay que haber leído y no solo de enterarse de su crítica, hasta los de Cicerón, sobre los cuales se está ya formando una atmósfera nueva; desde los discursos de Castelar, bellas pompas de jabón, endebles y vacías, hasta las engañosas palabras de Churchill, sin punto de apoyo ni en una técnica ni en unos cimientos morales, uno se ha formado una pobre opinión, no solo de los discursantes políticos, sino también de los oyentes, conmovidos por arengas más que vacías.  
 Sin embargo hay maneras y maneras. Y aún hay clase, camarada, como decía el sargento del cuento.
 Esto es lo que piensa uno que lee el discurso último de Mr. Truman. Al tomarle el peso, uno se afirma en que todo es relativo en el mundo. Y no puede menos de afirmar que una vaciedad tal de declaraciones es difícil leerlas ni aún en la decadencia política de otras épocas.
 No es posible pasar por todos los párrafos de este discurso, en el cual hay tantos puntos que criticar como párrafos. Solo nos interesa ahora ver o bien la subversión cerebral del orador, o bien la falta de sentido común creyendo que los oyentes o lectores todos están faltos de sentido común.
 Habla él, por ejemplo, de la acción rusa. Y pide que, para demostrar su buena fe, abandone en Grecia la defensa de los comunistas, y abandone también Corea.
 En Grecia no hay tropas rusas, sino norteamericanas, y el dinero militar es norteamericano, y los Estados Mayores, que tantos crímenes avaloran allá, son norteamericanos. Hasta los países más insensibles han protestado de las matanzas antijurídicas que está realizando aquel gobierno Quisling, es decir, los norteamericanos que son base de los tribunales militares y de aquellos problemas. Y en este caso insistir en que los rusos abandonen Grecia, o un sector griego, es cosa de reírse, si no fuese de llorarse.   
 Corea. Asia a la vista. Perdida la ilusión de que América se preste a ser colonia del nuevo imperio norteamericano, China, el Japón y su intermedia Corea han pasado a ser objeto del ansia norteamericana ¿Por qué no abandonan Corea los rusos, dejándola entera en nuestras manos?¿Hay una actividad más abusiva, más dictatorial, más tiránica que la del general norteamericano en el Japón, vecino de Corea? Cuando los que han de irse son, entre otros, los norteamericanos, viene Mr. Truman y pide en serio que se vayan los rusos, dejando el campo libre al imperialismo norteamericano.
 Parece imposible que uno diga tales tonterías, y que las diga a los cuatro vientos, como si dijese algo lógico que vale la pena de ser oído. Aceptamos que el discurso no iba a decir verdades, sino a acoplar votantes. Pero en todo hay un límite, o, al menos, debe haberlo.

Bibliografía
Milhollen, Hirst y Kaplan, Milton: Presidents on Parade. Nueva York
La SI 19/06/48 p. 3

 Los autores citados anuncian una obra que, según el prospecto, será otro Santoral laico enalteciendo sin medida a los Presidentes norteamericanos.
 Ha pasado ya la hora en que cuatro crédulos de Hispano América creían en la infalibilidad de esos señores, que han resultado en la práctica politicastros como los de nuestros países. Una crítica imparcial los reduce ahora a una categoría a veces inferior a la de los nuestros. El otro día hacíamos un juicio sobre la obra de Parrington (a), que ha abierto una historia decente sobre sus políticos, y que no respeta las fábulas y los mitos de que gente fanática ha rodeado figuras como las de Washington, Lincoln, Wilson o Roosevelt.
 Aquí hemos abierto ya los ojos, y estamos ya midiendo a los Presidentes norteamericanos con el mismo rasero con que medimos a los nuestros. La adoración incondicional  y de tipo mesiánico ha acabado ya.