Inglaterra 48 07 08
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Inglaterra 48 07 08
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Attlee delira  La SI 03/07/48 p. 2
Churchill parlotea en los Comunes  La SI 03/07/48 p. 2-3
Unión triguera británico soviética. Unión triguera extrañaLa SI 17/07/48 p. 1-2
El militarismo aliado.  Smuts desvaría  La SI 21/08/48 p. 2

 

Attlee delira
La SI 03/07/48 p. 2

 Hace 20 días que están en huelga los donqueros del puerto de Londres. Los buques que llegan están paralizados, sin que se alargue una mano para descargarlos. Muchos soldados hay en los cuarteles londinenses. Pero el gobierno desconfía de ellos, no atreviéndose a sacarlos, aún habiéndolo anunciado, al ver ciertas manifestaciones muy usuales entre los soldados británicos.
 Los 55 millones de ingleses viven afuera. Nadie los ha logrado meter en el trabajo agrícola., a pesar de los grandes esfuerzos hechos por aquel gobierno. Y, al vivir de afuera, quiere decir que, al no ser descargados los buques que llegan, las carnes argentinas se pudren, los vegetales holandeses se enmustian, las leches dinamarquesas se engrían, los huevos australianos se pasan los trigos canadienses ocupan lugar vano. Quiere ello decir que el olor especial que tiene Londres –olor de cocina, olor de despensa se torna mal olor, obligando a los transeúntes a girar la cabeza tapándose las narices, e infectado medio Londres a fuerza de corrupciones y descomposiciones indeseables. 
 El gobierno laborista creía que, siendo laborista, podía reírse de los portuarios, seguro de que su programa social era conciliable y sus parrafadas comestibles. Fue grande el desengaño cuando vio que no era así, y que los reclamos de las dueñas de casa son independientes de la mala administración. Y que, si los malos jornales son siempre temibles, lo son cuando el explotador es un gobierno socialista, y se ve cierto que los males no se curan cuando suben al gobierno  los que hacen lo mismo que los gobiernos capitalistas, aunque en sus discursos hayan dicho lo contrario.
 Veinte días que la huelga está durando. Y, al igual que en Estados Unidos, cuanto más se legisla contra las huelgas, tanto abundan las huelgas más y más.
 Desde hace 20 días, nunca había hablado Attlee de comunistas relacionados con esa huelga. Se le había ocurrido hablar de jornales, de recuperación, de tratos injustos, de ideales políticos, de todo menos de iniciativas comunistas. Ahora, al ver que sus tretas politiqueras  no dan resultado reconociendo motivos verdaderos, apela al macho cabrío: al comunismo, a la influencia de Moscú, a ganas de subversión.
 Es el último “argumento”. Cuando no se puede confesar la verdadera causa, se acude a los dioses: al macho cabrío, que, en cada época, se inventa para echar sobre sus espaldas los pecados del mundo.
 El comunismo saca de muchos apuros. Como ayer servía el hitlerismo. Los males sucesos que castiguen a las naciones: un trueno que fulmine un árbol o una granizada que claree la cosecha, un divieso que malee el ojo o la sarna que sale al ganado, un grupo de tres hombres que hablen en la calle del mal tiempo o la copucha de cuatro maritornes que están pelando a la vecina: todo es “soviético”: el infierno lo envía por culpa de Moscú, y ello es el “deus ex machina” que explica todo lo inexplicable
 Es el “pretexto” del día. Lo inventó Mr. Truman, a pesar de su escasa inventiva y su corto talento. Y lo han hecho suyo el Congreso norteamericano, el Senado norteamericano, los políticos norteamericanos y los demás que, “more imperialítico”, siguen las consignas norteamericanas, por “razones” que ellos sabrán.
 Lo cual es muy desdichado. Porque los inventores de pretextos son los responsables de que no se estudien las verdaderas causas de las cosas. Y de que, cuando el “pretexto” no lo es, sino verdadera causa,  los hombres decentes no les hagan caso, y los dolores del mundo pasen a través  de falsas terapéuticas y extraviados senderos.  
 Un gobierno de nuevo cuño, un mundo nuevo, exige llamar las cosas por sus nombres y no apelar al lenguaje attleano de “maniobras comunistas”, sin precisar nada ni indicar nada. Y es un gobierno viejo, tan viejo como el prehistórico de Churchill, el que, por sobrenombre que llevó de laborista, socialista u otras denominaciones para engañar a la gente, lleva una vida como los de antaño y nada más.
 
Churchill parlotea en los Comunes
La SI 03/07/48 p. 2-3