Post Guerra 1939 48 07
Índice del Artículo
Post Guerra 1939 48 07
Página 2
Página 3
Página 4
Página 5
Página 6
Página 7
Página 8
Página 9
Página 10
Página 11
Página 12

La nueva guerra entre Rusia y Estados Unidos La SI 24/07/48 p. 1-4 (continúa)
La nueva guerra entre Rusia y Estados Unidos La SI 31/07/48 p. 1-4 (conclusión)

 

La nueva guerra entre Rusia y Estados Unidos
La SI 24/07/48 p. 1-4
(concluirá en La SI 31/07/48 p. 1-4)

 Ahí va, ante los ojos de los lectores, el trazado de los Urales (mapa), en su parte viejísima, y, ya como tal vieja, en pleno desmoronamiento.
 La cordillera de los Urales es la causa madre del miedo intenso que sienten ante el Soviet ruso, los conductores de la política del pueblo norteamericano.
 En los viejos tiempos, esta cordillera era una muralla formidable que separaba, como por una pared natural insalvable, los pueblos asiáticos de los europeos. Y aquí está la causa de que todas las invasiones históricas provenientes de la meseta asiática, no se dirigiesen por los naturales caminos que se cavan en la Siberia, y que parecían –y eran- las rutas naturales de los pueblos, al pasar de una meseta fría, estéril y nada conveniente, a las fértiles quebradas que ofrecen, en sus verdeantes valles, los grandes ríos de la Europa templada.
  Todas las grandes invasiones –y fueron muchas; más que las que la historia nos cuenta en los viejos siglos casi geológicos- torcieron su camino al topar con la mole de esta cordillera, y miraron de darle vuelta y sortearla, por el sud. Los últimos contrafuertes de esa sierra, inmensa en longitud y en anchura,  mueren en las mismas playas de los grandes lagos centrales asiáticos. Y por sus bajas estribaciones marcaron sus rutas invasoras las tribus hambreadas de las mesetas centrales, que llevando a cuestas y tras sí sus innumerables rebaños escuálidos, faltos de pastos, echaban proa en busca de suelos más fértiles y menos duros que los que formaban el Turquestán y demás tierras originarias de las primitivas razas.
 Por ahí se vieron los hititas, que torcieron agudamente  hacia el Asia Menor  y allí fijaron su época de invasiones triunfadoras. Por ahí los celtas, que embocaron el Danubio y no pararon, a través de varias generaciones, hasta la Checoslovaquia, la Francia normanda, la Irlanda trágica y la Galicia suave. Por ahí, ya antes, los llamados después vascos y bereberes, de los cuales unas ramas se fijaron en el África septentrional, mientras otras se pasaban a la Iberia como primeros habitantes. Por allí los hunos; los hombres rubios de la Horda; los caballos desbocados de Gengis Khan y Tamerlán.    
 Pero esa cordillera inmensa, que detenía con su mole en su camino a las hordas de las grandes invasiones, Haciéndoles torcer su ruta de emigrantes, era ya entonces vieja. Y al entrar en las fases autodestructoras de esa vejez, comenzó a desmoronarse en sus alturas, tal vez aguijoneado ese desmoronamiento por tempestades de viento y grandes avenidas de lluvias torrenciales. Y se pusieron al descubierto sus grandes masas metálicas, que formaban el entrecruzamiento de vetas en su seno granítico.
 Y sucedió lo que en todas las grandes cordilleras que se han hecho célebres por sus metales y sus metaloides: comenzaron a darse cuenta los pobres hombres de las cabañas en aquellas épocas, rodantes por las vertientes de esas cordilleras. Fueron dadas a conocer esas riquezas a otros curiosos viajeros primitivos de aquellas comarcas casi desconocidas. Menudearon poco a poco los buscadores de cosas útiles que les proporcionasen bienes de la tierra.  Y acabaron, ya comerciantes aislados, ya adelantados de los gobiernos buscadores de riquezas, haciendo de esas cordilleras que mostraban al desnudo sus entrañas, un  centro de riquezas que manejaban a la vez los guiadores de pueblos constituidos en Autoridad, y los que, siendo particulares, les brindaban a los guiadores de pueblos esas riquezas, fruto de su trabajo. 
 Siendo modernos la Rusia y sus pobladores, puede asegurarse que los tiempos viejos de los Urales son modernos, y que al llegar allí los hombres los hallaron ya en plena descomposición. Entonces comenzó la inmigración. Pero en los días, casi nuestros, de los zares descuidados, puede decirse que eran esos Urales región de paso y que los pasaban de largo, sin fijarse siquiera en sus riquezas, tantos los condenados a los destierros siberianos, como los que, a título de guardianes, los conducían a través de ellos.
 Fue obra de los Soviets la creación de esos Urales como zona industrial. Los Soviets necesitaron esas riquezas. Y nadie está mejor preparado para hallar riquezas que el que las necesita urgentemente. El Soviet es una fuerza enorme, de constitución casi telúrica, que, al halar esas montañas en descomposición, aquí hizo alto, ansioso de aprovechamiento.