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Los disturbios universitarios  LUX 15/08/26 p. 9-15  (continuación)

 lV Santiago Labarca y la ineficacia universitaria

           El señor Santiago Labarca contesta  al doctor Monckeberg con un notable artículo –que es el primero de una serie- en que analiza el conflicto universitario, con el intento de profundizar en él.
            Comienza rechazando la afirmación del doctor en el sentido de que la Universidad tiene limpia las manos, envolviéndola en una común censura con el liceo y la escuela primaria.
            No aceptaríamos la opinión del señor Labarca cuando dice que el defecto de la Universidad es el memorismo. No. La Universidad de Chile vegeta en algo que no es tan viejo como el memorismo, pero que es peor todavía: el intelectualismo más crudo. El memorismo indicaría incapacidad científica e incompetencia en el profesorado, y esto no podría afirmarse sin injusticia de los profesores de la Universidad.  Esta está en pleno intelectualismo, quedándose en la brillante periferia de las cosas por medio de la intelección pasiva y no conociendo, por tanto, ninguna.
            Pero, esta observación hecha, el señor Labarca está en plena razón cuando afirma la absoluta ineficacia de la Universidad en cuanto a desconocer completamente los nuevos métodos y a no realizar la misión que esperábamos de ella. Nos parece a este respecto su opinión  mucho más cerca de la verdad que la del doctor Monckeberg.

V La educación moral laica

            ¡Lástima que el señor Labarca malee su tesis con alusiones a la moral religiosa, y, sobre todo, sosteniendo opiniones tan desdichadas desde el p0unto de vista de la novedad pedagógica!  Queremos copiar sus palabras, que de otro modo parecerían absurdas a los que conocen la novísima metodología moral:
            “Ningún psicólogo, ningún pedagogo, ningún hombre de ciencia, se atrevería a firmar hoy que la base de la moral es la creencia en los dogmas de una religión, o que la enseñanza de la moral debe fundarse en la enseñanza religiosa”.
            Hubiérase el señor Labarca limitado a publicar su opinión sobre la materia, y nada hubiéramos tenido que objetar; tenemos un respeto casi supersticioso por las opiniones ajenas, aún considerándolas equivocadas. Pero aquello de “ningún psicólogo” ya no es lícito afirmarlo. En una palabra: si todos tenemos derecho a pensar como en los días casi prehistóricos de 1880, no hay nadie que tenga derecho a afirmar que los pedagogos y los psicólogos de la educación vegetan en tan rancios planes de una psicología bien muerta y enterrada.
            Nos habla Labarca, para su tesis, de Le Bon y de Max Nordau. Lo mismo sería que, para demostrar algo sobre salitre nos trajera las opiniones del Nuncio o del Arzobispo. Le Bon, uno de los más brillantes aficionados a la psicología, no tiene autoridad ninguna en pedagogía y ni aun en psicología. Nordau es un puro analfabeto en la técnica educacional. Para hablarnos de psicología pedagógica debía acudir a Montessori, Claparede, Yoteiko, Dewey, Förster, Thorndike, Manjon, Ferriere, Decroly,  y media docena más -¡y no más!- de técnicos de la educación  que llevan en estos tiempos el cetro de la escuela nueva en todo el mundo.
            Voy a traer yo aquí el testimonio de cuatro de los más eminentes, y podría aducir otros todavía.
            Brisson, el organizador capital de la moral laica en Francia, presentaba en 1912 a la Cámara, como presidente de la Comisión de Instrucción, un proyecto en cuyo preámbulo confesaba el fracaso absoluto de sus sistema después de 30 años de dirección  de las Normales. En una de estas Normales, la de Fontenay aux Roses, decía este eminente y arrepentido educador a quien esto escribe: “con la moral laica sólo hemos logrado sustituir el dogma religioso por el dogma laico de la neutralidad y la irreligión; con el agravante de que este dogma