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Una elocuente lección de cosas  LUX Nº 99  18/ 09/26

Dos escuelas de reforma ante los hechos

1 Escuela de reforma burocrática y librepensadora

            Existe en Santiago una Escuela de Reforma, que ha creado la omnisciencia inconmensurable del Estado Docente.
            El Estado tal como lo concebía la vaciedad del siglo XlX –hijo legítimo de la ligereza y vanidad del XVlll- tiene una cualidad que habrá de despertar el espíritu de estudio de los aficionados a las psicologías colectivas: se creía capaz de organizarlo todo, de saberlo todo; fracasaba ruidosamente en esa organización, sin el menor asomo de duda para nadie, y, duro de piel y romo de inteligencia, continuaba creyendo –con la fe del zapatero y el fanatismo ciego de los que alardean de nada creer- en la omnisciencia, infalibilidad y habilidad consumada de sí mismo. Se trata de una característica de las dos últimas centurias, que da una triste idea de los políticos de esos tiempos, decorativamente vacíos.
            Triste ejemplo de esa inepcia –y, tras ella, de esa vanidad semi-idiota- es en Chile el Estado en cuanto maestro, norma, ley, carril, inspirador, organizador y factotum de la enseñanza. Desde los viejos tiempos creó una libertad de enseñanza, que de tal no tiene más que el nombre. Se declaró doctor único en Pedagogía, infusa por arte de encantamiento. Organizó la enseñanza fiscal según los más arcaicos procedimientos. Se metió en la enseñanza particular, maleándola estúpidamente por medios mil, especialmente imponiéndole exámenes, y, por lo mismo, los métodos fiscales. Todo un partido y gran parte de los demás pusieron en esa tarea todo lo que sabía, y también, aunque no lo barruntasen, todo lo que ignoraban. Y así salió ello. Los resultados los estamos tocando ahora, con un pueblo desmoralizado e impotente, unos profesores incapaces de iniciativas, una escuela en fracaso completo, una Universidad en ruinas. Y cuando el más obtuso se convencería de que ello era prueba evidente de la incapacidad del estado de organizar la enseñanza, el Estado –es decir, cuatro docenas de caballeros que vegetan bajo ese nombre pomposo y vano- continúa creyendo en su omnisciencia, en su infalibilidad, en su manía de enredar al país con la letanía interminable de sus vanidades, incompetencias y corruptelas.
            Ejemplo vivo de esa mentecatez estatal es esa Escuela de Reforma, de cuyos crímenes está hablando la prensa en estos días era urgente cosa organizar, para los niños anormales de alma, una Escuela de Reforma. Existen en todo el mundo, no solo métodos especiales y eficaces, sino Instituciones dedicadas  desde largas décadas a la educación de esa niñez, delincuente o semidelincuente. Todo el mundo conoce las Escuelas de Reforma tan florecientes en Italia, a cargo de Salesianos; una institución semejante a cargo de sacerdotes alemanes, profundos conocedores de los métodos terapéuticos espirituales; la Casa de Familia, organizada por las almas abnegadas que siguen en Barcelona  la obra reformatriz del Rev. Pedregosa, a base de los más radicales métodos, basados en la educación de la libertad. El Estado chileno no sabía nada de esto, a pesar de su omnisciencia. O, tal vez, la conocía, y quiso hacer algo mejor, a pesar de su incapacidad de hecho demostrada. Y nació la Escuela de Reforma, ejemplo vivo de la incapacidad docente del Estado y de cómo la politiquería no respeta ni el sagrado derecho de la educación de los anormales para satisfacer sus ansias de acaparamiento y sus corruptelas.
            Para formarse una idea del grado a que ha llegado la inmoralidad educativa (?) del Estado docente –o, si se quiere, la supina ignorancia- nos contentaremos con alinear, en forma de batallón de honor, algunos de los hechos que se suceden en esa Escuela de Reforma:

            Existe en Santiago una Escuela de Reforma, que ha creado la omnisciencia inconmensurable del Estado Docente.

            El Estado tal como lo concebía la vaciedad del siglo XlX –hijo legítimo de la ligereza y vanidad del XVlll- tiene una cualidad que habrá de despertar el espíritu de estudio de los aficionados a las psicologías colectivas: se creía capaz de organizarlo todo, de saberlo todo; fracasaba ruidosamente en esa organización, sin el menor asomo de duda para nadie, y, duro de piel y romo de inteligencia, continuaba creyendo –con la fe del zapatero y el fanatismo ciego de los que alardean de nada creer- en la omnisciencia, infalibilidad y habilidad consumada de sí mismo. Se trata de una característica de las dos últimas centurias, que da una triste idea de los políticos de esos tiempos, decorativamente vacíos.

            Triste ejemplo de esa inepcia –y, tras ella, de esa vanidad semi-idiota- es en Chile el Estado en cuanto maestro, norma, ley, carril, inspirador, organizador y factotum de la enseñanza. Desde los viejos tiempos creó una libertad de enseñanza, que de tal no tiene más que el nombre. Se declaró doctor único en Pedagogía, infusa por arte de encantamiento. Organizó la enseñanza fiscal según los más arcaicos procedimientos. Se metió en la enseñanza particular, maleándola estúpidamente por medios mil, especialmente imponiéndole exámenes, y, por lo mismo, los métodos fiscales. Todo un partido y gran parte de los demás pusieron en esa tarea todo lo que sabía, y también, aunque no lo barruntasen, todo lo que ignoraban. Y así salió ello. Los resultados los estamos tocando ahora, con un pueblo desmoralizado e impotente, unos profesores incapaces de iniciativas, una escuela en fracaso completo, una Universidad en ruinas. Y cuando el más obtuso se convencería de que ello era prueba evidente de la incapacidad del estado de organizar la enseñanza, el Estado –es decir, cuatro docenas de caballeros que vegetan bajo ese nombre pomposo y vano- continúa creyendo en su omnisciencia, en su infalibilidad, en su manía de enredar al país con la letanía interminable de sus vanidades, incompetencias y corruptelas.

            Ejemplo vivo de esa mentecatez estatal es esa Escuela de Reforma, de cuyos crímenes está hablando la prensa en estos días era urgente cosa organizar, para los niños anormales de alma, una Escuela de Reforma. Existen en todo el mundo, no solo métodos especiales y eficaces, sino Instituciones dedicadas  desde largas décadas a la educación de esa niñez, delincuente o semidelincuente. Todo el mundo conoce las Escuelas de Reforma tan florecientes en Italia, a cargo de Salesianos; una institución semejante a cargo de sacerdotes alemanes, profundos conocedores de los métodos terapéuticos espirituales; la Casa de Familia, organizada por las almas abnegadas que siguen en Barcelona  la obra reformatriz del Rev. Pedregosa, a base de los más radicales métodos, basados en la educación de la libertad. El Estado chileno no sabía nada de esto, a pesar de su omnisciencia. O, tal vez, la conocía, y quiso hacer algo mejor, a pesar de su incapacidad de hecho demostrada. Y nació la Escuela de Reforma, ejemplo vivo de la incapacidad docente del Estado y de cómo la politiquería no respeta ni el sagrado derecho de la educación de los anormales para satisfacer sus ansias de acaparamiento y sus corruptelas.

            Para formarse una idea del grado a que ha llegado la inmoralidad educativa (?) del Estado docente –o, si se quiere, la supina ignorancia- nos contentaremos con alinear, en forma de batallón de honor, algunos de los hechos que se suceden en esa Escuela de Reforma:

            Es común entre los reclusos actos de robos, vicios vergonzosos y riñas;
            no existe en parte del personal la más pequeña vigilancia sobre los niños;
            todos los jefes, con excepción de uno, llegan tarde a sus funciones;