Nº 8 Bardina y la Memoria chilena
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Nota actual Nº 8 Bardina y la Memoria chilena

 

Nota actual Nº 8
Bardina y la Memoria chilena

 En las precedentes Notas actuales destaca un tema reiterado en casi todas ellas: el silencio y olvido de quien fue casi tres décadas en Chile una personalidad sobresaliente. ¿Perdió vigencia y actualidad? ¿Puede tenerla aún? Que la haya perdido tiene por causa motivos alentados ¿por otros? ¿o por él mismo?

 A Bardina lo conocí primero a través de conversaciones ocasionales sostenidas con Guillermo Garnham López, tío materno mío que lo conoció al venirse desde Santiago a Valparaíso (1921). Tenía treinta años de diferencia con él, trabajando en La Semana Internacional Segunda Época (1933-1948) todo este lapso. En algunos de nuestros encuentros -si se presentaba la oportunidad- hacía referencia a Bardina con una repetida aseveración: que había tenido la fortuna de encontrar y conocer  en el camino de su vida a un hombre extraordinario. La segunda vez que me topé con Bardina fue ocasionada por el libro que publicaron en homenaje suyo cuatro académicos hispanos de la Universidad de Barcelona en 1980, puesto a mi alcance en 1990, suscitando esta investigación.       

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 El mencionado volumen –“Joan Bardina, un revolucionario de la pedagogía catalana”- porta dos interesantes juicios que -sobre la base de que su postergación e inadvertencia tras su fallecimiento provenga de él mismo- emitieron dos investigadores que contribuyeron a su  elaboración.
 Buenaventura Delgado finaliza su primer texto –aportó cuatro- así: “En noviembre de 1948 sufrió un ataque de apoplejía y el 10 de julio murió cristianamente en Valparaíso a los 73 años” (p. 23)
 Claudio Lozano, en su texto, a propósito según él del carlismo nostálgico de Bardina, configura a este así: “En 1900 Bardina era un publicista reconocido del carlismo: folletos como Catalunya Autónoma, Orígenes históricos del carlismo, Programa carlista comparat, Aparisi y Guijarro, etc…, eran muy conocidos y habían aparecido varias ediciones. El carlismo de Bardina, que pretendía entroncar con el reaccionarismo de Inguanzo y el Filósofo Rancio, podía condensarse en: independencia de Catalunya, dentro de la unidad federal ibérica; Cortes catalanas; Tribunal supremo para Catalunya; Ministerios catalanes; Lengua propia, con reconocimiento político; concierto económico con el Estado Central. Todo ello, basado en el programa de Carlos Vll, yendo mucho más allá, según Bardina, que las Bases de Manresa, promulgadas 22 años después que el programa de aquél. El pensamiento de Bardina era entonces una curiosa mezcla de heterogéneos elementos, progresistas y tradicionales políticamente, oscilando entre el radicalismo político y el cavernicolismo religioso. Un buen ejemplo de ello lo constituye su esbozo de biografía de don Antonio Aparisi y Guijarro, del que ya en 1873 había publicado D. León Galindo una expresiva miscelánea” (p.29).
 Esto es, habla uno de que “murió cristianamente”; el otro, de “cavernicolismo religioso”. ¡Qué contraste! ¿Puede sorprendernos entonces su desaparición de la memoria colectiva chilena si no es fácil distinguirlo, caracterizarlo y cotejarlo? ¿Puede extrañarnos que los cofrades de cualquiera ideología lleguen a sentirse más seguros atribuyendo su pensamiento a alguna de las desafortunadas escuelas habida en el mundo intelectual del XX, a fin de restarle toda posibilidad de influjo y compañía con quienes solventemente aspiraron a ejercer liderazgo en el ámbito de la cultura de su tiempo?

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 Contra lo que ha ocurrido –el olvido indeliberado, o deliberado, de Bardina- me he  propuesto con este estudio acerca de su persona y su obra (la educacional y la extra-educacional) rescatar su memoria, enhebrándola a la historia y memoria de Chile.
 Resulta sencillo advertir que no se trata de un afán aislado, de algo accidental. Guarda relación con un empeño de siempre, de raigambre antropológica. El hombre es un ser histórico