Guerra 1939 41 03 01
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Guerra 1939 41 03 01
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Vigilia de armas en los estrechos La SI 01/03/41 p. 1-5
Grave situación en Canadá La SI 01/03/41 p. 5-6
Las fluctuaciones norteamericanas La SI 01/03/41 p. 7
Documentación.  Tres documentos sobre el origen de la guerra  La SI 01/03/41 p. 11

Vigilia de armas en los estrechos
La SI 01/03/41 p. 1-5

Sobre la belleza policroma del cielo helénico se están proyectando sombras de armas. Siguiendo la ruta de los deshielos, tanques van y tanques vienen sobre las aguas espumosas del Danubio, rechinando de ansias sus dientes de acero.  Al llegar a Gigén, son puestos a tierra los carros de fierro. Y los muchachos, amplia la espalda y al aire las bayonetas y los ideales, esperan bajar en Samovit. Y ambos –carros y mozos- unos a un lado y otros a otro lado del río Isker, atraviesan de norte a sur esa ansiosa Bulgaria, próxima a grandes horas. Mientras Marte por esos andurriales pastoriles se dispone al asalto, en Londres y en Angora tienen lugar escenas muy distintas. 

a) En la capital británica habla cada día un ministro. No me gusta nada que esa recia Albión, que carecía de elocuencia y abominaba a los oradores, esté ahora tan locuaz. Cuando así actúan las gentes dinámicas, es que sienten un mal en sus entrañas. Un día, Mr. Churchill que anda caído de hombros y el gran puro plutocrático apagado, se acuerda de su estirpe y alza el cráneo enérgicamente. Y dice así, aunque parezca mentira que pueda decirlo: “Inglaterra se basta ella sola completamente para cuanto material bélico necesita”. E inmediatamente da órdenes estrictas a los diplomáticos destacados en Estados Unidos para que expliquen que, sin la producción norteamericana, Gran Bretaña está absolutamente perdida.
Más, tras Churchill que canta como gallo airoso, vienen sus ministros. Y, aunque en cada una resoplan siquiera chispitas del antiguo orgullo, ello queda aplastado por las continuas consideraciones pesimistas llamando a este pueblo trágico a hacer un esfuerzo único. Discursos sin energías internas, flores lúgubres bordadas sobre viejos y agujereados tapices victorianos. Quieren hablar recio; pero entre sus frases gimen el dolor y la amenaza, sombra de sombra de los días idos, cuando, lejos de la Maginot y de cuatro millones de bayonetas de Francia, se proyectaban en Londres grandes cosas para apoderarse sin competencia de los mercados germánicos.
Estas columnas no han sido jamás acogedoras de tantas feas cosas como se dicen ahora de ese pobre John Bull acorralado en su isla. Contrariamente, hemos buscado constantemente como poder presentar las cosas británicas lo mejor posible, ajenos a toda fobia y menos contra ese pueblo recio  víctima de una minoría ansiosa de negocios.  Invitados muchas veces a hacer la lista de las dificultades inglesas, y aún a estampar cosas más o menos probables, pero no probadas, siempre hemos cerrado estas columnas a tales insinuaciones. Porque, si para todos los pueblos hay que rendir tributo al derecho, ello debe acentuarse cuando la situación de un país es mala.
Más, en estos instantes sería desconectar el raciocinio que queremos hacer  a propósito de los Balcanes el no presentar un breve cuadro que nos pinte la realidad de la situación británica. Nos son queridos los hechos como lo mejor que puede integrar una crítica, y en este instante estamos en la necesidad de recordar algunos, punto de partida para interesantes corolarios  
 Gran Bretaña –los políticos que se han elegido a sí mismos como conductores de Gran Bretaña- hizo mal, en un principio, con admitir en su Estado Mayor a los generales Revolución, Invierno y Hambre. Esa triple ilusión no se la habría hecho jamás, en estas circunstancias, un estadista. No podía haber Revolución en un país oprimido por el extranjero y cuyo gobernante realiza maravillas para liberarlo. No podía afectar el invierno en un país preparado para esos azares desde años atrás. Y el hambre …¿pero no han viajado esos localistas políticos ingleses por los pueblos vecinos de Alemania y por esas inmensas tierras rusas, ahora por vez primera organizadas para una intensiva producción?
 ¿Cómo no veían que esa arma mellada del bloqueo había de ser inmensamente beneficiosa para Alemania, partiendo nada menos que de ahí, y fácilmente, la obra de la Autarquía Europea, que había de ser, a la larga, la muerte de la dominación británica en el Viejo Mundo? Bloqueo del cual habían de surgir (y no lograron preverlo los economistas británicos que se llaman a sí mismo grandes) primero, durante la guerra, la Suficiencia Económica, y