Guerra 1939 41 06 07
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Creta conquistada en 12 días. Dodecamerón cretense La SI 07/06/41 p. 1-6
Dicen otros: La SI 07/06/41 p. 10

 

Creta conquistada en 12 días. Dodecamerón cretense
La SI 07/06/41 p. 1-6

 a) En doce días. Ni más ni menos. ¿Quién hubiera creído que pudiese llegarse a más eficacia –que, por otro lado, pudiese llegarse a menos- tratándose de la conquista de una isla y de la extensión de Creta, cuyo eje longitudinal alcanza los 260 kilómetros?
 El valor estratégico de Creta está a la vista. En un número anterior lo poníamos de relieve. Resumamos diciendo que se trata de la maúlla aisladora del mar Egeo, convertido, con la posesión de Creta, en mar interior y seguro; del jalón intermedio entre Sicilia y Suez, que hacía posible normalmente volar para vencer esos más de 2.000 kilómetros; de una base naval del enemigo, no solo segura, sino intermedia, y precisamente en un mar hostil; de un trampolín para soltar a Sollum y Egipto oriental en menos de una hora; de la abreviación en una cuarta parte del camino a Alejandría y al canal de Suez; de la seguridad de rutas vitales, y, por encima de todo, de no perder un jirón más de la leyenda según la cual, si el suelo firme pertenecía a Alemania, el mar al menos pertenecía a Gran Bretaña
 Se ha dicho que, desde el comienzo mismo de las hostilidades italianas contra Grecia, Gran Bretaña tenía el pie en Creta. Es esta una equivocación perfecta. Gran Bretaña ponía el pie en Creta plenamente en el mismo día –de ello hará pronto dos años- en que la guerra explotaba entre Alemania y los países aliados. Más todavía: desde antes, al menos desde fines del 1938, podemos afirmar que Gran Bretaña estaba fortificando Creta –eso sí, con dinero griego- como ha estado fortificando, en Turquía, la bahía de Smirna. Y ¿de qué ha servido esa fortificación, que en el soplo de doce días se derrumba como castillo de naipes?
 Hemos notado más de una vez un hecho –que algunos llaman providencial porque se presenta siempre en los grandes momentos de cambios históricos- que llama la atención del que medita sobre los acontecimientos actuales: que los aliados (su cabeza visible, Mr. Churchill) no solo no saben entender las características del momento nuevo, sino que tienen la seguridad absoluta  de que sus añejas teorías, ya enterradas, constituyen lo más perfecto, o lo más eficaz, y, aún, quien sabe si lo más moderno. Hay cerebros que padecen de una especia de defecto visual que hace que juren  y perjuren como cosa mejor la que a la vista está del hombre  de buen sentido que es lo peor.
 Se comprende, dada la escasa capacidad visual y previsora de los gobernantes británicos, que no hayan sabido, en el decurso de más de dos años, fortificar convenientemente. Más, habría sido de hombre prudente que, en la convicción de que esa isla no estaba bien preparada para la defensa, no se echase el gallo sobre ella y no se la mostrase al mundo como algo intangible.  Cualquier gobernante mediocre habría sabido entrar por el procedimiento del “callar y proceder”. Mr. Churchill no entendió. Y conocidas son sus palabras sobre Creta en el discurso, famoso por su floja factura, pronunciado por él a la mañana siguiente de la debacle en Grecia: “Estamos dispuestos, pese a la pérdida de Grecia, a conservar hasta la muerte Creta, Tobruk, Alejandría, Chipre y Suez”. Inmediatamente saltan los alemanes y quiebran gallardamente uno de los ángulos del pentágono “de la muerte”, con las sencilla y habitual diferencia de que el “hasta la muerte” se ha convertido en fuga-relámpago.
 Bien mirado, esto obedece a un sistema. Entre los que pierden hay dos clases de personas: los que saben perder y aquellos para los cuales se ha escrito que “quien no se consuela es porque no quiere”. Después de Polonia se consolaban con la ilusión “de aquí no salen”. Iniciado lo de Noruega (“ha hecho Hitler un mal negocio permitiéndonos entrar en Noruega y pegarle desde ahí”), surge la consolación: el frente occidental es una barrera insuperable. Adviene la tragedia de Dunkerque, y, no solo quedan satisfechos con este “milagro”, sino que se sabe perfectamente que, “cuando menos los Balcanes son intangibles”.  Caen en tres semanas los Balcanes y surge inmediatamente el consuelo: “no nos van a echar de Creta”. En emnos de 300 horas son echados de la isla, y “les hemos hecho perder doce días en el ataque a Gran Bretaña” y “ahora sí que Chipre será invulnerable”. Hay gentes que se consuelan tan al momento de todas las derrotas, que uno adivina un medio de que el mundo viva feliz y consolado: que unos (os descontentadizos) siempre triunfen, mientras que pierdan siempre  los que se consuelan de las mayores tragedias. He ahí una panacea que yo brindaría a los que están desvelándose sinceramente por la felicidad de los hombres sin distinción de razas y sistemas.