Estados Unidos 41 05 a 10
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Estados Unidos 41 05 a 10
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Mr. Roosevelt habla nuevamente  La SI  31/05/41 p. 6-7
El por qué del cierre de consulados en Estados Unidos. EE. UU. toma medidas contra Alemania La SI 21/06/41 p. 5-7
EE. UU. sienta un precedente en Islandia La SI 12/07/41 p. 6-8
Bibliografía Oficial: En Guardia. Washington La SI 23/08/41 p. 14
Bibliografía Santayana, Jorge. El último puritano. Nueva York La SI 06/09/41 p. 14
Documentación MCXXXVl El Decálogo del movimiento belicista norteamericano La SI 11/10/41 p. 15

Mr. Roosevelt habla nuevamente
La SI  31/05/41 p. 6-7
(antes ver La SI 10/05/41 p. 8) (ver en Guerra 1939-1945)

 a) Un profundo filósofo de la gobernación –si no nos equivocamos, Saavedra Fajardo- ha dicho que todo lo que debe decir a sus pueblos, verdaderamente útil, un gobernante que sea capaz, cabe en un papelito de fumar. Si esto es así, Mr. Roosevelt y los que lo rodean están en el polo opuesto de los verdaderos gobernantes.
 La garrulería es característica de gente desviada que ha perdido la brújula. Porque la ha perdido, no sabe cómo actuar por manera decidida. Y busca, a través del discurseo, maneras de convencerse a sí mismo de cual es el camino que debe seguir.
 Los gobernantes están en el deber de estructurar planes para solucionar problemas. Un poder Ejecutivo que no es tal, aunque así lo halla apellidado la superficialidad portentosa de Montesquieu y los ligerísimos cerebros que han sido sus discípulos. El deber capital del Ejecutivo es “buscar soluciones”, armar planes tendientes al hallazgo de soluciones a las infinitas ecuaciones nacionales que cada día se presentan, cuyas incógnitas deben despejarse a base de cálculos especialmente de buen sentido. Ahora bien: ¿quién no sabe que, a la manera de las estructuraciones químicas, las estructuraciones gubernativas no pueden realizarse más que en el silencio y la quietud?
 La diarreica abundancia, desatinada y torrentosa, de palabrería que fluye constantemente de Casa Blanca y sus alrededores, es señal perfecta de la Duda, que es la línea constante –la línea inconstante- en que se está debatiendo el Gobierno norteamericano. En la primera Presidencia de Roosevelt, durante la cual realizaba la enorme y en substancia bien orientada obra del New Deal, el Presidente hablaba raras veces. Cuando hablaba, había que anunciar algo decidido. Y sus brazos –el general Jonson al frente- cuidaban de una ejecución rápida y perfecta. Fue cuando el Nuevo Plan, a pesar de su bondad, se vio que no era capaz de eliminar a 11 millones de desocupados que todavía había, cuando la acción comenzaba a amenguar, y paralelamente, pero en sentido contrario, la garrulería iba tomando cuerpo. 
 El nuevo discurso de Roosevelt, al cual los diarios dedican tantas páginas vacías, estimulados por la presión washingtoniana, no dice absolutamente nada que no dijesen los discursos anteriores; nada que, no solo se haya dicho por él mismo, sino que no se está realizando (aunque entre un mar de dubitaciones) por el Presidente mismo. Si a esta vaciedad se añade, el que este discurso iba precedido por media docena de otros, siempre repetidores de lo mismo, se tendrá el cuadro nuevo representado por esa nueva oleada oratoria del Gobierno norteamericano: cero. Ese estado de emergencia que proclama ahora lo está realizando ya desde hace más de un año.
 
 b) Hemos dicho: dudas, dubitaciones. Es ésta (aparte esa fastidiosa charlatanería repetidora de lo mismo, y, por lo mismo, inútil en el plano de los hombres activos) la característica del discurso: el Miedo. Miedo doble: al enemigo y a los ciudadanos del propio país.
 Al enemigo. Los que rodean a Mr. Roosevelt no son tan ingenuos que no sepan que su ejército es una suma yuxtapuesta de hombres sin nervio militar; que su marina no se ha enfrentado una sola vez en la vida ante una marina equivalente. Un gran norteamericano, Edison, decía que, sumadas todas las Universidades del país, que pasan de 150, no resultaban más que varias docenas de Liceos aparentes. Y, si bien la afirmación del gran inventor, sufre excepciones, podríamos decir lo mismo de tantas cosas norteamericanas. ¿Ha habido algo más endeble en el mundo que la portentosa economía norteamericana en 1929, cuando se creía la primera del mundo y caía en abismos que una Comisión de hombres mediocres habría sabido salvar?
 Mr. Roosevelt y su Gobierno están nadando en ese mar de la duda representado por la “necesidad de esta guerra para dar trabajo a millonadas de desocupados y ver si, por añadidura, se enseñorean de Sudamérica” y el “¿nos derrumbaremos si por la necesidad anterior, nos vemos obligados a entrar en una verdadera guerra?”. En esa confluencia de dos tesis está haciendo mil equilibrios Mr. Roosevelt.