Guerra 1939 41 07 19
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Traspasada la Línea Stalin. La Línea Stalin quebrada. La SI 19/07/41 p. 1-5

 

Traspasada la Línea Stalin. La Línea Stalin quebrada.
La SI 19/07/41 p. 1-5

a) Para entender que “el silencio tiene alma”, como decía un poeta, hay que acudir a la soledad mística de un claustro. Pero, cuando se desea una gigantesca representación  de esa alma de los silencios, hay que recorrer a paso lento la ocre meseta castellana o la interminable llanura de la Rusia europea. Esa terrosa y pelada Castilla del don Quijote es pueblo misterioso, incomprensible para los que no hayan peregrinado sol a sol, polvo a polvo y viento a viento por la Mancha tétrica, madre del héroe cervantesco, del huesoso Zurbarán el escurialense y de los porqueros enjutos que devienen repentinamente conquistadores. Es un silencio totalitario, integral, que penetra en los resquicios más íntimos del hombre, rodeando el alma como de una sutil estepa perfecta. Ella explica las cualidades de las gentes castellanas, unas óptimas, otras pésimas, entre las cuales sobresalen  el escaso espíritu de comparación  y aquella reacción violenta sobre el medio que ha lanzado al pueblo más solitario de la tierra a los grandes descubrimientos,   a las hazañas más extremadas y a una paternidad energética sobre veinte pueblos soberanos.
Rusia es otro ejemplo de esa alma del silencio  y de sus consecuencias en la historia del oriente europeo. Y un ejemplo cien veces más extenso que el de Castilla. Toda ella es estepa, llanura, horizonte sin límite, silencio. Cuando se da con una cordillera, puede afirmarse que Rusia no está ya aquí, sino otros pueblos: los georgianos, los caucásicos, los turquestanes. 
 La estepa rusa no es lo que las geografías nos muestran al hablarnos del concepto estepario. Nada de nativa esterilidad. Nada de natural ausencia de vida. Es suelo fecundo en posibilidad, rico en potencia, apto para los cultivos más variados. Poblado de grandes aguas por todos lados, prontas a convertir esos suelos raros y pelados en florestas  e interminables despensas para medio mundo. Solo que esas aguas gigantescas, que serpentean cual culebras fantásticas sobre esos suelos áridos (Don, Ural, Volga, Dnieper, Duina, etc.)  no han hallado la mano fecunda  de hondos gobernantes que empapasen de agua esas enormidades, la estepa deviniendo jardín feraz.
 De ahí el silencio. Un silencio que se extiende hasta confines sin confín, pesando burdamente sobre el ambiente. No hay vida. No hay movimiento. No hay cantos a cuyo compás las norias den vueltas y den vueltas, también, las cosechas ubérrimas y los lares felices.
 Los telegramas nos hablan en estos días de Smolenska, y de Mohilew, entrelazando estos nombres con los de los grandes ríos, con esas “regiones  húmedas” de que nos ha hablado en estos días un Comunicado alemán. Mas ¡hay! que ciudades y ríos viven de espaldas, yacentes en un mismo lecho, pero el frío en medio, tocados de infecundidad. Ese Mohilew, que en estos instantes están tomando los tanques alemanes, es un ejemplo de lo que es ese silencio estepario que podría ser canto al trabajo y canal de progreso. Si se mira al norte desde la ciudad, se ve nacer un gran río, el Duina, que lleva sus aguas estériles al Báltico por las afueras de Riga. Si miráis a oriente veis iniciarse el río número uno de esa Europa trasegada, el Volga. Nada de remeros y cantores cosacos. Eso es para cuando el Volga entra en tierras de las razas hermanas del sur. Aquí el  gran río es Silencio y Pasividad. Si miráis al sur, ahí afloran las aguas madres del Dnieper, corriente gigante,  que ha de entrar en la Ucrania, para que se oigan en sus riberas ruidos de trabajo y melodías de hogares dinámicos. Meseta, esta de Smolenska y Mohilew, baja, apta, preparada para la maternidad, más, desde largos siglos, estéril y muerta.
 De ahí la calidad rara de ese silencio estepario, que ha moldeado a las gentes que pueblan muy ralamente esas enormes extensiones. Los grandes novelistas rusos han sabido han sabido retratar ese silencio, esas almas solitarias, esos dramas callados del que siente que podría ser rico y vegeta en la miseria. Pero los novelistas no han dado toda la importancia que tiene, en el moldeamiento de una raza, a ese silencio estepario, que cual crisol gigantesco perfila las líneas matrices de ese pueblo: pasivo, dado al azar, dispuesto resignadamente a todo, como si él dependiera de la tierra y de la estepa, y no la tierra de él y de sus reacciones. No estaríamos –en manera alguna- por la tesis de Edmond Demolins según el cual “les routes font le type sociale”. Pero es innegable que aquí, en esas estepas rusas, encontraría e gran escritor francés un ejemplo que abonaría su tesis demasiado materialista.