Guerra 1939 41 08 02
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Guerra 1939 41 08 02
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El Japón está ahí. Japón ¡presente! La SI 02/08/41 p. 1-6 
Batalla del Estrecho de Sicilia La SI 02/08/41 p. 6-7
La guerra de los bolsillos. La batalla de los bolsillos La SI 02/08/41 p. 7-9

 

El Japón está ahí. Japón ¡presente!
La SI 02/08/41 p. 1-6
 

 a) El Imperio del Sol Naciente ha alzado el telón. Y el mundo está alineándose para presenciar el drama de ese Lejano Oriente, siempre –puesto que de guerra se trata- con el ánimo suspenso  por el miedo de nuevas catástrofes, pero ahora, además, con la humana curiosidad elevada a una alta potencia, tratándose de ese pueblo amarillo que ha mostrado al mundo, más de una vez, cómo son sus puños y sus dientes.
 Los que conocen cómo enfocamos estas pequeñas críticas –con ánimo netamente científico; con aquel deleitamiento con que un alma sabe ver  en todos los grandes acontecimientos un camino para ascender- comprenderán con qué interior gozo debemos acomodarnos todos para el espectacular acontecimiento.
 Japón es uno de los nombres sobre los cuales pueden forjarse  más interrogantes. Desde que, todavía no hace un siglo –y mucho falta para ello- ese pueblo daba el salto más formidable que se haya visto en raza alguna en cuanto a saber apropiarse todo lo que la que llamamos moderna civilización brinda al hombre, pasando más velozmente que el relámpago del aletargamiento oriental a la vanguardia de los pueblos modernos, no hay espíritu inquieto que no pueda hilar respecto a esos pequeños nipones tosa suerte de hipótesis.
 No estarían fuera de lo que la historia moderna  nos ha mostrado si esas hipótesis hilasen su trama por las zonas de las grandes gestas y de las victorias más resonantes. Todavía están en la historia de muchos los triunfos decididos de un puñado de japoneses contra el mammut ruso, en los días prostituidos del Zar; cómo, luego, vencía a la China años atrás, consecuencia lejana de ello, luego, la independencia de la raza manchú, formando un Estado actualmente de más de 30 millones de habitantes, vibrando en su territorio, mayor dos veces que la Gran Bretaña,  toda suerte de iniciativas materiales; cómo saltaba sobre la China lenta de Chiang kai Shek, arrebatándole en los cuatro últimos años, casi toda la parte fértil de un inmenso suelo, y dentro de él a más de ciento cincuenta millones de habitantes; cómo, solo meses atrás, alzaba el pendón rooseveltiano de la Doctrina de Monroe sobre el Asia e imponía a dos países –Indochina y Siam- su autoridad, afortunadamente con los justos dictados de la conveniencia.
 Los que han viajado recientemente por el Japón acaban por advertir el carácter decidido  de una raza, que, establecida sobre suelo árido y escaso, ha sabido aprovecharlo dinámicamente y sacar de cada momento lo mejor que podía extraerse de él. Todos nos hablan de los progresos materiales y culturales de esa raza. Pero sobre todo frapa decidida de vivir, abatiendo cualesquiera obstáculos que otros países –con un imperialismo inaguantable, porque les sobra todo- pongan en su camino para hacer hambrear a ese pueblo resuelto y ponerlo de rodillas a los pies de los que se figuraban para acaparar la tierra. 
 El Japón es conocido por múltiples cosas notables en numerosas zonas de la vida pero, por encima de todo, es conocido por la causa primera de esos innumerables triunfos: una voluntad ante la cual no conoce el desaliento ni el miedo, abarcando con amplio gesto el sacrificio como vida usual para llegar a la meta deseada.
 De ahí un sin fin de interrogantes acerca de los actuales estadistas japoneses, de sus planes, de los medios materiales con que cuentan, de las agallas necesarias para enfrentarse con los dos pueblos más voluminosos y ávidos de la tierra, en  tren de atar a toda la humanidad al carro imperial de los hombres, ciertamente no los mejores, que hablan  -bien que mal- la noble lengua de Milton, el del “Paradise Lost” y de Shakespearse, el de las tragedias que giran alrededor de problemas insolubles.
 Instantes verdaderamente históricos. Y es verdaderamente penoso ver cómo tantos torpes no aciertan a comprenderlos, empeñados en que ahora nos encontramos –cómo en tantos momentos ridículos de años pasados- ante acontecimientos minúsculos de campanario, en que continúan actuando, a guisa de grandes alcaldes de aldea y caprichosos monterillas, políticos ambiciosos que aspiran a embuchárselo todo.
 Llevemos atrás el pensamiento. Situémonos dos atrás, a mitades del 39. ¿Se fijaron muchos en lo que quería decir que un pueblo de menos de entonces 70 millones de alemanes, se plantase firme y diese la cara a setecientos millones de ingleses  y sus acólitos nacidos para ser