Guerra 1939 41 09 20
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Guerra 1939 41 09 20
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La guerra y el invierno La SI 20/09/41 p. 1-3
Los alemanes inician una nueva embestida La SI 20/09/41 p. 17-19
Rhiza Khan abdica La SI 20/09/41 p.19

La guerra y el invierno
La SI 20/09/41 p. 1-3

 Está en Europa por caer el invierno. Y –se sabe, aunque no se acierta a ver por qué- que, a medida que los años pasan, veranos e inviernos son más dilatados y extremados, como si fuesen tragándose por partes a las dos graciosas estaciones intermedias. ¿No hay quien dice que marchamos a marchas forzadas hacia las dos estaciones únicas, los hechos en lucha con los teoremas referentes a la inclinación de los rayos solares?
 Si así fuera, el mundo, bruto que es, se tornaría más delicado todavía. Porque hay quien sabe qué ligazón entre la Primavera y la ingenuidad y el Otoño y el romanticismo. Parece que –Primavera- cuando el día comienza a alargarse y revientan los botones y el amor hace dulces cosquillas, los hombres sean menos locos de atar en cuanto a sinrazones y crueldades, como si el renacer pusiese en los corazones un poco de la dulce emoción del momento. Y algo raro sucede también cuando –Otoño- la noche comienza a tender apresurada su velo negro, las estrellas asoman más temprano, las aves vianderas se van y las hojas comienzan melancólicamente a caer.
 En Europa el invierno se avanza desde hace años, y esta ya en plena intensidad a fines de Octubre en todo el centro y el sur de Rusia.  Hacia el norte, nieva ya en estos instantes, los vientos polares comienzan a soplar y las aguas de los grandes ríos que dan al Ártico comienzan a formar las primeras agujitas de sus hielos, que tienden sobre aquellas aguas una densa capa de espesa agua sólida durante largos meses.
 Los telegramas que nos llegan de la zona  de los grandes lagos rusos, y de los alrededores de Leningrado nos hablan ya de inundaciones, nevazones y vendavales. Cuánto esto pueda influir en los soldados, y en general en las operaciones, no hay que recalcarlo.  
 Especialmente para los británicos, que están muy lejos de aquel activismo que por cuestión de raza se les supone, el Invierno es algo especialmente ansiado. Acostumbrados a no pelear personalmente por la causa propia y a delegar los honores del combate y de la valentía en los soldados de otras razas, han zurcido un montón de ilusiones confiando, más que en sus generales Wavell, Wilson y Compañía, en el general Oro, el general Tiempo, el general Falta de petróleo, el general Sin caucho, y toda una pléyade de generales numerosos, que, afortunadamente, no cobran sueldo. Más que en las propias cualidades, han cometido los británicos el error de confiar en que se produzcan vacíos en las filas enemigas. Lo cual está fuera de toda buena estrategia. Hay que contar siempre, aún excediéndose, con que el enemigo es inteligente y bravo. Y, encima de esta base, hacer  todo para superarlo. 
 Otra vez ya confiaban los ingleses en el general Invierno. Este les burló. Pero los británicos son tozudos y difícilmente dan su brazo a torcer. Ya casi habían despedido para siempre a ese general Invierno, cuando su victoria diplomática sobre Rusia les hizo retornar a creer en la buena suerte de ese general. ¿No derrotó el general Invierno, al Gran Capitán del siglo pasado, comenzando a declinar en las murallas de ese mismo Moscú, pero nevado, la estrella napoleónica?
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 Muchos son los que no se fijan en una gran semejanza, por cierto lado cuando menos, entre la actual situación y la de 130 años atrás.  Muchos dicen: “en estas nieves moscovitas se deshacían los ejércitos franceses”. Y lo principal  no es…(4 líneas ilegibles).
 No se trata de que Napoleón invadiese Rusia y de que allí sus soldados sintiesen el primer rencor por la derrota más absurda, sino que era Gran Bretaña la que había lanzado contra los campos de nieve interminable a su enemigo francés para ver si lograba, por fin, aniquilarlo. Aquella guerra napoleónica tiene un sentido que todavía no se ha puesto de relieve suficientemente. Parece ser cosa de toda Europa alzada contra el Imperio napoleónico. Y era en realidad una guerra del imperio napoleónico contra la potencia británica, que todos los hombres previsores ya anticipaban que comenzaba a ser acaparadora y funesta.
 Por casualidad ha caído en mis manos un pequeño libro, escrito nada menos que en 1822, por un alto oficial francés y traducido al castellano por un alto jefe español. Tiene 120 años y su texto, aparte un lenguaje grueso contra la nación británica y sus ansias imperialistas, parece escrito exactamente para estas horas de 1941. Todo el mundo se fija, a propósito de las