Guerra 1939 41 10 25
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Batalla de Moscú. La guerra en su punto álgido La SI 25/10/41 p. 1-6

 

Batalla de Moscú. La guerra en su punto álgido
La SI 25/10/41 p. 1-6

 a) Batalla de gigantes, que empezaba tres semanas atrás y es posible, aunque no probable, que dure otras tantas. Batalla cuya gravedad queda mostrada por la huida del Gobierno ruso de Moscú, seguido del Cuerpo Diplomático, para no parar hasta una gran aldea del Volga, lejana 900 kilómetros, y la destitución práctica del Mariscal Timoschenko, a pesar de ser la primera cabeza militar de la Unión Soviética.
 Samara –si queréis Kuivisheu- es una ciudad rural, situada a unos 200 kilómetros al sur de Kazán, de apenas 170.000 habitantes. Es de modesta situación, sin casas suficientes para albergar tanta gente como representa la burocracia socialista de todos los ministerios rusos, y menos para dar alguna comodidad a las comodonas representaciones diplomáticas. Habrán de organizar oficinas a la intemperie invernal y habrá n de improvisar cuarteles de madera para alojar a Sus Excelencias los Embajadores, Ministros y lo que tras ellos sigue, especialmente en estos tiempos en que la Embajada británica en Moscú representaba más allá de 500 empleados  con sus mujeres y familia muchos de ellos.
 Samara ya no es ciudad rusa, propiamente dicha, sino casi tártara. Es decir, que estamos ya en Asia, aunque no oficialmente. Esto tiene un significado especial Telegramas que nos llegan de Moscú explican que las reservas que está recibiendo el ejército ruso diezmado por los alemanes en las reci8entes batallas, están formadas por siberianos de todos los pelajes y fisonomía: mongoles de las fronteras chinas, tártaros de las estepas turkestánicas, altos y colorados hijos del Ural casi desconocido, feroces guerreros del los Altai, cuyas posibilidades se cifran, al decir del Ministro ruso de Comunicaciones, en ser “fuertes cazadores de osos, corredores de zorros y luchadores con animales salvajes”. Términos usualmente recios, que se prestan a las fantasías y  a las filigranas retóricas, como aquellas descripciones bíblicas de los pueblos primitivos, pero que muy poco han de servir para la estrategia y la victoria, en esa lucha que debe estarse  ya desarrollando entre el tanque y la estrategia por un lado, y por otro el hombre de las cavernas siberianas, cazador de soso blancos y otros bichos.
 Ciudad agrícola, cabeza de una región totalmente trabajando en la tierra, no por esto encontrarán en ella los miles de personas  que a ella han acudido lo necesario. Muchos camiones habrán de distraerse de la guerra  para la manduca de tanta familia acostumbrada a algo más. Y la desorganización habrá de ser extraordinaria: a la natural que acarrea siempre  un traslado de oficinas que representan más de 80.000 empleados públicos (un mínimo de 200.000 personas) se unirá ahora la no contar con edificación, y no “ad hoc”, sino con edificios de ninguna clase.
 Es necesario recordar cuanto se dijo cuando, dos meses atrás, con ocasión de la conquista de Smolensk, se hablaba de un ataque sobre Moscú. Claramente, y con gran énfasis, declaró aquella Cancillería que jamás el Gobierno sería trasladado del Kremlin, porque ello solo podría obedecer a circunstancias tan graves, que no podían darse, ni se darían. Deben ser, por tanto una realidad viva esas circunstancias tan graves cuando, a pesar de no disponerse  de ciudad alguna apta para gobierno interino a mil kilómetros de la capital, el traslado ha tenido lugar y en condiciones menos que cómodas, estando los ferrocarriles cinco días para llegar de Moscú a Samara.
 También habla de esa gravedad la destitución del Mariscal Timoschenko, habiéndose puesto al frente de la dirección de la guerra en el sector de Moscú el propio Stalin. de este modo queda el Mariscal  como simple ejecutor de las órdenes  del jefe del Gobierno, en la misma situación  en que se hallaba Gamelin ante su gobierno, en los días del gran desastre.
 Precisamente hay que reconocer que Timoschenko ha sido, las pruebas a la vista, el mejor jefe ruso en estos cuatro meses. Budenny, a pesar de la importancia de los efectivos de que disponía, ha sido completamente arrollado. Voroschilow lo ha perdido todo, porque pérdida es, también, ese sitio de Leningrado, encerrados en la trampa sus mejores soldados. Timoschenko había demostrado ser, si se quiere, un mediocre estratega, pero un gran táctico. El supo detener el avance alemán en horas muy serias, y por dos veces. Cierto que la táctica no podrá jamás vencer a la estrategia, y ésta le faltaba. Pero, aún, así, el general ahora destituido era lo mejor que podían presentar los cuadros de la oficialidad soviética.