América 41 02 01 y 08
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América 41 02 01 y 08
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Caperucita y el lobo La SI 01/02/41 p. 1-4, 8
Aclaraciones sobre un mapa La SI 08/02/41 p. 9

Caperucita y el lobo
La SI 01/02/41 p. 1-4, 8

1. Por qué el lobo mata

 Cuando, contado el cuento a la lumbre del hogar en noche ululante de invierno, todos se estremecen de horror ante la cínica crueldad del señor lobo disfrazado de abuelita, se comete un error fundamental de apreciación contra esa odiada cánida que es terror, en Europa, de granjas y pastores, y en América, de toda la penecada que ama los cuentos y aborrece los lobos. El error consiste en esto: que se convierte al señor lobo en animal de mala ralea, que mata por matar y se almuerza simplemente a los nenes por el sibarítico placer de hacer daño.
 Aún tratándose de niños, la distinción debería hacerse. Porque nunca es más propenso y hábil el hombre a hacer claras y luminosas distinciones que cuando está en su cándida y blanca infancia. El lobo no mata por crueldad sino por hambre. Y se ha estudiado bien el caso de, una vez saciadas sus hambres a costa de una blanca oveja recién cazada, llevar el resto a un buen escondite, para la refacción próxima. El lobo relaciona la caza con las apremiantes necesidades de su estómago, presentes y futuras. Y la muerte, necesaria para ello, será tan importante como se quiera para el infeliz que va a ser comido; pero no pasa de ser un episodio sin importancia para el animal que necesita almorzar cuanto antes y lo más gustosamente posible.
 Francisco de Asís comprendía mejor al señor lobo. El sabía de las crueldades, no solo lobunas, sino también de crueldades hombrunas, en aquellos tiempos suyos en que los italianos se devoraban unos a otros por motivos políticos y sociales, convirtiendo un jardín en caos. Y probó la no crueldad nativa con la linda aventura del lobo que no mata ni caza, por la sencilla razón de que encuentra en los dinteles caseros lo necesario para llenar decentemente su ancha panza.
 La tarea de matar por matar, redomadamente perversa, no dice nada en el mundo de los animales. Las fieras están por encima de esa bajeza. Y el mismo hombre no ama tales procederes. Hay que ir al mundo de los anormales para hallar individuos hartos que aplasten a un ser indefenso, o pueblos ahítos que se entretengan eliminando al prójimo sin necesidad estomacal urgente.
 El cuento de Caperucita debería tener una segunda parte, que bien podría ser El lobo de Gubia y San Francisco del glorioso Rubén Darío. El problema, entonces, tendería a ser completo. No se falsearía la mente crítica del niño. Y si se le enseñara a capear estratégicamente las mañas del lobo hambriento para no tener que llenar personalmente su panza, esa liberación se haría sin calumniar al lobo que quiere comer.
 Y una tercera parte sería también necesaria. En ella se había de mostrar esto: que si el lobo mata para comer, y no para matar, es derecho de toda criatura de Dios librarse de ser la víctima del lobo hambriento. Lo cual quiere decir que, al lado de la filosofía y la moral que nos muestran las razones del lobo que mata, existiría la estrategia que mostraría a los jóvenes la razón de escapar de ese lobo que con todo derecho mata.
 Hay el deber de reconocer que tiene el lobo ese derecho. A condición de añadir que, no solo arrancaré yo de él para no ser devorado yo con preferencia a otro, sino que mi derecho llegará al extremo de preferir que el lobo se muera de hambre antes que voluntariamente me ponga yo al alcance de sus fuertes patas. Reconozco su derecho en abstracto. Prefiero, en concreto, mi derecho.

2. Un sabroso bocado

 El senador William Smathers ha presentado al Senado norteamericano un proyecto de ley para apoderarse de Cuba y convertirla en uno de tantos Estados norteamericanos.
 Smathers es uno de los partidarios más acérrimos del Presidente Roosevelt, inaugurando la legislatura mayoritaria rooseveltiana con ese proyecto democrático.
 Mr. Hull ha dicho en su último discurso que el derecho internacional debe interpretarse según las necesidades esenciales de cada pueblo y de cada instante. Es la teoría dictatorial en el mundo internacional, que el mismo canciller achacaba, en el mismo discurso, a otras potencias.