Guerra 1939 40 02 10
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Conferencia balcánica: ¿Fracaso o éxito? La SI 10/02/40 p. 1-7

Conferencia balcánica: ¿Fracaso o éxito?
La SI 10/02/40 p. 1-7

1. Perspectivas del problema
 La Conferencia de los países balcánicos tendría escasa importancia si fuese embocada modestamente, dentro de los límites de los pueblos balcánicos. Así la ha tomado la mayor parte de la prensa. No hemos podido ver un crítico que, levantando la visera, mirase más allá de los Balcanes y supiese ver en esta Conferencia –en este problema- una Cuestión general, que abarca todo el enredo europeo y ahonda sus raíces hasta el mismo subsuelo vital del gran conflicto.
 Ni las potencias aliadas ni Alemania pueden dejar escapar la ocasión de echar el agua a su molino, aprovechando todas las circunstancias. Debían reunirse en conferencia los cuatro pueblos que años atrás habían organizado la Liga Balcánica, para considerar su continuación por un nuevo período, o su terminación. Y no era caso de desperdiciar esta circunstancia.
 Cierto que esa Liga Balcánica comienza por no ser  tal Liga Balcánica, incluyendo un solo pueblo de los Balcanes, o, a lo más, dos: Yugoslavia y Grecia: pero aceptando el nombre –que no hace la cosa- era natural que toda clase de intereses se moviesen alrededor de ella, porque aquí está –y no menos- uno de los puntos vitales de la guerra, tal vez el más importante de todos, aunque no parezca así en su superficie.
 Tenemos interés en poner de relieve el Problema General que se esconde bajo este Problema Particular. Y entonces el lector hallará justificada la trascendencia que se ha acordado a esa pequeña reunión  de cuatro Ministros de Relaciones en la capital yugoslava.
 Los países reunidos han sido los constituyentes de la Liga mentada: Rumania, Yugoslavia, Grecia y Turquía, representados por sus Cancilleres Gafencu, Marcovitch, Metazas y Sarajoglu. Las reuniones habían de durar tres o cuatro días, y han bastado dos, y todavía un reducido número de horas.
 Veamos, pues, la trascendencia del acto, mirado a través de la guerra que domina actualmente todo el escenario del mundo, en uno u otro sentido.
 Es este uno de los problemas más claros e intelectualmente interesantes, desarrollándose sus partes como las hilaciones de un sencillo teorema matemático.
 
2. El desengaño de la guerra larga
 Al principio de la guerra, todo era en Gran Bretaña hablar del Tiempo como aliado de los aliados. Estaba en boca de todos la famosa frase: “el tiempo trabaja para nosotros”.  Y escribían tiempo con agradecimiento: en mayúscula. Es decir, que la guerra debía ser larga, con lo cual la victoria era segura para Gran Bretaña.
 En la guerra anterior sucedió esto precisamente. Interrogado un día (Octubre de 1914) el Mariscal Kitchener –que era un buen cerebro militar- sobre la duración de la guerra, decía lo siguiente, que parecía cuadrar poco en boca de un general: “La guerra será muy larga. Es condición precisa para que la ganemos. Regularmente perderemos las batallas. Pero ganaremos la guerra.”
 Estas palabras del desgraciado jefe inglés (cuya desaparición posterior encierra un misterio que con el tiempo dejará de serlo) encierran una honda filosofía. El ejército inglés es distinto de los demás en cuanto a lo que se entiende por gloria militar. Es una organización que se considera tan adicta y sumisa a la nación que acepta perder batallas si ello ha de redundar en beneficio de la patria. “No sería victoria –continuaba el Mariscal- el que nosotros ganásemos batallas, y militarmente nos cubriéramos de fama, si, al fin, nuestro país perdiese la guerra. Y perderíamos la guerra, si esta durase poco. Y aún la perderíamos si ahora mismo, con una batalla decisiva, la ganásemos. 
 Estas últimas frases parecen contradictorias. No encerraban contradicción alguna. Porque, si Gran Bretaña, con una batalla extraordinariamente feliz, hubiese podido hacer cesar el conflicto a los tres meses de haber comenzado, Gran Bretaña no habría tenido tiempo de aniquilar la organización comercial  alemana, que era el fin de la guerra, ni imponer a Alemania tantos castigos financieros, militares, navales y demás, que la dejasen exhausta para cien años cuando menos.