Estados Unidos 40 01 02 y 08
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Estados Unidos 40 01 02 y 08
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Borah, ha muerto La SI 27/01/40 p. 6-7
Summer Welles va a Europa La SI 17/02/40 p. 3-5
Una nación atea La SI 17/08/40 p. 5

Borah, ha muerto
La SI 27/01/40 p. 6-7

 A una extrema vejez, y todavía por casualidad, ha muerto uno de los hombres más influyentes de los Estados Unidos en los últimos cuarenta años, y una de las personalidades que más se prestan a no ser medularmente comprendidas. Desgraciadamente para una crítica sana, la hora de la muerte no es la de los elogios, sino la de los análisis fríos y sinceros. El elogio lo hacen en el cementerio los deudos y los compadres.
 Estados Unidos ha vivido, antes de Roosevelt, un época de imperialismo loco, que lo lanzaba a aventuras abominables. Bastará nombrar California, Texas, Panamá, Santo Domingo, Haití, Cuba, puerto Rico, México, Nicaragua –la letanía podría alargarse- para mostrar cómo los apetitos de ese país fueron insaciables, de mayor gravedad, dígase lo que se quiera, que los mismos excesos del llamado Imperialismo británico. Ha sido cuando ya no cabía más en aquella panza enorme, y cuando ya los pueblos vecinos no lo hubieran tolerado, cuando aparece Roosevelt y lanza al mundo americano su política de Buen Vecino, defendiendo los fueros inalienables del derecho de los pueblos. El diablo, harto de carne, se metió a fraile.
 Cuatro décadas de bandolerismo norteamericano tuvieron sus aprovechadores, sus propugnadores oficiales, sus instrumentos ejecutores.
 Los aprovechadores, amos y causa eficiente, era la minoría que, desde la famosa calle neoyorkina, disponía de toda la nación para su propio provecho. Es asunto demasiado conocido y ya aceptado por todos, para que insistamos en él.
Esa minoría tenía en sus manos a los legisladores y al Gobierno. Cuando el Presidente Harding nombraba ministerio, aceptaba los nombres que se le imponían desde Wall Street. Entre los nombres que le imponían y él aceptaba como Ministro, había un miembro de banda contrabandista y asesina (Ministro de Justicia), un ladrón (ministro del Interior), un procesado por múltiples delitos comunes. Era éste el encantador espectáculo de aquella flamante democracia, que se supone lo que realizaría en el terreno internacional cuando tan pintorescamente trataba los negocios interiores.
Había un hombre símbolo, que era el repugnante instrumento incondicional de esas rapacidades y groserías: el venerable senador Henry  C. Lodge, que en estas columnas ha sido presentado tal como era en varias ocasiones. El era el instrumento visible de lo que Wilson llamó “pandilla” y Roosevelt “minoría indeseable”, realizando a la vista en las cámaras lo que los amos ordenaban desde sus covachas bancarias.
 William E. Borah no era de esta calaña, aunque estaba dentro del círculo de esos intereses. Era hombre “nacionalmente honrado”: amigo de los trabajadores, por los cuales luchaba en muchas ocasiones; partidario de la reducción de las horas de trabajo; creador del Bureau del Niño. En estos asuntos se encaraba muchas veces con la Wall Street y los Gobiernos de su propio partido, los cuales lo tenían calificado como lobo solitario, personalidad independiente e intratable. Esto le perjudicaba, no aceptando jamás los amos del Partido su candidatura presidencial: querían un Presidente dócil
 Pero este Borah interno nada tiene que ver con el Borah externo, cuya característica hay que señalar, para poner de relieve cuan inmerecidas han sido ahora las críticas que algunos periódicos desconocedores de la realidad le han tributado.
 Un día se presentaba en el Senado norteamericano el caso de Nicaragua. Caso por demás pintoresco, igual a tantos otros. La minoría agiotista deseaba hacerse amo de aquella República. para ello, destacaba a un empleado que tenía a sueldo en Estados Unidos, nicaragués, para Presidente del país. Compraban a los políticos, pagaban el voto, despachaban al otro mundo a los opositores. Y salía Presidente democrático de Nicaragua el criado wallstreetiano. Comenzaban entonces las expediciones militares “pedidas por el poder legítimo del país”.
 El senador Borah declamaba en discursos públicos contra la intervención en Nicaragua, abominando del imperialismo. El dirigía en el Senado, como Presidente de la Comisión de Asuntos Internacionales, la campaña para que la intervención militar y económica fuese aprobada… De este modo, dos Borah estaban a la vista y una Hipocresía en medio: el Borah de los discursos callejeros y el Borah líder del Senado. En la calle abominaba del imperialismo y ponía en la picota a los amos. En el Senado dócilmente dirigía la operación que ordenaban los