Guerra 1939 40 03 30
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La Francia eterna. La crisis en Francia La SI 30/03/40 p. 1-6
La odisea del hierro sueco La SI 30/03/40 p. 6-7

La Francia eterna. La crisis en Francia
La SI 30/03/40 p. 1-6

 a) Las crónicas telegráficas de estos días nos han dado una impresión de Francia que despistará a muchos. A muchos que no conocen la verdadera Francia. Tenemos interés en poner alerta a este respecto, porque una opinión inexacta  llevaría a deducciones erróneas acerca de la actualidad y el porvenir de la guerra europea y, sobre todo, acerca de la post guerra.
 Hemos notado en varias ocasiones el error consistente, en las críticas internacionales, en confundir los síntomas y las tempestades cutáneas con las verdaderas causas de los problemas, que están en los adentros invisibles, pero se hacen visibles mientras el natural poder radiográfico de un cerebro inteligente, que sabe ver en los adentros. Y en Francia ahora, como en tantas otras ocasiones, hay que saber mirar al fondo.    
 Durante largos años, a través de estas ligeras crónicas, uno de los puntos de mira en que con más constancia hemos insistido era éste: que se conozca la verdadera Francia; que no se piense que lo superficial es lo interno; que no se confunda lo pasajero y lo pintoresco con la Francia eterna.
 Una de las zonas que más hemos querido poner de relieve –por ser una de las que más se presta a confusiones- ha sido la familiar: el hogar francés y la mujer francesa. Literatos franceses que hurgan constantemente –y antipatrióticamente- en los escombros han presentado a la Francia familiar como el vestíbulo de un prostíbulo. El turista de países lejanos, que cree visitar París cuando conoce a fondo media docena de cabarets en que hay más extranjeros que franceses; dramaturgos de bajos fondos, cuyos vaudevilles han confundido el arte con la chabacanería y la admirable “femme” con una “demimondaine” sin demi además; películas que engañan confundiendo excepciones que ocurren doquiera con lo general, desprestigiando a la Francia; una serie de causas concurrentes hacen que, en opinión de la inmensa mayoría de extranjeros, Francia sea país de hogares desatados y la mujer francesa ejemplar perfecto de ligereza y algo más, que es algo menos todavía que ligereza.
 Sin embargo, en pocos países el hogar vive más fuertemente estructurado  y la mujer es más enteramente dada a sus deberes familiares. Es necesario convivir con familias, aún siendo las más abajo situadas económicamente, para comprender toda la sin razón de la novelería que confunde Francia con París y el París de Francia con el papagayesco París de extranjeros chapurreadores del bello idioma de Racine y de Pascal.
 He aludido al hogar francés y a la mujer francesa, porque sucede exactamente igual en cuanto a política se refiere. En todas partes, la política estilo siglo XlX nada tenía que ver con los pueblos respectivos. El conde de Romanones decía en uno de sus libros que, en sus treinta años de político, jamás había podido lograr que el pueblo se interesara en la gobernación. Un gran francés que ha desaparecido pocos años ha, Bainville, solía escribir repetidas veces que los últimos cien años políticos nada tenían que ver con el verdadero pueblo de Francia. es que la política individualista está hecha como expresamente  para ir vegetando paralelamente a la vida nacional, sin tocarla jamás ni confundirse con ella. “Ni con el voto obligatorio bajo multa –escribía Antonio Maura- he logrado galvanizar al pueblo haciendo que la política sea un corolario de su verdadera manera de pensar.”
 Francia es, desde este punto de vista, pueblo desconocido. De manera que, los que quisieran opinar sobre Francia a través de crisis políticas  como ésta, tan deplorable, que acaba de tener lugar, el camino que seguiría estaría absolutamente equivocado y las consecuencias que deduciría serían absolutamente ilegítimas.
 Francia, que comenzaba el descamino con Luís X1V, al cual nada importaba el pueblo y que tenía el humor de identificarse –y valía él muy poco- con el Estado, es muy otra cosa de lo que esos hechos políticos convidan a pensar. En lo internacional mismo ¿no está a la vista la antítesis absoluta entre Francia y Alemania, que están viviendo otra vez de espaldas y haciéndose muecas, y clavándose el puñal así que una de ellas se descuida? Sin embargo, y a pesar de todo, esos dos pueblos están destinados, no solo a ser amigos y hermanos, sino a convivir del brazo: que es tesis muy vieja en estas columnas la de que la Europa del futuro será una constelación de pueblos etnográficamente diferenciados bajo la batuta política de Francia y