Alemania 40
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Alemania 40
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El caudillo alemán cumple hoy 51 años  La SI 20/04/40 p. 11

El caudillo alemán cumple hoy 51 años
20/04/40 p. 11

 En este desmoronamiento de la vieja política del siglo XlX –esencialmente camuflageadora bajo todos los aspectos- los historiadores encontrarán puntos novedosos, que no se habían presentado jamás. Serán, por lo mismo, características de la nueva Edad que irrumpe suavemente –sangrientamente en este instante de la evolución-  en los confines del horizonte mundial.
 En esta guerra, que está ahora asomando la cabeza por los hielos polares de Noruega,  es menos interesante de lo que a muchos parece el que gane éste o aquél. Las cosas marcharán por el cauce que un cambio de Edad señala. Vencida Alemania, nadie ni nada será capaz de impedir que, a los veinte años, saque cabeza con mucho más fuerza que ahora. Vencidos los aliados, Alemania tendrá que respetar a los pueblos que verdaderamente lo son. En todo caso, la vieja política caerá irremisiblemente y una nueva aparecerá sobre la tierra. Es la fatal solución, que nadie podrá impedir.
 Precisamente, en esta contienda –y mirando ahora, no lo objetivo, sino los intentos subjetivos de los beligerantes- los Gobiernos aliados (y nos guardamos mucho de decir “los Pueblos”) llevan la parte mala. Nos hablan continuamente de democracia y libertad. Se sabe qué es la democracia siglo XlX,  en que una minoría de avispados hacían su Agosto, la mayoría extorsionada y tiranizada socialmente. Se sabe de una libertad en nombre de la cual se fusila al autonomista católico alsaciano Ross; se liquidan 72 diputados comunistas con el 31% de los votos de las nación se tiraniza a indios y palestinos, y no se reconoce la independencia neutral de los pequeños pueblos.  Y claro está que esta Libertad y Democracia, aunque lleven Mayúscula, han de caer irremisiblemente bajo el desprecio de los pueblos, antes que nadie de los pueblos francés y británico 
 La nueva Edad es esencialmente social. Para ahogar esta ola social sana, se ha movido esta guerra, impidiendo, desde luego, elecciones, ya aplazadas indefinidamente, tanto en Francia como en  Gran Bretaña. Y claro está que ninguna guerra es capaz, en definitiva, de detener la evolución de las cosas hacia algo mejor.
 La causa alemana ha tenido, desde este punto de vista, mejor suerte. No comulgamos en el credo hitlerista, y lo hemos declarado en varias ocasiones. Tenemos nuestras ideas ciertamente. Esto no nos ha de hacer tan ciegos que no veamos que esta parte beligerante tiene en su favor, cuando menos, el abominar de una democracia y una libertad que eran la antítesis de la verdadera democracia y la libertad verdadera; el decirnos que abomina de la realidad actual y aspira a algo nuevo; el manifestar respeto definitivo por una organización del mundo, no según los resultados de la guerra, sino según los dictados naturales del ideal nacionalista; el haber dado un solemne puntapié a esos adefesios tiránicos de la Polonia y la Checoslovaquia de Versalles, que eran la negación perfecta de la democracia, la libertad y los nuevos tiempos. 
 En ese movimiento liberador del pueblo alemán, a nombre de la democracia y autodeterminación de los pueblos, Adolfo Hitler ha tenido papel tan descollante, que nadie estaría en razón  si no colocase a ese hombre en la cumbre de los que actúan en estos instantes.  Los unos lo colocarán –se supone- en la cumbre de lo extraordinariamente bueno y saludable. Los otros lo colocarán –se supone, también- en la cumbre de lo extraordinariamente malo y pernicioso. Ambas opiniones concuerdan  en colocarlo, por su propio valor, en la cumbre.
 Así pasaba con todos los hombres extraordinarios que han abierto huella en los fastos de la historia. Los franceses colocan a Napoleón en la cúspide, por haber realizado veinte veces más guerras imperialistas que las que puedan suponerse a Hitler. Los españoles trataban a ese Napoleón con tal desprecio, que en una soflama popular, firmada nada menos que por un Obispo, se le llamaba “Anticristo, Tirano malvado, Furia infernal, borracho coronado y ladrón de pueblos”. He copiado las palabras exactas de ese furibundo español, que respiraba por la herida de la invasión napoleónica de España.
 Hitler comenzaba por la paciente vereda democrática. En un trabajo que usaba de leer del eminente jurisconsulto español, Ángel Osorio Gallardo, acerca de las democracias y los totalitarios, afirma el profundo escritor que los regímenes totalitarios han surgido por el entronizamiento de un grupo a espaldas de la nación. Osorio no sabe algo elemental: que el