28 09 Lux

Superficialismo y flojera  LUX Nº 129    09 28

                                             Moda del día

            Hace tiempo se celebraron en este puerto los anuales Juegos Florales, organizados, por sexta vez, por el Ateneo. Y, al leerse los fallos de los distintos jurados que juzgaron los trabajos, todos ellos coincidían en una frase, que, siendo de sí muy grave, lo es especialmente por la coincidencia  de haberla hecho suya varias personas  sin inteligencia previa para ello. Esta frase era esta: “los trabajos presentados  revelan escaso mérito”. Y uno de los juicios, hundiéndose en las causas, era más explícito, añadiendo: “se evidencia, a la simple lectura, que todos esos trabajos presentados a concurso son hijos de una improvisación que no ha sufrido siquiera correcciones elementales”.
            He ahí indicado uno de los más elementales vicios de los intelectuales chilenos, y en general, de los escolares y universitarios: la improvisación, la falta de meditación refleja y digerida, el retoque estructural y formal, el dar vuelta cien veces a un plan para mejor realizarlo y más perfectamente redactarlo.
            Época de nerviosismo, en que se procede a cien kilómetros por hora, es esta la enfermedad general que ha caído sobre el mundo en forma de epidemia devastadora, por virtud de una civilización materialista en que la cantidad quiere ahogar la calidad. Más, son los escritores los que se afanan en todo el mundo para liberarse de esa plaga y conceden a sus obras toda la labor necesaria. El periodista ha sido arrastrado, necesariamente, por ese vértigo de la celeridad inconsistente, por causa necesaria de su propio oficio. Pero los poetas, artistas, literatos, moralistas y hombres dados a cualquier especulación seria, procuran, amando la calidad, dar al tiempo lo que es bien suyo y tener vergüenza de exhibirse con improvisaciones sin valor.
            El hecho de que casi todos los escritores chilenos hayan pasado por la Universidad y la Secundaria, les ha dañado enormemente en este sentido. La educación usual en Chile, durante décadas, ha sido netamente pasivista, explicativa, de espaldas al esfuerzo, desconocedora de la santa continuación, del peso de la digestión espiritual, de todo aquello que significa iniciativa, vencimiento de dificultades, amor a la calidad, dignidad del oficio. Y ello ha dado por fruto, no solo una demasiada extendida mediocridad, sino el no sentir horror y vergüenza a esa exhibición mediocre.
            El escritor, más que cualquier otro artífice, necesita estructurar sus trabajos, digerir mediante cien trituraciones  las ideas, pulir el, orden inferior de los argumentos o sentimientos, perfeccionar el ropaje externo y la expresión literaria.
            Cuando leemos que obras inmortales como la de Virgilio, el Dante, Balmes, Shakespeare, han necesitado largos años para ser maduradas en su interior estructura y otros tanto para su presentación literaria, no solemos colegir que esa maduración, en la cual tiempo y constancia entran como base esencial, es requisito indispensable de toda obra que intente merecer el calificativo de perfecta, aun aceptando la relatividad indiscutible de esta palabra.
            Es necesario que la juventud intelectual se convenza de la necesidad de no improvisar; de dar vuelta a los trabajos intelectuales, de retocar diez veces la forma interior de una obra, larga o corta, y de insistir varias veces en el mismo pulimento literario de cuanto se sienta la necesidad de brindar a la consideración pública. Solo esta persistencia en el perfeccionamiento y esa duración de la gestación, pueden dar resultados que difieran de estos de que con tanta razón  se quejaban los Jurados de las justas intelectuales.

            Hace tiempo se celebraron en este puerto los anuales Juegos Florales, organizados, por sexta vez, por el Ateneo. Y, al leerse los fallos de los distintos jurados que juzgaron los trabajos, todos ellos coincidían en una frase, que, siendo de sí muy grave, lo es especialmente por la coincidencia  de haberla hecho suya varias personas  sin inteligencia previa para ello. Esta frase era esta: “los trabajos presentados  revelan escaso mérito”. Y uno de los juicios, hundiéndose en las causas, era más explícito, añadiendo: “se evidencia, a la simple lectura, que todos esos trabajos presentados a concurso son hijos de una improvisación que no ha sufrido siquiera correcciones elementales”.

             He ahí indicado uno de los más elementales vicios de los intelectuales chilenos, y en general, de los escolares y universitarios: la improvisación, la falta de meditación refleja y digerida, el retoque estructural y formal, el dar vuelta cien veces a un plan para mejor realizarlo y más perfectamente redactarlo.

            Época de nerviosismo, en que se procede a cien kilómetros por hora, es esta la enfermedad general que ha caído sobre el mundo en forma de epidemia devastadora, por virtud de una civilización materialista en que la cantidad quiere ahogar la calidad. Más, son los escritores los que se afanan en todo el mundo para liberarse de esa plaga y conceden a sus obras toda la labor necesaria. El periodista ha sido arrastrado, necesariamente, por ese vértigo de la celeridad inconsistente, por causa necesaria de su propio oficio. Pero los poetas, artistas, literatos, moralistas y hombres dados a cualquier especulación seria, procuran, amando la calidad, dar al tiempo lo que es bien suyo y tener vergüenza de exhibirse con improvisaciones sin valor.

            El hecho de que casi todos los escritores chilenos hayan pasado por la Universidad y la Secundaria, les ha dañado enormemente en este sentido. La educación usual en Chile, durante décadas, ha sido netamente pasivista, explicativa, de espaldas al esfuerzo, desconocedora de la santa continuación, del peso de la digestión espiritual, de todo aquello que significa iniciativa, vencimiento de dificultades, amor a la calidad, dignidad del oficio. Y ello ha dado por fruto, no solo una demasiada extendida mediocridad, sino el no sentir horror y vergüenza a esa exhibición mediocre.

            El escritor, más que cualquier otro artífice, necesita estructurar sus trabajos, digerir mediante cien trituraciones  las ideas, pulir el, orden inferior de los argumentos o sentimientos, perfeccionar el ropaje externo y la expresión literaria.

            Cuando leemos que obras inmortales como la de Virgilio, el Dante, Balmes, Shakespeare, han necesitado largos años para ser maduradas en su interior estructura y otros tanto para su presentación literaria, no solemos colegir que esa maduración, en la cual tiempo y constancia entran como base esencial, es requisito indispensable de toda obra que intente merecer el calificativo de perfecta, aun aceptando la relatividad indiscutible de esta palabra.

            Es necesario que la juventud intelectual se convenza de la necesidad de no improvisar; de dar vuelta a los trabajos intelectuales, de retocar diez veces la forma interior de una obra, larga o corta, y de insistir varias veces en el mismo pulimento literario de cuanto se sienta la necesidad de brindar a la consideración pública. Solo esta persistencia en el perfeccionamiento y esa duración de la gestación, pueden dar resultados que difieran de estos de que con tanta razón  se quejaban los Jurados de las justas intelectuales.