Guerra 1939 40 05 11
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Una campaña en 19 días. Desastre aliado en Noruega La SI 11/05/40 p. 1-6
La gresca de los Balcanes. Gresca en el Mediterráneo La SI 11/05/40 p. 6 col. 3-5

Una campaña en 19 días. Desastre aliado en Noruega
La SI 11/05/40 p. 1-6

 Ni el más pesimista lo habría podido prever. No, precisamente, la derrota de las fuerzas aliadas en Noruega, que era inevitable, sino la rapidez de la catástrofe, lo absoluto de la desbandada, lo fantásticamente ciclónico del desenlace. Conociendo la desorientación del comando aliado, y especialmente de los políticos que mal dirigen los destinos de Francia y Gran Bretaña, podíase augurar una campaña con un fin adverso para ellos. ¿Cómo adivinar esa completa, total y ruidosa derrota, suponiendo que hubiese un Estado Mayor solo mediocre y una prepotencia naval algo más que mediana?
 ¡Veinte días! Acabamos de leer una reseña, por lo demás interesante, de un crítico militar francés sobre la pasada campaña alemana en Polonia. En 21 días Alemania barría todos los obstáculos y señoreaba sobre un país de 35 millones de habitantes. La acometida había sido fantásticamente rápida, bien llevada, demoníacamente preparada, si queremos usar de la frase misma del crítico. Había sido algo maravillosamente superior…si no hubiese una circunstancia: que Alemania peleaba contra polacos.
 ¿Qué quiere indicar este crítico despectivo? ¿No tenía Polonia 4 millones de soldados, una oficialidad educada por los franceses, un Estado Mayor en el cual había siempre varios oficiales superiores formados en Saint Cyr? Sí. Es verdad. Pero se trataba de polacos. Por esto había sido posible una campaña relámpago de 21 días.
 Pero pasan no más unas semanas. Noruega. Nada de polacos. Los valientes noruegos. Franceses alpinos, los famosos alpinos “bleus” azules. Británicos. Para no faltar, todavía moros de Argelia, sus dientes adelantados en actitud de morder y sus cimitarras amenazadoras. Ahora se trata de los poderosos ejércitos aliados, lo mejor que han podido reunir los dos pueblos mejores de la tierra, según sus propias y un poco vanidosas declaraciones. Se trata de Alemania contra los Aliados, todavía auxiliados por unos 30.000 noruegos. Y ahora ¿tenía razón el crítico aludido? Ahora no se trata de una campaña de 21 días, sino de una de 19 días…
 Es interesante recorrer el camino de este desastre, que es de una nitidez especial, de una sencillez portentosa. Tanta ha sido la inepcia de los atacantes y lo primitivo de su plan, que todo el problema está exento de complicaciones. Las fichas se mueven sobre un tablero ante el cual un acabado jugador se bate –hace como que se bate- con un principiante.  Y ahí está la tragedia del caso: que hayamos de emplear la palabra mediocre y principiante al referirnos a los hijos científicos de los que fueron maestros en estrategia y suma de buenas cualidades: los Foch y los Kitchener.       

 a) Cuando los alemanes, en una rápida acción marítima, en que burlaban toda la capacidad de señorío de las escuadras británica y francesa, se apoderaban de los cinco principales puertos noruegos, la estupefacción fue grande en Francia y Gran Bretaña. Y, no pudiendo dar los respectivos gobiernos explicaciones satisfactorias, hubo crisis política en ambos países. Crisis consistentes, como se explicó se explicó en su día, en cambiar de sillón ministerial a los mismos fracasados, con una cierta flema que obligaba a admirar la santa paciencia de esos dos pueblos.
 Los nuevos gobiernos –los viejos gobiernos- se salvaron con una manipulación espectacular: echarse sobre Noruega para “barrer en unos días –frase de Churchill- la mancha nazi del noble solar noruego”.  No se puede negar que Mr. Churchill tiene gestos gallardos. Lo malo para su pueblo es que se limitan a gestos retóricos. El mismo Reynaud se salvaba   a causa de esta “decisiva acción aliada en Noruega”: son sus palabras. Al subir al poder, patrocinado por el Gobierno británico, el parlamento votaba en favor de Reynaud con un voto de mayoría, el cual, para la risa, pertenecía a un diputado comunista. Pero vino en su ayuda la invasión aliada de Noruega contra el alemán. Y estaba tan ansiosa de algo positivo la opinión francesa, siempre a remolque su gobierno del británico y ambos a remolque del gobierno alemán, que en una nueva votación Reynaud, el rechazado de ayer, era aplaudido por unanimidad.
 Y en ambos pueblos la prensa respiraba por la herida anterior, expresando el anhelo común: