Guerra 1939 40 05 25
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Jornadas de acero La SI 25/05/40 p. 1-7, 11

Jornadas de acero
La SI 25/05/40 p. 1-7, 11
 (A pesar del gran tiraje del último número que fue puesto a la venta, la edición quedó agotada en horas. Pedimos excusas, por lo mismo,  a los Agentes y puestos de venta, cuyos reiterados pedidos no pudimos servir. Por lo mismo, sería conveniente  que el aumento en el pedido se nos hiciera antes del viernes.
 El número anterior salió retrasado, no siendo, por lo mismo, culpa del Correo el retardo. El tiraje extraordinario, así como el tener doble número de páginas,  ocasionaron un retardo que somos los primeros en lamentar.
 Pedimos excusas también, a los numerosos amigos que nos escriben o telegrafían en sentido loador, si no les contestamos particularmente. Sería labor interminable, dada la cantidad de felicitaciones, que son muy agradecidas).


1. La tromba

 Un huracán de fuego sobre Francia. ¿Cómo ella no lo había sospechado? Gestas de gigantes están sucediendo en el Viejo Mundo. Las cosas andan fuera de lo normal, entendiendo empero, que también tiene sus maneras normales la anormalidad. El tifus tiene sus reglas, normales, aunque estén fuera de la normalidad sana. Sombrean una gran zona todas las calamidades, del brazo de todos los heroísmos, dando una vez más muestra  de lo que es el hombre: una enorme cosa sujeta a debilidades; una pequeñísima cosa capaz de heroicidades.
 Ruge la tempestad en Europa, trastornándolo todo. Sopla el huracán, despiadadamente. Zigzaguean los relámpagos y atruena el trueno. Y, caballeros sobre las ancas gigantescas de la tempestad, varones de garra, venidos de oriente, dictan su ley a los hombres y las cosas.
 Es de estar gozoso de ello. En estos instantes en que esto es escrito, sopla el vendaval sobre el puerto de Valparaíso. Olas enormes escalan los cielos en medio de un ruido ensordecedor. Bailan los trasatlánticos como pequeñas cáscaras de nuez. Se han hundido dos, y, tras ellos, se ha hundido en minutos un dique enorme. Las calles de la ciudad tiemblan.  Y es esto –con perdón de ustedes- algo digno de ser vivido. Porque toda manifestación de fuerza, que obedezca a una ley, es digna de ser admirada, aunque en el seno del fenómeno se apaguen los ayes de las víctimas. 
 Por el norte de Francia pasa la tromba. No perdamos la ocasión de mirarla en toda su trágica sublimidad. Porque el hombres es capaz de estas y mayores cosas. Capaz de sujetar la naturaleza a sus órdenes, y convertir el hierro en espada, el azufre en pólvora, el algodón en nitroglicerina, los elegantes aviones en nido de males, esa pequeña cosa que es pingajo de hombre en una sublimidad de sacrificio. Y sobre las alas de la tragedia podemos elevar el corazón y aprender lecciones, si es que el hombre es capaz de ello.
 Pasa la tromba. De este a poniente van los carros de la muerte persiguiendo la justicia por los caminos del acero.  Que en vano la obra de los hombres puede burlar las eternas leyes de la justicia inmanente: si a las buenas no la busca, a las malas es obligado a hallarla. “Porque –son palabras de un gran genio, Agustín de Hipona- la sangre y el fuego y la destrucción son instrumentos de Dios cuando los hombres persisten en vivir de espaldas a la justicia”. 
 Pasa la tromba. Todo el noroeste de Francia ha cedido bajo su ráfaga aplanadora. Es el rulo. Campos verdeantes del Mayo europeo, cuando se abre la flor al clarear el alba y las guindas están ya pintonas. Huertas de los cien verdes, donde brotan mil tallos para el regalo del hombre. Mayo dorado,  cuando el pájaro trenza su nido y con ala amorosa incuba nuevasd alas de Dios. Es la tromba aleccionadora que pasa sobre la primavera, invitando al hombre a pensar.
 Los telegramas nos cuentan todo el horror de esta hecatombe, en que, no ya los enemigos de la Francia, sino sus propios hijos incendian sus mieses, cortan sus árboles centenarios, abaten sus caballos de pie grueso,  pegan fuego a sus granjas  donde diez generaciones habían sumado sus sudores fecundos.  Y todo es –a cien kilómetros a la redonda- una enorme hoguera, propagándose el incendio gigantesco en alas de todos los vientos de la incomprensión y del abuso.