Guerra 1939 40 06 08
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La fuga de los doscientos mil La SI 08/06/40  p. 1-7

La fuga de los doscientos mil
La SI 08/06/40  p. 1-7


1. Desanda tu camino

 Nada hay en la vida práctica más deprimente que deshacer lo hecho. Trabaja penosamente. Pon en la tarea todo tu saber. Sé paciente en la obra. Y, luego de llegar cerca de la meta, mira como de nada ha servido y has de rehacer lo hecho. Por esto los biógrafos de Franklin lo colocan en lugar eminente entre los héroes morales: porque sabía deshacer una penosa tarea de largas horas o días, recomenzándola de nuevo con renovada energía.
 Los que nos hablan de la postración del ejército aliado después de esa terrible jornada de Dunkerque llevan razón al pintárnosla como algo eminentemente deprimente. Alístate valerosamente en un ejército improvisado. Atraviesa el canal a caballo de la aventura, dispuesto a comportarte como tal que merezcas la victoria. Lucha como león. Y, saliéndote delante un gigante que aplasta todo a mazazos, dalo todo por perdido. Y desanda tu camino…si te dejan. Porque detrás de ti vendrá un infierno de carros blindados pisándote los talones. A tu lado explotarán morteros y granadas. Delante de ti irrumpirán los tanques gigantescos aplastando cuanto encuentren en el camino.  Encima de ti, por si no había suficiente, volarán terribles águilas que vomitan fuego. Y, tal vez, ahogados por el dolor de tener que desandar el camino que habíamos creído que nos iba a llevar a la victoria, a lo mejor ni este desandar podemos realizar, antes nos quedaremos por el camino hechos guiñapo. 
 Esta es la dolorosa tragedia de los ejércitos aliados, que han visto finalizar un rosario de tremendas derrotas con esa fuga fantásticamente accidentada, en que por centenares de miles de hombres se jugaba a carreras pedestres, pendientes de un hilo la vida y la muerte.
 Hacia el siglo lV antes de Cristo, un escritor griego que ha devenido famoso nos ha contado a por b las terribles jornadas de una retirada histórica. Jenofonte, ansioso de aventuras y de ánimo belicoso, se alista con otros 15.000 griegos para pelear a las órdenes de Ciro contra Menón. Las agallas de los mercenarios eran extraordinariamente grandes. La ilusión, tesoro divino de jóvenes y desheredados, debidamente hinchaba los pechos de los valientes soldados. Y ya estaban valorizando la victoria próxima, que veían venir con faz sonriente, cuando la derrota más estrepitosa los aplastaba en Cunaxas.
 El vencedor no perdona. Menos, a los extranjeros que se han entrometido en los negocios pendientes entre pueblos extraños. Persíguelos rabiosamente. Y los 10.000 que habían sobrevivido a la derrota, poniéndose a las órdenes de Jenofonte,  que no era más que un soldado, inician la retirada a través de países hostiles, de desiertos quemantes, de suelos pétreos y resecos, de valles situados entre altas montañas. Largos meses dura la retirada de los 10.000, que, al fin, agotados, desnudos y hambrientos, llegan locamente felices a las playas del Helesponto, antesala de la patria helénica.
 Pero ¿qué importancia tendrá en adelante la Anabasis de esos griegos ante esa fuga trágica  de más de un millón de soldados, cercados por cerco de gigantes, apaleados por la retaguardia, cortados por delante, asaltados desde arriba, sin pan ni municiones y sus jefes alocados por el terrible infortunio?  
 Cuando los describidores de tormentos atroces quieren hacer culminar los sufrimientos humanos, llaman a cuento esos dos sobrehumanos suplicios, que son la sed y la falta de dormir. La sed, que aloca, hostiga, hace ver espejismos acuosos doquiera, mueve el brazo al asesinato para beberse la sangre del amigo. La sed que no se da solo en los desiertos africanos, sino también en las pequeñas dunas flandesas, todo ellas arena, cuando son lanzados a ella un millón de hombres por un comando incapaz e ignaro.
 Cuando Napoleón, que era, además de gran estratega, gran verdugo, quiso hacer sufrir a un general español, Álvarez de Castro, el suplicio mayor, por haberle estorbado la conquista de Gerona durante largas semanas, decretaba el vencedor contra él el suplicio del no dormir. Sentado en una silla del siniestro castillo de Figueras, dos soldados que se relevaban continuamente, tenían por misión salvaje  pinchar al general con sus bayonetas cuando los ojos