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La formación del carácter  LUX 15/12/28 p. 1-15

            Los altos planteles universitarios, formadores de la juventud profesional directriz, están obsesionados actualmente por una idea fija, que felizmente ha conmovido a los centros de enseñanza técnica: la falta absoluta de carácter en las generaciones egresadas de sus aulas.
            Problema básico, que proviene de la desintegración de la personalidad, realizada por la educación unilateral que emanó del protestantismo en el campo religioso y del cartesianismo en el campo  filosófico.
            Esa falta de carácter puede notarse por sus frutos en todos los aspectos de la vida. Señalaremos solamente tres, que están al alcance de los ojos de todos.

            a) Primero, la falta de ideales de esa juventud universitaria y la consiguiente corrupción que surge  cuando la sal de una idea entusiasta no preserva al joven de la descomposición interior.
            Los hombres salidos de esos altos centros universitarios han sido, durante un siglo, los que han corrido con la responsabilidad  -con la irresponsabilidad- del gobierno de las naciones. Con qué resultados, está a la vista asustada de todos. Se llegó al borde del abismo por todos lados (económico, social, moral) en plena bancarrota el régimen y sus hombres.
            No tenían esos hombres, salidos de la Universidad, ideal de ninguna clase. Charloteaban alto y recio sobre toda clase de ideales, ciertamente. Es la característica –elementos de psicología- de los que carecen de toda clase de ideales. Renegaban del ideal religioso, que era, según el dogmatismo racionalista, ñoñez y barbarie. Se reían lindamente, en su fuero interior, de todo ideal patriótico, pisoteando burdamente los altos intereses patrios. Conculcaban normal y diariamente sus mismas ideas y constituciones, instaurado el despotismo sobre cimientos palabreramente democráticos. Gobernaban “al día”, saliéndose del paso como se podía en cada minuto y abandonando al azar y a las circunstancias la solución de los problemas impostergables. Es decir, ausencia absoluta de ideales vivos, informantes de la actuación individual y colectiva de esos sedicentes directores de pueblos y que resultaban verdaderos caudillos, en el estricto sentido etimológico del vocablo –cauda, cola- marchantes a remolque de todos los azares.
            Y de todos los apetitos. Porque, esa falta de ideal vivido, desarticulaba la actuación,  huérfana de norma, riel y estrella guiadora. De ahí el enfangamiento de esos hombres en toda suerte de claudicaciones, en conformidad con aquella sabia sentencia, según la cual donde no está el Deber entusiasta está Epicuro. La vida pública era almoneda y remates; feria de egoísmos y remolino de bajas apetencias; la descomposición arriba y abajo, a derecha y a izquierda.

            b) Luego, una indiferencia extremada por cuanto indicaba esfuerzo, meditación, ahínco en el estudio, iniciativa científica, perseverancia en el duro laborar cotidiano de hacerse con una cultura.
            Al universitario de esa Universidad no le interesaba el propio esfuerzo aplicado a las cosas específicas de su carrera. Pertenecía a las generaciones del papagayismo decorador, que escuchaba en la cátedra la oratoria magisterial, para no caer en desgracia del maestro; que releía los libracos  en que constaban aquellos discursos profesoriles, para poder tener buena nota al ser preguntado a la mañana siguiente; que asistía a las aulas, para no reunir el número de faltas que excluye de las pruebas finales;  que se hacía con un caudal leído, “empollando” ideas de sexta mano, para poder salir bien de los exámenes; que no tenía interés alguno por la ciencia ni inquietud espiritual alguna, sino ansias del cartón profesional, patente de corso para sus futuras fechorías seudo-profesionales.
            Salido al mundo de la vida, ese estudiante sin capacidad de esfuerzo propio, era el vulgo profesional sin originalidad ni constancia; que se metía en política para medrar oblicuamente; que adoraba los puestos burocráticos, porque son calco y flojera; que desconocía la santa pasión del oficio, la dureza del trabajo personal de la propia cosecha. El sabroso dolor de las interiores germinaciones.