Guerra 1939 40 01 20
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Gran Bretaña y la zona neutral americana. Gran Bretaña contesta La SI 20/01/40 p. 1-3
Otra vez los países del norte europeo  La SI 20/01/40 p. 4-5

Gran Bretaña y la zona neutral americana. Gran Bretaña contesta
La SI 20/01/40 p. 1-3


 Cuando los países americanos decidían en Panamá la creación de una zona neutral americana alrededor de la costa continental, comunicaban la decisión unánime a las potencias beligerantes, para que tomasen nota de ello. Tomaron nota los archivadores de cosas muertas. No tomaron nota, por supuesto, los Gobiernos, y menos los Estados Mayores. Nadie se dignaba contestar.
 En rigor hablando, nadie se interesó tampoco por que se contestase. Ni aún en América. Ni un Gobierno encontraba que ese silencio fuese, cuando menos, irreverente. Menos, todavía, Estados Unidos. La intención de ese país al proponer la Zona Neutral, no era otra –lo hemos demostrado en su tiempo- que ver de obtener bases navales en América hispana, mediante ese truco de la defensa naval de la zona neutral costera. Derrotada esa pretensión en Panamá, ya no había interés alguno en sacar adelante la cuestión. En otras palabras: el problema no era de zona neutral, sino de bases navales. 
 Desde el primer día de la declaración de la zona nueva, los beligerantes se entretenían violándola. Nadie les objetaba nada. La violaban en tal grado, que violaban incluso las famosas tres millas tradicionales. Nadie protestaba siquiera. Más, cuando tenía lugar el combate entre alemanes y británicos en las costas uruguayas, de cuyas resultas venían numerosos incidentes diplomáticos, una Nota común era enviada a los dos países, cuyo texto fue publicado en la Sección Documentación de nuestra revista.
 Y ahora -15 de Enero- ha llegado la primera respuesta formal, rubricada por el Ministro de Relaciones de Gran Bretaña.
 Es interesante analizarla, para mostrar lo que en ella hay de aceptable: casi todo, aunque marginando ciertos acápites que merecen reparos críticos.

 a) La Nota, ante todo, niega que, tratándose de derecho internacional, que funciona sobre ciertas bases más o menos fijas, una parte cualquiera pueda establecer los principios que le den la gana o le resulten convenientes. Es la primera falla del Acuerdo de Panamá, que carece, por lo mismo, de todo valor internacional.
 El poder un país –o varios países- por una parte, imponer a la otra parte lo que bien le pareciera, sería una fuente de constantes conflictos internacionales, para no aludir a la carencia de todo derecho para quien quiera que pretenda establecer principios obligatorios para otro. Se daría casos chocantes. Por ejemplo, que las dos partes establecieran principios contradictorios, que, por hipótesis, serían obligatorios para la otra parte. Un galimatías absurdo, que llevaría a un país a tener que ser fiel a lo que el mismo estableciera y a la vez a lo contrario que establecería el otro o los otros países.
 Cuando la Cancillería de Londres niega a América el derecho a establecer por sí sola principios que puedan obligar a otros no americanos, está, no solo dentro del derecho internacional, sino también del sentido común.
 Lo habíamos notado cuando ese Acuerdo fue tomado, y es aro que no lo advirtiesen los firmantes. Un Tratado es un Con-trato, es decir, un trato a dos, y ahí radica precisamente la nulidad absoluta del Tratado de Versalles, que no fue un trato, sino un Dictado. Sin consenso interior no hay tratado posible, ni aún Tratado internacional, por mucho que hayan querido apurar las cosas ciertos juristas.
 Gran Bretaña tiene razón, al notar, pues, esta falla.
 Sin embargo…
Estos “sin embargo” son el punto flaco de todo el Derecho Internacional moderno. He ahí uno: Gran Bretaña niega a América el derecho a establecer reglas internacionales unilaterales. En cambio, ella misma, ha establecido reglas internacionales unilaterales, al anunciar que las mercaderías de países neutrales compradas en Alemania serán confiscadas por buques británicos. Es esto absolutamente contrario a todo derecho internacional, aún por el aceptado por Gran Bretaña. Y contra éste, por la sola voluntad de Inglaterra, ha sido  impuesta una regla distinta, sin consultar siquiera a los interesados de la otra parte, que son los neutrales.