Guerra 1939 40 07 27
Índice del Artículo
Guerra 1939 40 07 27
Página 2
Página 3
Página 4
Página 5
Página 6
Página 7

Italia entra en el Sudán. La guerra colonial en África La SI 27/07/40 p. 1-5
Desaparecen tres “Naciones”. Se esfuman tres países.  La SI 27/07/40 p. 5-7

Italia entra en el Sudán. La guerra colonial en África
La SI 27/07/40 p. 1-5

 En los Comunicados de la guerra solemos dar escasa importancia, a veces, a lo que la tiene de verdad  Desde luego, los que redactan esos partes oficiales suelen hacerlo, no según objetividad, sino según sus particulares intereses bélicos. Y tienen interés en pasar como de largo ante acontecimientos que muchas veces son más importantes que otros alrededor de los cuales se arma la brega.
 Es lo que acontece desde hace un mes, con los sucesos bélicos en el África, a los cuales, por razón del lugar, ya el lector está dispuesto a dar menos importancia de la que realmente merecen.
 Echemos una ojeada sobre esta zona de guerra, y podremos deducir su interés extraordinario.

 a) Italia tenía, desde el principio de la contienda, su camino marcado. Tenía que formar al lado de Alemania. La diplomacia de tercera clase, incluyendo en ella al mismo lord Halifax, que habían destacado Gran Bretaña y Francia en los demás países, y los políticos a quienes representaba esa diplomacia de menor calibre,  habían ensoñado cien azules cosas raras alrededor de la actitud italiana. Como hoy hacen con Rusia, creyendo posible su separación del eje totalitario, hacían con Italia. Especialmente después que vieron que,  en el momento de la declaración de guerra anglo-alemana, Roma permanecía tranquila.
 En su día explicábamos la causa de esa quietud. Estaba a la vista.  Sin embargo, los aliados no habían sabido comprenderla. Y, opinando lo contrario, habían tramado el l Plan bélico contra Alemania por el norte de Italia, suponiendo, no solo que ésta entraría inmediatamente en el conflicto, sino que sería inmediatamente derrotada. Y por Italia invadirían los aliados Alemania, atacando la Línea Siegfried por la retaguardia, entrando por la alta puerta del Brennero.
 Una sabia abstención de Italia, concordada un mes antes entre cuatro grandes potencias mundiales, echaba abajo todos los planes aliados: primero, en cuanto tenían que urdir un ll Plan de acción; segundo,  en cuanto a poder estrangular el bloqueo, cerrando las costas italianas y el Mediterráneo; tercero, en cuanto a imponerse a los pueblos balcánicos al día siguiente de haber vencido a Italia y haber ocupado el sud de Alemania.
 Eran los lindos cuentos de la lechera. Y todos estos castillos en el aire se le venían abajo. Italia permanecía no beligerante. Vigilaba atentamente la actitud de los Balcanes. Introducía mercaderías en Alemania. Afirmaba sus reservas para cuando fuesen necesarias, Gritaba sus ideales irredentistas, reteniendo bajos (sic) del mar del Norte numerosas fuerzas. Mientras así ella, Alemania barría con cuanto se le ponía delante por los ensangrentados caminos  de Noruega, Holanda, Bélgica y Francia. 
 Italia había de entrar en la guerra precisamente en el instante de una gran victoria alemana, o en el instante de una gran derrota. Lo hizo en el punto álgido de una inmensa victoria cuya magnitud bajo todos los aspectos –técnico, económico, político- trascendía las mismas campañas napoleónicas. 

 b) Ha habido sectores de prensa que han rodeado a Italia con una especie de halo de impotencia, como si se tratase de una raza vieja y de garra escasa. No han sabido entender la trayectoria de la gente romana, desde los días de Rómulo y Remo. No han sabido ver que los ítalos de un Renacimiento blando y mantecoso, glorioso en arte y abundante en luchas civiles, eran los mismos que, en los días de gesta del Imperio, se hacían con todo el mundo conocido.
 Las razas tienen sus altos y sus bajos, condicionados por las circunstancias. ¿No hemos visto ahora en plena derrota al “poilu” y en retirada continua al “tommy”?  Ciertamente que Italia habíase dormido, en brazos de una política que no entendía más que la política, y que concedía a los problemas nacionales, salvo el hablar de ellos, muy poco espacio. Pero todo era cuestión de serenar la  atmósfera, de fortalecer el ambiente, de traer un nuevo clima. Y era más que seguro que, rascada la escama superficial, renacería el viejo romano, ciertamente moldeado a los días modernos.