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Norma clásica de civilización Pastor Valencia Cabrera La SI 14/09/40 p. 12

Norma clásica de civilización
Pastor Valencia Cabrera
La SI 14/09/40 p. 12

1. Acerca del respeto debido a la palabra

 El cumplimiento de la palabra empeñada es una condición sine qua non en la existencia racional de los individuos que integran un Estado siquiera de relativa civilización, ya que no de alta y verdadera civilización, como es lo ideal. Es forzoso el cumplimiento de la palabra dada, sea para el bien o para el mal: lo fundamental consiste en saber cumplirla; y un hombre, si lo es y se respeta a sí mismo, debe cumplir por fuerza su palabra; pues el cumplimiento de la palabra comprometida  involucra necesariamente la honra, el decoro y la dignidad de la persona que compromete su palabra.  Porque solo entonces ocurre que la Humanidad puede saber a qué atenerse y saber también qué puede esperar  de uno y otro hombre llamado a actuar en éste o en aquél vasto campo de la actividad humana.
 El cruel Herodes dio su palabra a la pícara Salomé  que le entregaría la cabeza del Bautista, que estaba entonces preso en el castillo de Maqueronte; y momentos después mandó presentarla puesta en una fuente de plata, mientras llenábase de profunda turbación  el semblante de los convidados a su festín , entristecido con ese macabro espectáculo. La Humanidad dirá tal vez que eso fue monstruosamente inicuo, no cabe dudarlo; pero, en cambio, nadie negará que Herodes, llamado el Grande por la Historia misma, cumplió fielmente su palabra. El crapuloso Tetrarca de Galilea dio, pues, un ejemplo gráfico del respeto debido a su palabra, aún cuando fue manchándose con la sangre de un crimen execrable.

2. Nadie puede faltar a su palabra   sin deshonrarse a sí propio

 Y es que, desde antiguo, se ha creído siempre, como en la realización de un acto de seguridad común, que el hombre, si lo es de verdad, debe cumplir necesariamente su palabra; y eso moviéndose siempre dentro de un determinismo fatal, pero dignificante en forma que a veces no acierta a descubrir la percepción del vulgo: debe cumplirla fuere para el bien o para el mal, fuere para conservar la vida o para perderla, so pena de caer en el abismo insondable  de la degradación  o la deshonra, ora ante la Humanidad futura, ora ante la Humanidad sacra de todos los siglos. Y no como acontece en nuestro siglo decaído, cuando se ve con dolor no solo a hombres que pierden el decoro, a veces por una nonada; sino que, lo que es más doloroso aún, se ven hasta naciones que pierden lastimosamente la dignidad; prefiriendo un presente bochornoso a continuar recorriendo el camino de una tradición hecha de austeridad, de honradez, de virtud, de heroísmo sobrehumano en la vida y en el trance de la muerte. Y es que solo entonces se verifica en el mundo el acto magno de la purificación de los afectos y la dignificación de la especie misma, proceso en que el hombre es hombre  con toda la integridad de su ser, con toda la fuerza de su vehemente querer, de su invencible dignidad y máximo decoro, y como tal, cumple caballerosamente su palabra libremente empeñada no solo por tratarse de graves gestiones de Estado, sino dada aún abordándose simples cuestiones de la vida corriente. Porque no ha de creerse, con falsía, que únicamente las grandes cuestiones encierran suma importancia, sino que aún las pequeñas cuestiones de la vida tienen su propia importancia, inferida de la base filosófica en que ellas se asientan. Pues ¿qué es lo único que vale en la vida? ¿Qué es lo único que no vale en la vida?   

3. Cosas típicas de la época presente.

 Los mentirosos, los charlatanes de oficio y los falsarios de toda laya, que tanto abundan por desgracia en la agitada vida moderna, han inventado la enfáticamente dicha por ellos palabra de honor, que sirve mucho para engañar lindamente al prójimo,  pero que en sí nada vale, por lo huera que es, por lo menos en la generalidad de los casos; como que, efectivamente, nada cuesta por cierto para un fatuo el decir palabras sin sentido, palabras que, según un cantar popular, se las lleva el viento, sin que se sepa a dónde van a parar y sin que los hombres