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El Baño Escolar  LUX 15/09/29 p. 2-3

La enseñanza de la higiene en toda escuela debe comenzar por el hecho práctico del baño.

            La reforma educacional puesta en práctica el año pasado y ya en pleno vigor, paso verdaderamente trascendental y gigantesco, que por sí solo hablaría de la altísima comprensión que el actual Gobierno ha tenido de las necesidades más urgentes del país, si no fuera porque muchas otras reformas, de tanto aliento, como ella, han sido también por él abordadas, se hacía necesaria, y aún apremiante, por causas múltiples de todos conocidas.
            Entre esas causas, no ha sido la de menor consideración, la de que nuestra enseñanza era ineficaz, inconsciente, vacía, sin orientación de ninguna especie, y sobre todo, que descuidaba por completo el aspecto educacional, la formación de la personalidad. Puede decirse con entera verdad que nuestra antigua enseñanza no creaba la felicidad sino, más bien, la desgracia del individuo.
            Era necesario salirse de la enseñanza oficial, era preciso ir a los colegios particulares para encontrar vestigios de ese afán por moldear la personalidad del educando, por prepararlo para una vida más feliz, cuyo afán debe ser de la esencia del educador. Muy difícil era, y aún lo es, descubrir huellas d educación moral, rasgos de compostura, de moderación en las palabras, en las obras y en las acciones del escolar que frecuenta nuestra primaria.
            Tampoco es posible todavía descubrir en ellos manifestaciones de mayor limpieza  y pulcritud. Nuestro pueblo sigue reñido en absoluto con el aseo y ello va haciéndose proverbial.
            La reforma, que ha venido a dar la importancia merecida al fin formal de la enseñanza, no debe descuidar este aspecto, este defecto gravísimo de nuestro pueblo: su absoluta falta de higiene personal y doméstica.
            Los pueblos más aseados son los más sanos de cuerpo y alma, los más felices. Para ejemplo, el pueblo alemán, el inglés, el yanqui, el japonés, para no mencionar otros.
            En el Japón, aún entre las clases más pobres, el baño es una verdadera institución, es una especie de rito sagrado, y ciertamente que eso influye no poco en el bienestar y progreso de aquel pueblo.
            Es un  hecho reconocido que el baño, aparte de su influencia física, ejerce en los individuos una no menos saludable influencia moral. Un baño diario dispone al trabajo, despeja la mente, levanta el espíritu, hace mirar la vida con más optimismo, crea un sentimiento íntimo de bienestar, de satisfacción, de dignidad. El baño es, pues, saludable y educativo.
            Tales excelencias debieran ser tenidas muy en cuenta para dar a la práctica constante del baño la importancia que merece, y es sin duda alguna la escuela la institución  llamada a difundirla. Pero esa difusión debe ser de hecho y no de palabras. Tratándose de un defecto tan arraigado, los consejos son más o menos inútiles. Debemos crear el hábito, y por supuesto, empezar por los escolares.
            Hasta ahora se considera el baño como parte o aspecto de la educación física; se trata de difundir, y muy bien se hace en ello, el deporte de la natación, uno de los más saludables evidentemente. Aún tenemos entendido que la Dirección de Educación Física considera, como punto muy principal de su programa, un vasto plan de construcción de piscinas en el país.
            Creemos, sin embargo, que eso tardará algún tiempo al ser llevado a la práctica. Además, estimamos que el hábito del baño debe ser inculcado en nuestro pueblo, ante todo, como necesidad.
            Debe, por lo tanto, ser puesto al alcance de nuestros escolares, en la misma escuela, y allí tener, si se quiere, un carácter de obligatoriedad, como pasa en las escuelas náuticas. Nada más apropiado para ello que la clase de gimnasia.
            Si opinamos que el muchacho debe ser compelido al baño, es porque lo creemos indispensable. De otro modo, muy poco se avanzaría. Una muestra de la resistencia de nuestro pueblo al ejercicio de tan saludable práctica, es lo que habrán experimentado casi todos los propietarios de casas de alquiler para gente modesta. La Ley de la Vivienda, los obliga a instalar baños de lluvia y a construir o reservar para dicho objeto un sitio en cada casa o departamento.