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El juicio de residencia en los tiempos medievales  LUX 01/08/29 p. 20-22

            Existe en Derecho Constitucional moderno una disputa que ha dado mucho que hablar. Esta: ¿quién tiene la culpa de la putrefacción política moderna? ¿Los sistemas políticos o los hombres que los ejercen?
            Fijémoslo en una cosa que parece irreverente: que nadie discute que la zona política esté putrefacta. Lo aceptan todos. Lo toman como un hecho evidente. Y, si alguien lo duda,  alargan el brazo derecho, extienden el índice y le dicen:
            - Vea usted… Es cuanto tengo que decirle… A la vista está.
            Esto diría muy poco a favor de los políticos, si no fuese porque se trata de un hecho perenne, constante, desde que el mundo es mundo, y aparecía quién sabe cuando, en la fauna de los oficios eso que se llama profesión política. Esto viene de Adán y Eva y es una endemia. Esto está en todas partes, y es una epidemia. Lo cual no quiere decir que no haya excepciones respetables y a la vista.
            Pero, el hecho aceptado, se preguntan los que desearían limpieza: ¿de qué vendrá ese mal olor? ¿Será que hay sistemas malos y sistemas buenos, y viene la falla por las leyes inadecuadas y los sistemas incapaces? ¿O vendrá de las personas y la putrefacción será  porque hay personas que lo putrefacen todo, maleando todos los sistemas? ¿Personas o leyes?
            He ahí el problema.
            Las gentes de la Edad Media eran más prácticas. Nosotros las llamaos metafísicas y poco objetivas, y resultaban cien veces menos metafísicas que nosotros.
            Un día, en unas Cortes castellanas de León, los diputados de las ciudades llamaban al señor Rey a su seno. El Rey, que era un taimado, y no era tonto, no acudía. Entonces los diputados le formularon la pregunta por escrito. Y tanto mejor, porque así nos ha quedado ella, y podemos regocijarnos sobre ella.
            - Nos, que valemos tanto como Vos, y todos juntos más que Vos, os emplazamos a que nos deis cuenta de los siguientes puntos: 1…; 2…; 3… de cómo puede V. M. ofrecer comidas como las que regularmente da por las noches, cuyos gastos (según investigación privada de estas Cortes) sobrepasan en mucho a lo que los emolumentos de la Casa Real permiten, siendo derecho de estas Cortes conocer cómo son posibles esas prodigalidades sin extorsionar la ley…
            Eso era gente. Eso era democracia. Y eso era Limpieza.
            Pero no se trataba de un capricho de los diputados. Nada de esto. Los ciudadanos de la Edad Media, eran más prácticos que los teóricos que en estos nuevos tiempos se llaman prácticos a sí mismos. Y en aquella disputa sobre si los responsables de la perversión política eran los sistemas o los hombres, procedían a tomar medidas sobre los sistemas y sobre los hombres a la vez… Y de este modo en la zona práctica, la disputa era innecesaria. No les podía fallar por ninguno de los dos lados.
            Por el lado de las leyes y los sistemas, tomaron no pocas precauciones. Y en otra ocasión, en que el asunto sea del día, tendremos motivos de explanar cómo lo realizaban.
            Por el lado de los hombres, tomaron sus medidas también. Una de ellas era el llamado “Mandato Imperativo”. ¿No sabe usted qué sea esto? ¡Ah! Estúdielo. Verá usted que rica cosa. Otra de ellas era el llamado “Juicio de Residencia”. Que es, precisamente, lo que nos llama la atención de estos momentos.
            Cualquiera que ocupase un lugar público –del Rey al último ciudadano- tenía el deber de escriturar al asumir el cargo (ejecutivo, administrativo, legislativo o judicial) cuál era su fortuna bajo todos conceptos: dinero, propiedades rústicas y urbanas, rentas profesionales o de otra clase. Es decir, bienes y entradas. Al terminar el ejercicio de su cargo, debía explicar documentalmente de dónde le venía la mayor fortuna adquirida durante el ejercicio del cargo.
            Pero… ¿No se podía dar un bandido que robase hasta los codos y que, sin embargo, acabase sin un centavo, porque derrochaba día a día? Cierto. Esto es lo que sucede a muchos ladrones modernos que mueren más pobres que una rata. Ahora la prensa se extasía ante sus cadáveres y dice toda mística:
            - Vean ustedes a dónde llegaba la pobreza y la moralidad de ese eminente ciudadano. No deja un peso.