18 Política Internacional 42 extra

¿Democratismo O Racismo? La SI 19/09/42 p. 20 De Manuel Antonio Vittini, en su libro recién publicado “Carta a mi país”
Ocho razones que aconsejan la neutralidad de Chile La SI 19/09/42 p. 21  De Raúl Marín

¿Democratismo O Racismo?
La SI 19/09/42 p. 20
De Manuel Antonio Vittini, en su libro recién publicado “Carta a mi país”

 Se nos replicará, sin duda, que en la presente guerra no podríamos ser neutrales, porque siendo nosotros países democráticos y estando la democracia mundial en peligro, implícitamente estamos abocados al conflicto y debemos, por tanto, ponernos del lado de quienes rechazan la agresión.
 Este modo de argüir que se ha generalizado tanto y hasta ha llegado a influir en las personas cultas e lustradas, tiene un defecto básico de lógica. Se da por establecida una premisa que en esta guerra se está discutiendo a cañonazos. 
 ¿Pero cuál es democracia verdadera y cuál es democracia falsa? Esas son cuestiones previas que tendríamos que resolver por la discusión. Pero ahora ya no se admite discusión posible. Precisamente esa discusión quedó cerrada y enterrada con el Tratado de Versalles y la Liga de las Naciones, su primogénito, porque fue allí donde se originaron los nuevos regímenes totalitarios, opuestos a los democráticos. 
 Se nos quiere obligar a que tomemos el camino de los países que se proclaman a sí mismos defensores de la democracia, entre los cuales ponen a Rusia, que es la antitesis; pero no se nos deja ser democráticos, es decir, pensar y obrar libremente por nuestra propia cuenta y riesgo.
 Si ya manifestamos en Río de Janeiro, en presencia de las 21 repúblicas americanas nuestro sentir conjuntamente  con la vecina república del Plata ¿cómo es posible que se nos fuerce a salir de esa actitud?
 Lo grande que tiene la democracia reside en la libertad de pensamiento y en la libertad de acción, sin las cuales la democracia no sería más que un mito. Se nos ha enseñado desde la escuela que los países democráticos son esencialmente opuestos a los países de régimen dictatorial o aristocrático. Nos han dado los ejemplos clásicos de Suiza en Europa y de Estados Unidos en América. Pues bien, nadie en Europa, ni británicos ni germanos, ni aliados ni totalitarios, han estado presionando a Suiza –en la forma que lo han hecho con nosotros se entiende- para que quebrante su neutralidad y esa sí que es neutralidad verdadera y no neutralidad fingida, al estilo de la no beligerancia. Al pueblo norteamericano nadie lo forzó a entrar en la guerra, antes bien, el propio Presidente Roosevelt hizo su campaña electoral, bajo la promesa formal de que no arrastraría a su país a la vorágine de la guerra. ahora mismo, ya muy adentro del conflicto, está gastando millones y millones en pura propaganda belicista para entusiasmar al pueblo con la pelea; pero el pueblo yanqui está tan frío como al comienzo.    
 Señores democratizantes: el problema no es tan simple como vosotros lo exponéis. Vosotros afirmáis que la democracia mundial está en peligro; pero nada decís del peligro que acecha a las naciones democráticas de América, por haber seguido mansa y bobamente  a la democracia del norte. En ese servilismo ellas perdieron su personalidad, su imperativo categórico de raza; se descastaron y se desunieron del tronco común, que es la raíz ibérica. No es la democracia mundial lo que nos interesa. Debemos primeramente saber por qué existe ahora esa tendencia democratizante, que se sobrepone a toda investigación desinteresada de la misma. ¿O es que se pretende en el nombre de una palabra sacrosanta ocultar inconfesables propósitos de propaganda, para arrastrar ciega y fanáticamente en pos de los porta-estandartes?
 Pero detengámonos un momento a meditar por qué este concepto de democracia se hace retumbar a nuestros oídos como si estuviéramos sordos a él. ¿Quién dijo que nosotros no éramos demócratas? Precisamente por serlo es que estamos descastados -como apunta magistralmente Vasconcelos- y subdivididos, para ser más fácil presa de quienes nos tragaron como en la fábula del lobo y de la oveja.
 Hace más de medio siglo que se nos viene repitiendo la cantilena de la consabida lección de la democracia que iguala a las razas.
 “Los envenenadores públicos –dice el líder mejicano que acabamos de citar-  se multiplican de tal suerte en nuestro continente que no hay casi actividad en donde no le descubramos huella y raro es el pensador hispanoamericano del siglo diecinueve, que no haya padecido su contagio. Revisad nuestros libros escolares, nuestra literatura política y allí encontraréis la consabida lección de la democracia que iguala a las razas”.
 Sin embargo, nadie se da el trabajo de confrontar el dogma con la realidad anglosajona, por ejemplo. Ellos no igualan a las distintas razas que pueblan a su enorme y dilatado territorio; ellos sencillamente jerarquizan. Y dónde se ve mejor el sistema es en el orden económico, cuando se confeccionan las tablas de salarios. En primer lugar, los aliados nórdicos, enseguida los irlandeses, polacos, italianos y negros con ciudadanía inglesa o yanqui, y al extremo de la escala, después de los chinos, los centro y sudamericanos.
 Que el método de asimilación de las castas  practicado por el imperialismo sajón difiera del practicado por el imperialismo español, en que aquel proclama la jerarquía y este otro conduce al mestizaje, no nos interesa tanto como el hecho sorprendente de que al mismo tiempo de que nos hablan de “democracia que iguala a las razas”, subrepticiamente nos inoculan el agente del divisionismo, haciéndonos creer que la América española no es más que un mosaico de razas. El argentino –se dice- deberá prevalecer sobre el negroide del Brasil y sobre las castas decaídas de Chile y Bolivia.  Y al brasileño le dicen: “eres portugués y no te pareces a esos españoles degenerados que son tus vecinos”. Y el mexicano tetanizado piensa: “razas de aluvión las del sur; sin cohesión y sin personalidad. ¿Qué importa que mis hijos hablen inglés y no español si los libro de caer en la  miseria del indio”.
 Fácil es comprender cuáles han sido las causas de nuestra decadencia, cuáles las causas de nuestra desunión, cuáles, en fin, las causas de que no hayamos logrado la envidiable prosperidad y potestad de nuestros vecinos del norte.
 Y ahora se pretende que en nombre de esta democracia que nos ha arruinado, haciéndonos perder, en primer término, la línea ancestral y después nuestras fuentes de producción, lo moral y lo material, debamos mansamente, como si no fuera suficiente el tributo ya pagado, acoplarnos al carro de guerra del mismo amo que nos desnaturalizara. Esto es ya lo inaudito.
 Democracia sí; pero democracia que unifica en el ara sacrosanta de la raza, no democracia que humilla, relaja y postra a los pies inmisericorde de quienes nos empobrecieron y nos aventaron para mejor engullirnos.       
 Una democracia, pues, que en América no esté asentada sobre las bases angulares de un nacionalismo racial, carece de substancia, de médula, es como si no existiera. Atención, amigos,  con aquellos que al mismo tiempo que os hablan de la democracia en peligro, siguen destruyendo los cimientos naturales de la única, natural y lógica democracia de la unidad hispánica.
 La democracia que iguala a las razas es un ideal como el de la unidad de Dios; pero si el cristianismo que tiene dos mil años de existencia y diez mil mártires santificados no ha logrado borrar los dioses relativos y antr opomorfos que solo en Estados Unidos -la gran Babilonia moderna- tienen más de cien cultos diferentes ¿cómo es que se piensa que el ideal democrático podría, por la sola virtud de esta guerra, por el solo acomodo de los intereses creados, hacer que los negros fueran iguales que los blancos, que los arios fueran iguales que los semitas, que los nórdicos fueran iguales que los indios de la América del Sur?  
 Sacándole el cuerpo a la objeción, diréis vosotros que no se trata de igualar a las razas horizontalmente, sino verticalmente; y más aún, que no se trata de los pueblos propiamente tales, sino de sus regímenes de gobierno. No os fijáis  que estáis eludiendo la cuestión. Pero esa unión de gobiernos que tienen un mismo régimen diferente, ya no se llama democracia, sino “democratismo”.
 Nadie niega el ideal democrático, como nadie niega el ideal de la unidad de Dios, puesto que el propio irónico y mordaz Voltaire, dijo un día: “Si Dios no existiera, bien valdría la pena inventarlo”.  Eso es precisamente lo que venimos criticando, ese democratismo  que en esta hora del peligro vienen profesando naciones aristocráticas de cepa, como Inglaterra, por ejemplo, que ha concentrado todo el articulaje democrático en las manos inmisericordes de un solo hombre a quien Hitler por su tenaz persistencia en mantener la guerra y negarse a negociar la paz lo ha llamado “el incendiario del mundo”.
 Si por la democracia queréis combatir, naciones de América, en buena hora; pero vosotras tenéis que luchar primero por hacer que la democracia penetre en vuestra sangre hasta que lleguéis a sentir el hálito fecundo de su retroversión a la madre común. Encontraos primero en la hermandad hispánica. Romped, en un gesto de rebelión, el mosaico que os induce a escuchar los cantos de sirena de vuestros enemigos.     
 Pero ¿dónde está, preguntareis, la idea capaz de congregar a estas naciones superficiales y vanidosas, susceptibles y débiles? ¿En qué plasma encontrar el impulso necesario para levantar del polvo a las razas y construirles un destino común?
 “Mientras no nos hallemos –dice Vasconcelos- no nos forjemos la personalidad que es sujeto primordial del derecho, no existirá nuestro derecho, no sobrepasaremos la factoría, no mejoraremos, sino que irá empeorando cada vez más la desventura”.
 Debemos, pues, hallarnos, aunque parezca paradójico decirlo. Pero “hallar” significa “buscar” y buscar significa “querer”.
 Si nos distraen hablándonos de la guerra ahora que debiéramos aprovechar la tregua que nos da Tío Sam, no hagamos caso a esas voces de sirena por muy melifluo que sea su acento. Ahora sí que tenemos una oportunidad magnífica para cambiar primero furtivas miradas de comprensión y después llegar hasta el plano de la interdependencia económica, que es lo único que podría asegurar nuestros comunes destinos.
 Desde hoy en adelante al democratismo opongámosle con orgullo, con deseo de revancha, si se quiere, el racismo.
 ¿No estáis hablando de chilenidad La chilenidad es una especie de racismo a igual que la argentinidad y la peruanidad. Una chilenidad sin concepto genérico de raza no sería más que una alegoría, una letra muerta sin contenido efectivo en las entrañas de la realidad  


Ocho razones que aconsejan la neutralidad de Chile
La SI 19/09/42 p. 21
De Raúl Marín

 l.- La guerra es una de las más grandes catástrofes que pueden ceñirse sobre una nación. Los gobernantes deben tratar de evitarla por todos los medios a su alcance.
 ll.- Chile ha sido uno de los pocos pueblos de la tierra que, desde hace sesenta años, ha eludido –y muchas veces a costa de grandes sacrificios- el estado de guerra. Es una norma internacional que lo honra y que lo hace aparecer, en estos momentos, como un oasis de paz, mientras el mundo arde en una hoguera de odio y de sangre. En nuestro suelo viven en paz ciudadanos de todos los países beligerantes: todos ellos son buenos amigos de Chile, han hecho chilenos a sus hijos y contribuyen al progreso del país. Nada justifica hacer aparecer a una parte de ellos, de la noche a la mañana, sin razón alguna, como enemigos del país.
 lll.- La ruptura de relaciones o la beligerancia se funda, para los pueblos libres, en una ofensa por otro país a su honor o a sus intereses. Así también lo sostuvo el Presidente Wilson en su nota de paz de 1915. Ninguno de los actuales países beligerantes ha pretendido, hasta ahora, ofender nuestro honor o afectar nuestros intereses.
 lV.- El estado de guerra exige la movilización de todos nuestros contingentes para garantir la seguridad del país, que cuenta con el más largo litoral del mundo, muy vulnerable y casi totalmente desarmado. Para ponernos adecuadamente en estado de guerra necesitaríamos entrar en gastos siete veces superiores a nuestro presupuesto anual; y sin recursos propios para ello, debemos comprometer nuestra independencia y soberanía al país prestamista. Por otra parte, el llamado a las filas a nuestros hombres significa el abandono de las fuentes de producción nacional, el empobrecimiento del país y la mayor alza del costo de la vida. Y siendo nuestra defensa aún así inferior a los medios bélicos de un enemigo poderoso, en vez de apoyar a nuestro aliado, tendríamos que solicitar su apoyo, la defensa y el patrullaje de nuestras costas, también con desmedro de la soberanía e independencia nacionales. 
 V.- Porque frente a la actual realidad internacional, la ruptura de relaciones no tiene diferencia alguna con la franca beligerancia. Nuestros barcos, con los cuales atendemos nuestro comercio de importación y exportación, hasta ahora, respetados como neutrales, serían irremisiblemente torpedeados, con inmenso perjuicio para nuestro comercio y para el de los países con que comerciamos.
 Vl. Porque si los Gobiernos de Irlanda, Suecia y Suiza, países situados en el foco mismo de la guerra y limítrofes a beligerantes, han podido mantener la paz, el Gobierno de Chile,   menos aún, debe perder las esperanzas de mantener nuestra neutralidad.
 Vll.- Si Rusia, estrechamente aliada a Estados Unidos e Inglaterra, no ha declarado, por razones de intereses, la guerra al Japón, aliado de su enemigo y que libra encarnizadas batallas con Inglaterra y Estados Unidos, es aún más lógico que Chile mantenga la paz con todos aquellos países.
 Vlll.- Porque a ningún país puede ofenderle la neutralidad de otros país, como la de Chile que constituye una vieja norma internacional de nuestra Cancillería, que procede con sincera neutralidad con todos los pueblos de la tierra.  En cambio, la beligerancia nos constituye en enemigo de países que desean  seguir siendo nuestros amigos, y que, en caso de vencer, tendrían derecho para tratarnos  como enemigos vencidos. No hay que olvidar que después de la guerra del 14, las delegaciones de Chile y Argentina tuvieron, desde un primer momento, en la Sociedad de las Naciones de Ginebra –Asamblea derivada del Tratado de Versalles- la más alta situación y prestigio por haber mantenido inalterable una política internacional independiente y ecuánime.