Guerra 1939 42 01 10 17
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Los nipones en guerra relámpago. El Japón arrollador La SI 10/01/42 p. 10
Fracasa el intento de Comando Único. Fracasada la unidad del Comando aliado La SI 10/01/42 p. 11-12
La guerra en el África y el Frente ruso  La SI 10/01/42 p. 12
Japón invade las Indias Holandesas. Guerra en el Asia Oriental La SI 17/01/42 p. 6-7
Sin novedades en el frente eurafricano. En África y Rusia  17/01/42 p. 7-8
“Saint Pierre et Miquelon”, comedia en varios actos. El sainete “Saint Pierre et Miquelon” La SI 17/01/42 p. 8-9
Florecen los campos ensangrentados La SI 17/01/42 p. 8

Los nipones en guerra relámpago. El Japón arrollador
La SI 10/01/42 p. 10

 a) ¿Quién no presentía que ese joven Japón de los pequeños grandes hombres había de dar una sorpresa al mundo? Nadie habría sido capaz de medir la altura a que esa sorpresa ha llegado. Los nipones son parcos en palabras. Las pocas que han pronunciado son menos elocuentes, con serlo, que los hechos extraordinarios que han lanzado sencillamente sobre el resto del mundo en este mes escaso de guerra.
 Dos gigantes del brazo: Gran Bretaña, Estados Unidos. Cierto que uno de ellos viejo y el otro en incompleta formación. Más, aún así, nadie habría podido imaginar siquiera que la calidad de ese pueblo acosado además desde años, hubiese podido realizar las hazañosas gestas de estas cuatro semanas.
 La extensión de los triunfos japoneses abarca límites desconocidos en la guerra de Europa. Las Filipinas, cuyas dos islas mayores pueden darse por dominadas, abarcan superficies mayores que la mayor parte de naciones europeas. La parte dominada de Borneo es mayor que Bélgica, Holanda y Suiza juntas. Más de la mitad de la península de Málaca en sus manos equivale a media Francia.
 Pero no es la extensión lo capital, sino los obstáculos enormes que se interponían entre atacantes y atacados. Telegramas recientes de origen precisamente británico nos ponderan las condiciones absurdas de aquella naturaleza, tanto en Filipinas como en Málaca, empantanada en gran parte, con densa población de mosquitos peligrosos, caimanes y toda suerte de bichos. Cuando esto no, la yungla en toda su inextricable frondosidad, solo surcada por rutas de elefantes y peligrosos caminos de agua. Crúzanla por doquiera tigres, leopardos y toda suerte de fieras. Tan desconocida para los ingleses después de décadas de dominar el país, que confiesan no haber jamás  ni sospechado siquiera que nadie, y menos un ejército, hubiese podido vencer en años esas resistencias y peligros.
 Las han vencidos en días esos intrépidos nipones, que, militarmente hablando, han dado al mundo de la técnica bélica materia para largos estudios; y energética y patrióticamente pensando, han mostrado una vez más que ese dinamismo, resistencia y vida intensa de que se vantan, con sonoras palabras, ciertas razas, no son ellas precisamente las que pueden mostrarlas como modelo.
 Siguiendo la costumbre seria alemana, los Comunicados japoneses son parcos, rehuyen detalles, afirman hechos no más y ni por un instante emplean el futuro y menos la imaginación conceptota de posibles victorias en el día inexistente del mañana. De ahí que no se posean todavía los detalles circunstanciales de esas gestas,  que en la brevedad de cuatro semanas han realizado esos pequeños bravos hombres. Es un Oriente que proyecta nuevamente su sombra sobre el mundo, demostrando, sin hueca palabrería que no es precisamente cosa de una raza, y menos privilegio de un idioma, el proyectar grandes planes y realizarlos con avasalladora y sabia organización. Más, aún no poseyendo todavía esos datos, que deberán venir calmosamente por el conducto de revistas técnicas militares, se tienen los resultados. Y estos depasan cuanto hubiera podido imaginar la fantasía más optimista.
 Contrasta –y el cronista no puede menos que notarlo, porque se trata de un hecho- esa realización energética con la charlatanería con que el otro lado nos está aturdiendo, o, para mejor hablar, se está aturdiendo a si mismo. todos los días, en contraste con los lacónicos Comunicados nipones, llenan ambos a tres –generales, noticiarios y críticos- columnas y más columnas de letra menuda en la cual todo es futuro, todo fantasía, bordando con retóricas, las derrotas, no solo más completas, sino más inexplicables. La necedad, todavía magnificada por reporteros vacuos que saben colocar a cuatro columnas esas inanidades.
 Queremos forzar ese contraste, porque se trata, repito, no de opiniones, sino de hechos, trayendo dos ejemplos. Uno sobre Wavell y otro sobre Mac Arthur.
 Hasta los niños saben que el primero de esos militares  es el incapaz que quedaba derrotado, en circunstancias de una evidencia indudable, en Libia, en Grecia, en Yugoslavia, en Creta. Suyos fueron técnicamente los planes absurdos que los alemanes arruinaban de un leve soplo. Eran ellos la incapacidad perfecta al lado de la fantasía más desbordada. Un general australiano ha dicho de ellos que habrían sido mejores si hubiese dirigido esas empresas un