Guerra 1939 42 01 24 31
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Guerra 1939 42 01 24 31
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A las puertas de Singapore. Singapore tiembla La SI 24/01/42 p. 1-5
Novedades en África. Contraofensiva en África  La SI 31/01/42 p. 1-3
Japón prosigue en sus audaces avances. Avance relámpago japonés  La SI 31/01/42 p. 3-6
Imperialismo y mentiras La SI 31/01/42 p. 6-7
Rarezas… que no lo son La SI 31/01/42 p. 8

A las puertas de Singapore. Singapore tiembla
La SI 24/01/42 p. 1-5

 a) Es un espectáculo triste y a la vez imponente el de una gran ciudad que, cayéndole de súbito, se ve acosada por los cuatro costados, todos los flagelos de la guerra dándose cita para eliminarla. Una de tantas tragedias como ocurren en los tiempos históricos en que una civilización cae y otra se alza, y la guerra, en este supuesto, no representa menos que una especie de fórceps gigantesco que hace posible el cambio.
 Pero sucede todo lo contrario -con perdón de las víctimas- cuando una ciudad, una comarca o región,  se ha pasado la vida echando el gallo, alzando orgullosamente la cabeza, matonescamente desafiando al lucero del alba…y de pronto,  de un soplo, todo se desmorona, torpemente se acoquina, se le suben encima hasta los ratones, y ahí queda, ruinas materiales y de fachandería, todo lo que en un instante el viento se llevó.
 Esta es la triste historia, bélicamente tan breve que no llega a dos meses, de esa Málaca tremebunda, que se había pasado los últimos diez años echando el gallo, explicando a los cuatro vientos todo su inmenso e irreductible poder, alzando la voz a fuer de matón, y mirando por encima del hombro a ese pequeño y taciturno japonés y a cuantos otros pasaban por esos caminos imperiales del Asia oceánica. La historia de una Málaca extensa e inquebrantable y que –uno, dos, tres- recibe una pedrada en medio mismo de la frente y se derrumba entera sobre una montaña de palabrería fantasiosa.
 Porque los japoneses –día 22- están ya a las puertas de Singapore, agazapados sobre el estrecho para saltar sobre el pescuezo de la famosa plaza fuerte. Ella habrá de probar ahora en qué consiste esa fortaleza. Málaca ha caído ultrarelampagueantemente y a l pie de las murallas de Singapore, el ejército nipón prepara el último golpe.
 Porque no se trata de un islote o de un apéndice continental cualquiera. Málaca es Málaca. Mayor que Italia. Centro mundial del estaño. Centro mundial del caucho. Donde el arte bélico británico acumulaba todo su saber, su patriotismo y sus millones. Donde una red de sultanatos había sido tejida para tener a las masas despotizadas sumisas al yugo. Donde los acorazados gruñían asustando a las gentes, que atravesaban ese estrecho de Málaca temblando de miedo. Málaca era el bastión del Imperio y Singapore la torre central del castillo.
 Y ya todo eso se fue, desde que al nipón le acudía iniciar su jiu-jitsu. Ya en la diestra tiene el japonés el estaño. En la siniestra, el caucho. En el bolsillo, las minas de oro. Bajo sus piernas, chiquitas como son, el estrecho total: una aquí, una al otro lado. Y los antes gruñidos asustadores se han tornado jadeos de mesnadas que huyen victoriosamente…
 Hay que hacerse cargo de todo esto, que puede pasar desapercibido ante lectores que no están avezados a centrar el ojo ante el hecho medular, perdidos en el estruendo de hechos bélicos parciales. Hay que pensar que esa Málaca era el “sancta santorum” del Imperio anglo-norteamericano. Que no fantochaban (al menos subjetivamente) los ingleses cuando alardeaban de invencibles en esos pagos asiáticos. Se lo creían firmemente. De lo cual puede colegirse no solo la endeblez de esa península fantoche tan fácilmente caída, sino también la endeblez mental y visional de unos gobernantes que tomaban como inquebrantable como lo que había sido quebrantado en el instante mismo en que el nipón ha movido simplemente un dedo. Un dedo oculto, manso, humilde, silencioso, injactancioso que, por lo mismo, valía cien veces más, y tenía cien veces más poder, que todas las vanas jactancias sumadas y multiplicadas.
 Leyendo la prensa británica que apenas llega, se ve el ultrapánico que ha invadido a aquel país. (Los norteamericanos, hombres de epidermis, no pueden llegar a tener pánico). Esa prensa, toda a las órdenes de una dura plutocracia, se distingue de la del resto del mundo en una característica notable, en la cual conviene también la prensa norteamericana. En el mundo no inglés, los periodistas han de obedecer las órdenes del amo, es decir, del dueño del diario o de la empresa. Lo hacen. Pero, en su interior, esos esclavos protestan y están inconformes. Es un periodista que piensa bien, pero que capitula. En cambio los periodistas de habla inglesa están igualmente a las órdenes del amo. Y su mente es tan endeble, que están conformes con el amo. Piensan como él, son esclavos, pero conformes. Para ellos se habría de modernizar la frase famosa que delata a qué grado puede llegar la nulidad de carácter y la obscuridad de visión: “Caesar, morituri te saluntant”…