Guerra 1939 42 02 21 28
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Guerra 1939 42 02 21 28
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El derrumbe. Dos misteriosos acuerdos en derrumbe La SI 21/02/42 p. 1-3
El deshielo ruso. Ofensivas rusas de invierno La SI 21/02/42 p. 2-3
Japón captura Sumatra. Japón en el Extremo Oriente  La SI 21/02/42 p. 4-5
El English Channel ¿leyenda? Los gallos pasan por Dover La SI 21/02/42 p. 5-6
Conferencia de Sevilla. A la sombra de la Giralda La SI 21/02/42 p. 6
Los caminos en la guerra. La lucha en Birmania, Indias, Atlántico y Rusia La SI 28/02/42 p. 1-5
El caso claro de Timor La SI 28/02/42 p. 6

El derrumbe. Dos misteriosos acuerdos en derrumbe
La SI 21/02/42 p. 1-3

 ¿No siente el lector que por ahí hay algo que agoniza? Numerosos síntomas se están acumulando alrededor de razas presuntuosas, ahora con la cresta lacia resoplando vegetativamente. Y aún hay quien dice haber visto el chuncho posado siniestramente sobre el asta de un Imperio.
 Es bueno estar cierto de las cosas que se suceden. Y no hay cómo ver de lejos los síntomas para avizorar con menos dudas el próximo futuro. Obedece a esas ansias de aclarar y ver en el fondo las entrañas, lo que nos mueve ahora a traer a estas columnas algunas noticias que sería vana cosa que alguien quisiera negarnos. Precisamente las teníamos de tiempo, y no hemos querido mostrarlas hasta que los acontecimientos viniesen a reforzar su veracidad. Nos referimos a la pasada Conferencia del Atlántico y a la visita “ad limina” realizada poco ha por Churchill a Mr. Roosevelt
 La finalidad que buscamos es la de siempre. No, poner en relieve Acuerdos secretos, que el tiempo se encargará de revelar en su hora, sino guiar modestamente al lector por los vericuetos de los entretelones, para que la vista se nos aclare al juzgar los acontecimientos. Porque los detalles son tales y la incompetencia de los noticieros tan grave, que es necesario un buen esfuerzo para ver claro a través de tanta bruma.
 
 a) En Agosto pasado tenía lugar en el Atlántico la primera de esas dos Conferencias. Los dialogantes eran los jefes de los gobiernos norteamericano y británico. A su alrededor más de cincuenta técnicos militares. En su día poníamos de relieve lo tratado, que no eran los insípidos Ocho Puntos, cifra y resumen del extremado Imperialismo de una raza. No tenemos que desdecirnos ni de una letra de cuanto allí decíamos, y los acontecimientos nos han dado ya la razón en varios extremos. Pero ahora podemos añadir una noticia más. Y aún podemos añadir que esa noticia fue lo más importante que se trataba en aquellas acuáticas conversaciones. Es noticia de guerra. Y por esto, entre los cien reunidos, más de los dos tercios llevaban distintivos de alguna de las tres armas.
 Desde mucho antes de la ida a Berlín de Molotov, Gran Bretaña sabía que Rusia iba a entrar en guerra con Londres contra Alemania. La ida del canciller ruso a la capital alemana era uno de los tantos trucos para ganar tiempo y de llegar a aquella plétora de armamentos y de organización, que hiciese que el ataque fuese riada arrolladora y sin vuelta.
 Los rusos habían caído en la tentación zarista de creer en el famoso “rulo” avanzante siempre hasta llegar a Berlín. En la guerra mundial fue el viejo Hindemburg el que hacía trizas el aparato, en los lagos masurianos. En la presente guerra, toda la bravura del soldado ruso y toda la eminente técnica del Comando moscovita no impidieron que fuese todavía peor el resultado: el rulo se daba vuelta y aplanaba esas inmensas extensiones polacas y rusas que en el mapa de la primera página vienen marcadas con cuadritos.
 Ante ese estado de la guerra, para los imperiales desgraciado, se tomaba en la Conferencia del Atlántico un Acuerdo, que no era, por supuesto, éste: que fue inmediata, para corregir las victorias alemanas y eliminar a los dos grandes enemigos: Alemania e Italia. La base de ese Acuerdo –tomado por unanimidad en aquella Conferencia- era, por supuesto esta: que fueran “los otros” los que luchasen por el Imperio y para Norte América. Esos dos países favorecidos serían el “arsenal” de los rusos, pagando estos –también se comprende- lo que ese arsenal les proporcionara para salvar a los arsenalistas.
 Estados Unidos y Gran Bretaña enviarían cuanto tuviesen para una doble embestida, a manera de unas gigantescas tenazas asfixiantes.
 Rusia, en el norte, arrollaría a Alemania en una campaña de invierno, para la cual un millón de hombres de 30 a 50 años eran traídos de las estepas siberianas. El fracaso del ataque alemán contra Moscú mostraba que Alemania se había agotado notablemente, y que, usando el material acumulado durante meses, una ofensiva general rusa tenía sobradas esperanzas de éxito.
 En el sud, y simultáneamente, enormes cantidades de material norteamericano y británico serían amontonadas en Egipto para una arrolladora campaña en África, que expulsase