Guerra 1939 42 03 14
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Guerra 1939 42 03 14
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Cayeron Java y Rangún. Holanda es echada del Pacífico La SI 14/03/42 p.1-4
París sangrando  La SI 14/03/42 p. 4-5 
De Gaulle entrega Caledonia. Cosas gruesas de De Gaulle  La SI 14/03/42 p. 5-6
Japón convoca a elecciones  La SI 14/03/42 p. 6
Los cambios de postura entre los aliados  La  SI 14/03/42 p. 6-7

Cayeron Java y Rangún. Holanda es echada del Pacífico
La SI 14/03/42 p.1-4

 a) Aprisa marchan las cosas en ese pintoresco mar del sud. El mundo lo conocía por las leves danzarinas de Bali, los moros oceánicos de Joló, los exotismos de Java, el esclavismo de Málaca. Pocos ponían la atención en que se trataba de la región económica más densa de la tierra, centro productor de caucho, de estaño, de una infinidad de productos que afanosamente chupaban los dos grandes pueblos de raza inglesa. Y que, a pesar de ellos, quedaba por explotar más del 90% de las posibilidades.
 Aprisa han marchado las cosas por esos andurriales. Apenas hace cien días que el primer breve nipón ponía sus pies en esas tierras de los grandes pueblos egoístas, y tenemos ensordecidos los oídos por lo catastrófico del total derrumbe. Apenas hace 9 días que las avanzadas niponas desembarcaban en Java, y esa isla, de enorme extensión, es dominada totalmente.
 Y ¡qué cosas raras y entre qué ambiente desconcertante! Decía un telegrama de una de esas admirables agencias, cuyas informaciones tendrán  pronto de ser puestas en noventena, que no en cuarentena: “Tenemos un ejército aguerrido. Con casi 200.000 holandeses e innumerables refuerzos norteamericanos, australianos y británicos.  Nuestra situación es excelente en todas partes. En este mismo instante hemos pasado a la ofensiva, comenzando a rechazar a los japoneses que desembarcaron hasta que los echemos al mar”.  Apenas acaba de hablar ese zonzo, los japoneses entran en Batavia. Apenas acaba de reponerse del susto, los japoneses entran en Bandoeng, los “innumerables” capitulas y la bandera de una raza asiática ondea reciamente en todas las ciudades javanesas.
 Aprisa marchan esas cosas, cuando las empuja el viento del heroísmo y hay pequeños nipones detrás poniendo el hombro. El hombro y el alma.  Tanto, que, al acabar de grafiar el mapa de Java del número anterior, ya no respondía a la realidad. Y ahora que lo damos modificado, tampoco responderá a ella, seguramente. Porque esa celeridad militar triunfadora pone a la vez en trances difíciles a los “innumerables” y a los cronistas.
 Tantas veces hemos repetido que estamos en la vuelta de una esquina histórica, que no es necesario insistir. Pero a muchos sorprenderá que, siendo ello así, sea tanta esa prisa y las cosas se nos echen encima de pura celeridad. Parece que, siguiendo las leyes naturales, lo que de prisa va de prisa muere, necesitándose cincuenta años para formarse el tronco robusto de una encina.
  Es que no estamos observando un fenómeno de formación, sino uno de derrumbe y de corrupción. Esto se cae. Se cae de puro maduro. El mundo ha venido evolucionando desde muy lejos. Al derrumbe del sistema ha precedido una larga degeneración. Y ahora, la hora del desquiciamiento, ha venido tras una larga agonía. La descomposición es lenta. El derrumbe rápido.
 Lo lento será lo que debajo de esas ruinas se está formando –formando- como crece la semilla debajo del estiércol.  El nuevo mundo será de lenta formación y solidación, aún en su primera parte que habrá de ser dedicada especialmente al amontonamiento de las ruinas.
 Pero, giremos la vista a la catastrófica acción de esta semana en las lejanías del mar del Sud, punto donde convergen todas las razas amarillas y también dos de los grandes mares del planeta.   

 b) La caída de Rangún, capital de Birmania,  no por ser inevitable ha de ser considerada como menos importante. Birmania, como aquellos caballeros que muestran poderío, no por razón de su personalidad, sino por el lugar que ocupan, no es Birmania, sino el aprovisionamiento de China y la puerta de la India. 
 Desde que los japoneses habían tomado Pegu (mapa 2) y desembarcado en el delta del gran río Irawady, Rangún tenía la suerte echada. Era en vano que los aliados negasen la luz del sol (todavía ahora aseguran que mantienen Pegu, caída hace diez días). No solo Rangún, sino todo el sud de Birmania.
 La capital era rodeada por tres lados. Por lo demás, casi inútilmente. Los británicos habían sido echados; muchos, asesinados por las turbas nativas, dueñas de la situación. De tal