Guerra 1939 42 07 04
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Guerra 1939 42 07 04
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Rommel ante la Esfinge. La guerra en África La SI 04/07/42 p. 1-4
Cayó Sebastopol. En el frente ruso La SI 04/07/42 p. 4-5
Mr Churchill y el 2º Frente Psicológico La SI 04/07/42 p. 5-6

Rommel ante la Esfinge. La guerra en África
La SI 04/07/42 p. 1-4

 a) Es un espectáculo que satisface plenamente. Decid, si no: llega a Bir el Hacheim. Se para. Echa una mirada alrededor, y se planta en Ain el Ghazala. Pide un vaso de agua, se seca la frente, da un salto hacia el Oriente y agarra Tobruk. Se sienta unos segundos sobre las ruinas, clava su vista ávida en las lejanías, echa a andar, y no para hasta la frontera, un pie en Sollum, otro en Halfaya. Saca el reloj y piensa un minuto. Cuando lo repone en el bolsillo, está en Sidi Barrani. Pero ese galgo de Rommel no conoce aquello de “y el séptimo descansarás”. Apenas pronunciada la frase, cae como pluma leve –como el plomo aplastador- sobre la mersa de Matruh, allá en las riberas mismas del Infierno. Pero no cae en él, sino que avanza de nuevo, los tanques jadeantes lanzando fuego, la infantería barbuda tragando arenas y victorias, las águilas de acero sonriendo socarronamente ante la hinchada fachandería de esos que llaman fortalezas volantes, y que realmente vuelan como gigantazos asustando a los párvulos de los rases, las mersas y los oasis de aquella tierra de fuego.
 Es el simún. Había soldados procedentes de los brumosos y plácidos Grampianes, o de las luminosas praderas griegas, que debían anhelar irse a la guerra egipcia para conocer siquiera ese gigantazo de la atmósfera que es el simún. De australianos se cuenta que se alistaron voluntariamente por el solo motivo de correr mundo, y, una vez en esos desiertos amenazadores, conocer el simún y sus efectos. Y lo han conseguido. Porque ese ejército que avanza a trancos largos incontenibles es el simún.
 Con razón decía este día un analfabeto de un gran diario británico ante las acciones actuales, que habían pasado los tiempos de las “ofensivas relámpago”. No negará, ante el magnífico espectáculo egipcio, que, por lo menos, no han pasado los tiempos de la ofensiva simún, montando ese brujo de Rommel sobre las ancas briosas de sus concepciones bélicas.
 Además de espectáculo y fuerza, elegancia. Rommel se mueve con el mismo sereno y seguro gesto  con que un jugador consumado dispone sus fichas y sus figuras. El conoce los imperativos de la geografía africana, así como de la manera de ser de sus adversarios. El conoce, también, que para sus soldados no hay imperativos ni geográficos ni psicológicos. El calcula con exactitud de teorema. El dispone con seguridad de ingeniero que monta la máquina. El insufla su pensamiento en ese colosal y complejo organismo que tiene en la mano. Y, ya está. Cuando quiere rodear, rodea. Cuando quiere empujar, empuja. Cuando tragar desiertos, traga desiertos. Y bajo el manto paradojal de los turbiones de arena, y bajo ese sol incompasivo que está acostumbrado a agotar, marchan las columnas impávidas como enormes organismos con paso preciso en el espacio, en el tiempo y en la mete de cada uno.
 Y ¡con qué elegancia sabe callar! ¡Cómo magnánimamente abandona las infinitas victorias retóricas a las ansias de sus enemigos! ¡Cómo no los contradice, no los hace quedar mal, no tiene interés en negar sus numerosas leyendas de triunfos penosamente ganados desde esa idiota-micro-cosa que es la radio! El no se ceba. Le basta ganar las batallas de tanques, eliminar aviones de acero, andar hasta donde le da la gana, mientras los otros, requiriendo fieramente la espada lingual, amontonan sobre su vida de eterna retaguardia haces triunfos.
 No es raro que los grandes diarios de Londres hablen de ese brujo con temblante admiración. Que lo llamen el Napoleón del Desierto. Que pidan, ante su genial manera, un general ruso y aún sería mejor varios generales rusos. Hace días, más de un mes, que seriamente exponíamos la necesidad de que los aliados pusiesen rusos al frente de las tropas británicas y norteamericanas. ¡Se enojaron tantos! Creían que nos cebábamos. Y es ahora un diputado que presenta una moción en el parlamento británico pidiendo exactamente lo mismo.  Porque ese Rommel revolucionario es capaz de vencer, no ya las arenas y las sombras que sobre ellas deambulan, sino hasta aquel puntillo británico-norteamericano de querer ser lo mejor y no necesitar de nadie.
 Volvamos al principio y cojamos a esas tropas maravillosas en el mismo punto donde las dejábamos en la crónica anterior, cuando recién acababan de asaltar en horas la plaza invencible, inconquistable, etc. etc. de Tobruk, marchando sin respirar siquiera hacia la frontera egipcia. Y aquí habían de detenerse, según los diarios ingleses y los muy vivos corresponsales norteamericanos. Porque, aquí si que había una línea fortificada de verdad, que, comenzando en